Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 14. ES MI SANGRE LA QUE AHORA CORRE POR SUS VENAS
44%

14. ES MI SANGRE LA QUE AHORA CORRE POR SUS VENAS

C onforme se acercaban al bosque que casi rodeaba a Felsted, el grupo de Alana se sintió mucho más acorralado de lo que esperaban.

Tras ponerse de nuevo en marcha, habían logrado librarse de un enfrentamiento con dos patrullas Drăgoi, que parecían tener demasiada prisa por regresar al castillo.

Ni siquiera habían prestado atención a las claras pisadas en el camino, que deberían haberlos obligado a detenerse para averiguar de quiénes eran.

Nîga, al verlos pasar como verdaderas sombras, pensó en que tal vez ya hubieran descubierto que se había escapado y Helmet los había hecho llamar para trazar una estrategia con el fin de atraparla.

El temor de verse azotada y cubierta de sal la hizo estremecer.

Jamás volvería con los que la habían convertido en una asesina.

Antes prefería hincarse ella misma una daga en el corazón para arrancárselo.

Dejar esta existencia era el mejor presente que podía regalarle el Destino antes que caer en manos de Bêwestan.

Oskar les hizo una señal y los cuatro bajaron de las copas de los árboles donde habían trepado para que no los descubrieran.

Nada más poner un pie en el suelo, Alana se acercó a la vampira con el ceño fruncido.

―No vuelvas a pensar en quitarte la vida ―le susurró sujetándola con suavidad del antebrazo.

―¿Por qué puedes leer mis pensamientos? ―volvió a preguntar lo mismo, agobiaba por no tener ni un momento de intimidad.

―Aún no lo sé, solo quiero que entiendas que siento que debo protegerte. En realidad, a todos vosotros ―dijo mirándolos a los tres.

―Será mejor que dejemos esta conversación hasta estar a salvo ―intervino él―. Aprovechemos que acaba de ponerse el sol para avanzar lo más rápido que podamos.

―Rodeando el pueblo, llegaremos enseguida a mi hogar.

Volvieron a la carrera, dejando atrás preguntas que tal vez nunca tuvieran respuesta.

Pese a todo, en sus corazones, incluso en el de Nîga, había una pequeña esperanza de que el futuro fuese distinto.

Pero ¿a qué? Los cuatro sabían que, tarde o temprano, llegaría esa batalla de la que siempre se hablaba.

¿Sería ese el fin de los tiempos? Sin duda, el único que podía saberlo era Eirik, y aún no se había pronunciado al respecto.

Al llegar a pocos pasos de su casa, Alana sintió que algo no iba bien. El pesar y la preocupación que desprendía su hogar sobrepasaba los sentimientos que era capaz de asimilar.

Miró a los tres y asintió. Comprobaron que el camino estaba despejado antes de acercarse a la puerta. Sin poder esperar ni un momento más, la abrió sin llamar.

Al entrar, el cúmulo de emociones se le agolparon en la garganta. Su madre estaba de espaldas trajinando en la cocina para preparar la cena. Al otro lado, su padre avivaba el hogar, añadiendo un par de troncos más al fuego. Ambos se asustaron al notar que alguien entraba sin pedir permiso.

―¡Madre… Padre…! ―dijo con la voz rota.

Verla de pronto en mitad de la habitación los dejó sin palabras. En cuanto fueron capaces de reaccionar, corrieron hacia ella.

―¡Alana! ―exclamaron los dos antes de fundirse en un abrazo con su pequeña.

Leala se aferró a su cuello mientras Fairfax cubría a las dos con sus enormes brazos. Thyra detuvo a Oskar y a Nîga sujetándolos por los hombros. Los obligó a salir y cerró la puerta para dejar a la Elegida y a sus padres un poco de intimidad.

―¿Se puede saber qué haces? ―se quejó la vampira, que trató de entrar de nuevo.

―Alana necesita este tiempo con ellos.

―Muy considerado de tu parte; solo me parece que has olvidado que si permanecemos aquí fuera, ¡puede que me reconozcan!

Thyra se quitó la mugrienta capa con la que se había cubierto desde que dejó las mazmorras y se la ofreció.

―¿Crees que me voy a poner eso? ―se quejó Nîga sin disimular su cara de asco.

―O te pones esto o te callas, ¡pero no vas a entrar!

Ambas se retaron con la mirada. La Drăgoi acabó claudicando y se cubrió con aquel harapo, que más bien parecía un trapo sucio después de haber limpiado una pocilga.

―Los errantes sois lo peor que existe.

―Dijo la muerta que se alimenta de la sangre de los vivos.

―¡Silencio! ―las regañó Oskar―. A ninguno de los tres nos gusta esta situación, pero es la que tenemos.

Sentaos en el banco como si esto fuese una mera visita de cortesía.

Le daremos a la Elegida un tiempo prudencial para que se reencuentre con sus padres, aunque entraremos si se extiende demasiado. ¿Queda claro?

Por alguna razón desconocida, tal vez fuese por el cansancio y el hambre que ya hacían mella en todos, las dos aceptaron su orden.

Se acoplaron en el frío asiento y se arrebujaron en sus ropas.

De momento, solo podían esperar. No cabía duda de que a ninguno de los tres le hacía gracia esperar en el exterior de la casa, no obstante, no podían arrebatarles aquello.

Esa iba a ser la última vez que esos humanos verían a su hija como lo que pensaban que era, una muchacha bendecida con un don.

