Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 15. ASÍ HARÉ
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15. ASÍ HARÉ

B orgervern puso la mano en el pecho de Yngvar para que no se moviera.

No entendía qué hacía allí Abbadon, y menos aún qué había provocado que coincidieran en el mismo lugar los dos perros de Mørket.

Los suyos debían regresar al campamento de inmediato.

En cuanto Eirik supiera las nuevas, no podía imaginar cómo se lo iba a tomar.

Al veterano rastreador, aquella situación le pareció de lo más extraña.

De hecho, si no le resultase difícil de creer que era poco probable que ambos hermanos tuviesen la voluntad de estar de acuerdo en algo, cualquiera podría pensar que se habían reunido en el castillo para urdir un plan.

Sí, era poco probable, aunque no imposible.

Quizás deberían tratar de averiguar qué estaba pasando en la planta superior, pero arriesgar de esa manera sus vidas no era lo más sensato. Por el momento, habían logrado pasar inadvertidos, y quién podría saber qué les harían si los encontraban en mitad del castillo.

Como siempre, se impuso la experiencia y la razón.

―Debemos irnos ―le susurró al joven.

―¡No! Hemos de averiguar por qué está aquí ―respondió con la vista fija en aquellas escaleras mientras un criado hablaba con los tres.

A decir verdad, lo que había ocurrido era que Yng, de pronto, había tomado conciencia de que la Elegida debía de estar entre esos muros.

No dando crédito a las habladurías de aquella sirvienta, pensó que, como esposa del príncipe, lo más seguro sería que ya hubiese disfrutado de su lecho real, a la espera de anunciar sus nupcias por todo el territorio.

Apretó con fuerza la mandíbula al recordar esa imagen de ella apoyada en el hombro de aquel humano, que merecía sufrir todo tipo de castigos por haberla mancillado.

El de la casa Volger comenzó a perder la paciencia. Cada instante que desperdiciaban, estaban más cerca de ser descubiertos.

―¡Ey! ―Borg lo golpeó en el brazo para despertarlo de aquel insólito trance en el que parecía haberse sumido.

―He de saber si ella está aquí ―dijo sin más.

―¿Ella? ¿Quién? ¿La princesa?

Yngvar asintió. Para él, no había errado en su respuesta. Alana se había convertido en princesa al unirse a Alistair, solo que prefirió no aclararle a su compañero el malentendido.

―¿Qué te hace pensar que Thyra y Oskar pueden estar en el piso superior? ―insistió Borg.

Al oír el nombre de los dos errantes que aún estaban en grave peligro, el joven Knutsen cerró los ojos.

Había estado a punto de cometer una insensatez movido por un sentimiento que no debería albergar su corazón.

Inspiró con la rabia instalada en el cuerpo.

No tenía derecho a pensar en ella. Tampoco tendría que desear romperle cada hueso a aquel indeseable por el simple hecho de haberla tocado.

«Por los Altos Guardianes, ¿qué me está ocurriendo?

», se dijo, realmente enfadado consigo mismo.

Miró a Borg y negó varias veces con la cabeza para dar a entender que se había equivocado.

―No sé por qué se me ha ocurrido tal cosa. Tienes razón, hemos de irnos ya ―terminó claudicando.

―Ahora me has hecho dudar ―se quejó, sopesando si era buena idea marcharse.

El rastreador se mostró muy preocupado. Si los suyos estaban encerrados en alguna estancia, a merced de cualquier tipo de tortura, nunca se perdonaría haberse marchado sin haber comprobado antes que no se encontraban allí.

―Piénsalo. ¿Por qué iban a retenerlos arriba si tienen celdas suficientes como para hacer todo tipo de salvajadas con ellos sin testigos? ―trató de disuadirlo Yng, temiendo encontrársela con él en cualquier alcoba.

―No deberíamos irnos sin comprobar…

Borg se sintió intrigado al oír unos susurros muy distintos a los que eran capaz de reproducir los humanos.

Le indicó con la mano a Yngvar que se colocara detrás de uno de los que aún estaban bajo su control, él hizo lo propio con el otro.

De pronto, ambos vieron cómo el temible Xwînxwar y la despiada Wêranker se acercaban al borde de las escaleras.

Los dos errantes se miraron a los ojos, pero no se movieron ni un ápice.

El rastreador agudizó el oído. Era muy complicado entender a los «No Muertos» cuando hablaban en ese tono tan bajo; pero, como si la suerte hubiese estado esperando el momento perfecto para echarles una mano, ambos escucharon con apabullante claridad lo que aquellos dos estaban hablando en lo que creían una intimidad inexpugnable.

―… y he visto antes pasar a Abbadon acompañado de sus dos perros ―dijo Xwîn, justo antes de bajar el segundo escalón―. ¿Crees que habrá preguntado cuánto le ha llevado al príncipe concluir con la transformación?

―Lo dudo mucho ―apuntó Wêr―. Su arrogancia roza lo grotesco, por lo que no creo que se haya molestado en averiguar nada, aparte de confirmar que ya es uno de los suyos.

Alistair se convertirá pronto en otro más de su asquerosa camada, aunque dudo mucho que resista el primer año.

Por lo que me has contado, parece que el heredero va a ser un vampiro muy débil.

