14. ES MI SANGRE LA QUE AHORA CORRE POR SUS VENAS #3
―¡Esto es inadmisible! ―dijo Athelstan, poniéndose en pie―. ¡Levántate del suelo! Por los clavos de Cristo, ¡vas a ser el próximo rey de Inglaterra!
―Seguís sin aceptarlo ni entenderlo, ¿me equivoco? ―añadió Abbadon, volviéndose hacia la puerta.
―¿Qué queréis decir? ―vociferó el rey, desesperado por ayudar a su hijo.
De nada sirvió que Landon y él tiraran del heredero con todas sus fuerzas.
Ninguno consiguió despegarlo de la piedra a la que parecía estar fusionado.
Tras la conversión, la fuerza de Alistair se había multiplicado por veinte, de modo que era imposible que los dos pudieran hacer nada para evitar aquella vejación.
Solo su amo tenía la potestad para que abandonara la posición en la que se encontraba.
Athelstan se giró hacia el vampiro comprendiendo que sin su propia humillación el otro no iba a ceder.
―Os pertenece ―susurró―. Ahora lo veo.
Sus palabras parecieron agradar al «No Muerto», que miró a sus dos generales antes de posar sus ojos en el inglés.
―Bien, es un comienzo. Debo partir hacia otras tierras, pero puede que regrese antes de que finalice el año. Aún no lo tengo claro. ―Miró al príncipe, que todavía mantenía la postura de sumisión―. Poneos en pie, «hijo mío».
Alistair obedeció al instante, como si en el suelo hubiera habido escondido un resorte bajo sus rodillas.
Con pesar, reconoció que su cuerpo ya no le respondía.
Todo su ser había pasado a ser propiedad del vampiro que lo había transformado en algo que estaba empezando a detestar, pero fue prudente y prefirió mantenerse callado.
―¡Todo esto ha de servir para algo! ―dijo Athelstan a modo de queja tras ver el comportamiento bochornoso de su vástago.
Abbadon no pudo contenerse y sonrió al escuchar sus palabras.
El rey, como cualquier ladrón codicioso, reclamaba su parte.
En este caso, ni se había molestado en buscar otra solución distinta a utilizar a Alistair como moneda de cambio con los normandos.
En realidad, su plan inicial no había cambiado, solo que, ahora, para llevarlo a cabo, necesitaba el consentimiento de la peor pesadilla de su propia raza.
―Y sirve. Desde ahora mismo, tenéis mi aprobación para que se celebre ese matrimonio. Dejaré un destacamento para que acompañe al príncipe a desposar a su prometida.
―¿Qué? ¡No pienso casarme con ella!―se atrevió a protestar―. Yo ya estoy…
―¡Tú ya estás muerto y le obedecerás! ―lo interrumpió su padre, temiendo que echara todo a perder al hablarle de aquella ramera que había llevado al castillo. La idea de que tenía que acabar con ella esa misma noche se le cruzó por la mente.
El de la casa Ursu volvió a sonreír. Su nuevo plan marchaba de maravilla, y allí no quedaba nada más que hacer. De pronto, recordó a la parejita que le esperaba en su tienda. La velada que pensaba compartir con ellos era mucho más interesante que aquella conversación, por lo que decidió terminarla.
―Ya has oído a tu padre. Cásate con ella antes de la próxima luna. Es una orden. Athelstan.
―Abbadon.
Los tres vampiros salieron de la alcoba como si el mismo diablo los estuviese persiguiendo.
No obstante, la realidad era muy distinta.
La verdadera razón de su veloz partida se reducía a que Abbadon quería continuar con una jornada de sexo y perversión.
El resto, de momento, no era importante.
Ya tenía cuanto se había propuesto, así que solo le quedaba encontrar al maldito Elegido, que parecía que se lo hubiera tragado la misma tierra.
Mientras regresaban al campamento, el líder Ursu cayó en la cuenta de que había pasado algo por alto.
Puede que aquel que buscaba con tanto ahínco no hubiese nacido aún.
Rio abiertamente ante aquella revelación, puesto que se había ofuscado en algo que tardaría en suceder.
Los antiguos escritos decían que ese poder que ansiaba Mørket se revelaría al llegar el muchacho a la edad adulta, y solo él, como ángel caído que antes había sido el favorito de Dios, sabría el momento exacto en que eso ocurriría.
Convencido de que su padre le había estado engañando para probar su valía, decidió que él también podría jugar a ese mismo juego. Miró a sus generales, que, como buenos siervos, permanecían impasibles ante su extraña reacción.
―Erke, te concedo un día antes de que salgas a rescatar a Taiat. Lo que me recuerda, Rău, que aún no te he castigado por tu incompetencia.
―Estoy sujeto a vuestra voluntad, amo ―respondió el general, sabiendo que las próximas jornadas serían un verdadero desafío que pondrían al límite su entereza.
―Quizás te perdone esta vez. No porque te lo merezcas, sino porque prefiero emplear el tiempo que iba a desperdiciar torturándote, disfrutando de una diversión aún más placentera. Aunque no lo descarto en un futuro.
Él no respondió, tan solo bajó la cabeza como signo de obediencia.
Erke sonrió para sí al ver más cerca la posibilidad de llevar a cabo el plan que tenía en mente. Ya solo le faltaba convocar a la compañía adecuada, y sabía perfectamente a quiénes iba a escoger.