Sin embargo, Alana se había convertido en algo mucho más complejo y peligroso.

No podían prever qué les contaría ella sobre su cambio; pero esa era su vida, y nadie tenía derecho a inmiscuirse en sus decisiones.

Dentro de la casa, el abrazo que compartieron los tres transmitía amor y alivio, algo que los reconfortó de inmediato.

―¿Dónde has estado? ―le preguntó Leala un poco más repuesta después de la primera impresión.

―En el castillo de Athelstan.

―¿En el castillo…? ¡Si vimos cómo te raptaban!

―Ellos protegían a Alistair. Me vi en medio de aquella escaramuza, y, al escucharlo decir mi nombre, me llevaron también.

Leala, incapaz de retenerse por verla de nuevo, acarició su rostro mientras las lágrimas empapaban sus mejillas.

―Creí que os iban a matar a los dos ―dijo al fin en voz alta aquello que llevaba atormentándola desde los vio partir.

―Por suerte, no fue así.

―Entonces ―intervino Fairfax―, ¿estuviste siempre a salvo?

Ella bajó los hombros tras suspirar. Negó lentamente y dibujó una expresión que no auguró una historia feliz.

―No.

―¿Qué ocurre, Alana?

―Un vampiro lo hirió de muerte y me vi en la obligación de salvarle la vida por segunda vez. Ellos me secuestraron porque una de las suyas me vio imponer mis manos en la herida y cómo después esta sanaba de inmediato.

―¡Eso fue una enorme imprudencia por tu parte! ―la regañó.

―Tu madre se queda corta, hija ―se unió Fairfax.

―Lo sé, pero lo peor no es eso.

Sus padres la miraron conteniendo la respiración. Alana les contó cuanto había ocurrido en el castillo y en las mazmorras, incluido lo que los sirvientes gritaban cuando escaparon.

―Soñé contigo en una celda… Ahora veo que no fue solo una pesadilla.

―Te aseguro que no.

―¿Y es verdad que el príncipe ha muerto? ―susurró Leala, tapándose la boca con ambas manos.

―Eso decían todos, madre. Creí haber oído que cayó por las escaleras, aunque no puedo asegurarlo. Aunque debe de ser cierto por cómo se comportaban todos.

―Hija, no te veo muy afectada ―añadió, volviendo a colocar la palma de la mano en su mejilla.

―Él me mintió ―dijo, formando una triste sonrisa―, pero creo que, antes de continuar con el resto, lo mejor será que dejé pasar a mis acompañantes. A Thyra ya la conocéis. Oskar es su prometido, y Nîga…

―¿Qué ocurre, hija? ―la miró su madre con cierto recelo.

―Ella es una vampira.

―¿Qué…? ―gritó Fairfax, echando un paso hacia atrás.

―Alana, ¡ellos son tus enemigos! ―añadió Leala muy seria. Acto seguido, recordó que el padre León había pasado a formar parte del bando opuesto y acabó por cubrirse la frente con la mano, sobrepasada.

―Eso no lo sé. Solo os pido que la conozcáis antes de juzgarla. Yo confío en ella, y me gustaría que vosotros también lo hicierais.

―Hija, espera…

Desoyendo la petición de su madre, se acercó a la puerta y la abrió. Verlos allí, a la intemperie, siendo consciente de que todos estaban expuestos a ser descubiertos únicamente por esperar para estar a su lado, la conmovió.

―Pasad, quiero presentaros a mis padres ―dijo mirando primero a la del ejército Drăgoi y después al errante.

―Sé que no es el mejor momento para preguntarlo, pero ¿crees que es buena idea que una vampira hambrienta los conozca? ―Oskar expresó un temor justificado.

―Confío en Nîga ―repitió convencida.

Ella se puso en pie y caminó hacia la casa. Antes de entrar, se detuvo junto a la Elegida.

―Sigo sin entender por qué lo haces. ―Pestañeó confundida―. Te prometo dominar mis instintos hasta que pueda alimentarme.

―Gracias, de verdad.

La «No Muerta» asintió. Después, casi como un acto reflejo, echó la vista atrás.

No pudo evitar sonreír al ver a los dos errantes y a aquella humana.

Su existencia se había vuelto muy interesante tras entrar en aquella celda.

Tal vez debería agradecer a Bêwestan su cabezonería y lealtad incuestionables, ya que ambas la habían llevado hasta allí.

Bajó la mirada y elevó las cejas antes de pasar. Sin duda, estaba deseando descubrir qué vendría a continuación.

En un suspiro, Abbadon había cubierto con sus secuaces la poca distancia que separaba su campamento del castillo.

Los soldados situados en las almenas ni siquiera tuvieron tiempo de avisar de que estaban llegando, ya que apenas vieron pasar unas extrañas sombras que parecían desplazarse a toda velocidad.

El pequeño séquito se quedó en la entrada de la fortaleza mientras que sus dos generales lo acompañaron al interior. Una vez caminaron por el enorme recibidor, Rău detuvo al primer sirviente que los vio. Tras someterlo, el muchacho corrió escaleras arriba para anunciar que ya estaban allí.

El chico bajó tan deprisa que por poco no se cayó de bruces, ya que tropezó en los dos últimos escalones. Por suerte para él, se recuperó a tiempo de no dejarse los dientes en el suelo.

―Señor, el rey os espera ―dijo sin titubear.