―Ella bajó aún más el tono―. Si no ha podido vencer a Helmet después de beber de tres sirvientes, imagina su fuerza cuando no haya sustento cerca. ¡Será un verdadero inútil!

Yng tragó con dificultad. Gracias a la acústica de la enorme entrada del castillo y a la capacidad innata con la que contaban los de su raza había oído sin problemas la declaración de la «No Muerta».

Luchó contra su instinto para permanecer quieto.

Si Borg o él hacían el más mínimo movimiento, atraerían las miradas de aquellos dos, y eso era lo último que podría beneficiarlos.

Trató de mirar de nuevo a su compañero. Él se mantenía en la misma postura, igual que las estatuas que había visto hacia años en Roma.

De primeras, Xwîn y Wêr no prestaron ninguna atención a quienes estaban en la entrada de las mazmorras, ya que tenían algo mucho más importante de lo que preocuparse. Además, los humanos no tenían la capacidad de poder oírlos, por lo que siguieron comentando qué opinaban hasta bajar todo el tramo.

―Sigo dándole vueltas a cómo han podido arrancar los barrotes de las celdas ―reconoció el vampiro―. Y, la verdad, dudo mucho de que haya sido la pareja de errantes que tenías retenida. ¿A dónde se habrán dirigido? ¿Crees que su campamento estará cerca?

―No tengo idea, pensaba que aún estaban entre rejas. Me ha sido imposible bajar por todo lo sucedido, pero tampoco creo que ellos hayan sido los responsables del estropicio que me has contado.

―¿Por qué piensas eso?

―Él debe de seguir muy débil, sabes que lo azoté con ganas.

Lo que me sorprende es que Nîga no haya acabado con aquella muchacha, la tal…

¿Alana era? ―Él asintió―. La verdad, no sé en qué estaba pensando el príncipe para que se le antojara yacer con ella.

Los humanos superan la estupidez de la generación anterior con demasiada facilidad.

¿De verdad pretendía que una campesina fuese reina?

―Eso ahora no importa. Nîga ya la habrá dejado seca, así que una preocupación menos para el rey. De todos modos, me extraña que no la desangrara al momento de meterla en la misma celda.

―Todo esto es muy raro…

De pronto, Wêranker miró hacia la entrada a las mazmorras. Le chocó de ver una patrulla de los suyos junto a los soldados.

―¿Qué hacen esos ahí? ―añadió, avanzando hacia ellos. Los dos guerreros se tensaron, esperando lo peor―. Vosotros cuatro, ¡salid ahora mismo de aquí y volved a vuestro puesto!

Yng les susurró una orden que, por fortuna, ella no llegó a oír porque estaba demasiado ofuscada mascullando.

Los errantes siguieron los pasos de los del ejército Drăgoi antes de internarse en el campamento.

Nada más desaparecer de su vista, el joven Knutsen les ordenó que olvidaran todo lo que había sucedido aquella noche.

Aprovecharon la confusión producida por la obstrucción en el camino que había provocado una carreta repleta con forraje para escabullirse en el bosque hasta perderse.

Ambos corrieron hacia donde los esperaba Vidar. No se detuvieron ni un instante para comentar lo que habían descubierto. Ya hablarían de ello al abrigo de los árboles que ocultaban a su grupo.

Mientras avanzaban lo más rápido que podían, Yng no dejaba de preguntarse si había entendido bien las palabras de la vampira.

Por un lado, ninguno de los dos parecía conocer cómo la pareja de errantes de la que hablaban había conseguido escapar.

Por otro, comenzó a maldecir. Si Alistair había permitido que la encerraran, desde luego se merecía todo cuanto le ocurriese.

Sobre todo, convertirse en un esclavo del sádico de Abbadon.

Un peso colosal oprimió su corazón. ¿Qué habría pasado para que el rey la encarcelara? ¿Por qué el príncipe no había luchado por ella para evitar esa injusticia?

Borg le instó a apretar el paso. La noche se iba cerniendo sobre ellos e Yngvar solo podía pensar en que, si una «No Muerta» la había raptado, ¿por qué los errantes no la habían defendido?

Esas y más preguntas le inundaron la mente.

Después, pensó en la posibilidad de que ellos no fuesen Oskar y Thyra.

Pero, si no lo eran, ¿a qué otros de los suyos habían capturado?

No tenía constancia de que eso hubiera sucedido, aunque ¿cómo iba saberlo?

Llevaban demasiados días alejados del campamento como para descartar esa información, aunque algo le decía que eran su mejor amigo y la princesa quienes se habían escapado.

Aquella suposición era más un deseo que otra cosa, por lo que la dejó a un lado y se centró en pensar qué había ocurrido con «ella». Fue la peor decisión que podía haber tomado.

―Deja de pensar, Knutsen ―le regañó Borg.

―No puedo. ¿Serán esa pareja Oskar y Thyra?

―Es lo más probable, solo que no podremos saberlo hasta que encuentre su rastro, y dudo mucho de que hayan sido tan estúpidos como para haberlo dejado en mitad del bosque. Pero tú no estás así solo por ellos.

―¿Es que puedes leerme la mente?

―No, aunque estaría bien.