Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 14. ES MI SANGRE LA QUE AHORA CORRE POR SUS VENAS #2
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14. ES MI SANGRE LA QUE AHORA CORRE POR SUS VENAS #2

El vampiro sonrió al oír su tono calmado. Si hubiera sido dueño de su razón, jamás se le hubiese acercado con tal entereza. Miró a sus generales y les hizo un gesto para que lo siguieran.

En la parte superior, aguardaban un par de soldados que los acompañaron hasta la estancia donde los esperaban. Tras abrir uno de los soldados que custodiaban la puerta, pasaron sin más.

―Abbadon ―dijo el rey con seguridad. A su lado, de pie, se encontraba Youngblood.

―Athelstan ―respondió en un tono jocoso. La actitud renovada de fortaleza del rey le causó curiosidad―. He venido a ver a vuestro hijo.

―Lo sé.

―Supongo que ya se ha transformado.

―Así es.

―Bien, ¿dónde está?

―En sus aposentos, descansando.

El líder de la casa Ursu ladeó la cabeza, resistiendo, de momento, las ganas de lanzarse a su garganta.

―Traedlo. No os lo repetiré.

Youngblood tiró de la cinta que avisaba al servicio.

Al poco, Alistair apareció aseado y con ropas limpias, como si nunca hubiese dejado de ser un príncipe.

Tal vez una diferencia con su vida anterior podría residir en la palidez de su rostro; pero, más que nada, en la actitud que mostraba del que sabe que puede acabar con la vida de cualquier ser con sangre en las venas. Un verdadero vampiro.

Al verlo, Abbadon sintió orgullo. Pero no por el muchacho, sino de sí mismo por saberse el «No Muerto» más fuerte e imponente de todos.

Su prole era la muestra fehaciente de que la superioridad de los suyos no tenía discusión posible.

Sus filas las formaban los mejores, y pronto demostraría que no necesitaba a nadie, ni siquiera a su padre, para gobernar sobre todos los humanos y demás razas inferiores, incluyendo a la Errante.

Sonrió para sí al pensar que no tendría que molestarse en eso, puesto que pensaba erradicarlos en cuanto comenzaran la batalla que le daría la victoria absoluta.

―Veo que eres un auténtico hijo de la casa Ursu ―expresó con una expresión de satisfacción.

El príncipe pretendió echar un paso hacia él, pero Rău y Erke se interpusieron en su camino.

―Tus perros están bien enseñados ―dijo con media sonrisa y la altivez del que siempre había tenido el respaldo de un reino.

―Ahora son tus generales ―le aclaró el vampiro.

―No ―intervino Athelstan―. Hijo, ven aquí.

Alistair se colocó a su izquierda, sin embargo, algo dentro de él le impulsaba a obedecer, aunque no a su padre.

―Por el momento, seré magnánimo y permitiré que sigáis dándole órdenes ―agregó Abbadon―, pero recordad que es mi sangre la que ahora corre por sus venas.

―¡También la mía! ―El rey, arrastrado por la ira que sentía, golpeó el reposabrazos con el puño.

―Sí, claro ―elevó una comisura―. ¿Cómo olvidarlo?

El señor de Inglaterra iba a responder, pero él no lo dejó.

―¿Acaso pensáis que vuestro poder está por encima del mío? ―agregó subiendo la voz―. ¿Tengo que recordaros que yo acepté salvarlo a cambio de que vos estuvierais bajo mi mando?

―No, Abbadon. Sé bien lo que os prometí, pero eso no significa que podáis manejarlo a vuestro antojo.

―No, inglés. Eso es justo lo que significa. Parece que no os dais cuenta de la situación en la que os encontráis. Ambos sois mis peones, y haré con vosotros lo que me plazca. Cuanto antes lo aceptéis, mejor será para todos.

―No pienso ser un títere en vuestras manos. ¡Soy el rey de Inglaterra! Hicimos un trato, y aún necesito esa alianza con los normandos.

―Lo sé. Quizás tengáis razón ―agregó, mirando al heredero―. Esos hombres os servirán bien y formarán parte de mi ejército.

―¿Vuestro ejército? ―vociferó Athelstan, que parecía no entender la posición tan delicada y peligrosa en la que se encontraba.

A Abbadon le faltaba muy poco para perder la paciencia. Un solo chasquido de sus dedos y sus dos acompañantes acabarían con los tres en un solo movimiento.

Durante un instante, se deleitó con la imagen de ver sus cuerpos desmembrados en el suelo, solo que aquello no le beneficiaria en nada.

Se pasó la lengua por los colmillos y decidió tranquilizarse.

El príncipe le podía ser de mucha utilidad, y perder la ventaja de contar con los normandos era muy mala idea.

―Lo entiendo ―respondió el «No Muerto» al fin―.

Al igual que yo, sois un guerrero. Es natural que no cedáis el poder así como así, pero debéis entender que ninguno de los vuestros, incluido Alistair, puede ni con el más débil de mis vampiros.

No os digo esto para molestaros, sino para que entendáis que cada respiración que tomáis es un regalo que os hago porque así lo he decidido.

Aquellas palabras lograron encender aún más al rey.

La arrogancia de Abbadon superaba con creces a la de Helmet.

De pronto, recordó una conversación que había compartido con el de la casa Drăgoi y se lamentó en parte de no haberle hecho caso.

No obstante, Alistair debía vivir, así que ahora no le quedaba más remedio que afrontar sus malas decisiones.

―Entonces, ¿qué queréis? ―acabó por preguntar Athelstan, que se hallaba acorralado en la trampa que él mismo había elegido.

―Que estéis a mi disposición en todo momento. Por ahora, me conformo con eso.

―Está bien…

―Padre, ¿qué estás diciendo? ¡Yo no pienso doblegarme ante él!

―Como tu creador, te exijo que te pongas de rodillas ―dijo el vampiro mirando al príncipe.

Él cerró los puños con fuerza, tratando de oponerse a la necesidad de cumplir aquella orden.

El cuerpo le temblaba sin control. Apretó la mandíbula y enseñó los colmillos en señal de lucha, aunque todo fue en vano.

Una fuerza irresistible le obligaba a claudicar.

Cada músculo le exigía que obedeciera, que se rindiera a esa petición que había sido hecha a propósito para dejarle claro que su vida ya no le pertenecía, sino que dependía por completo de los deseos de aquel ser que lo estaba impulsando a ir contra su propia razón.

―¡Parad esto! ―gritó Youngblood, que corrió hacia su pupilo para intentar sostenerlo.

Frente a sus ojos, Alistair cayó de rodillas. Como si la misma tierra tirara de él hacia las profundidades, bajó la cabeza en señal de total obediencia. El vínculo se había completado, por lo que jamás podría volver a retarlo o contradecirlo.

Ahora pertenecía al vampiro.

Ahora y para siempre sería su siervo.

Uno más en la larga lista que formaban los suyos.