13. ¿DÓNDE ESTÁN? #3
Se enfadó consigo mismo por haber dicho antes en voz alta que no era obra de un «No Muerto».
Llevaba tanto tiempo con el joven Knutsen que había olvidado que ciertas cosas solo debían compartirse con las personas adecuadas.
Como en otras muchas ocasiones, primero debía informar a Vidar e, inmediatamente después, al rey; pero no a un simple guerrero que se había visto implicado en aquella empresa únicamente porque su mejor amigo había desaparecido.
Yngvar se quedó esperando una respuesta que no llegó. Borgervern seguía escudriñando aquel lugar como si supiera algo que había decidido no compartir, pero no era así en absoluto.
El rastreador no entendía cómo podía existir una fortaleza con una docena de celdas forjadas con el acero más puro que existía sobre la faz de la tierra.
Si llevaban siglos sin visitar aquella isla, ¿quién había hecho semejante atrocidad, y para encerrar a qué seres?
Además, si él había sido creado al mismo tiempo que Vidar o su amado rey Eirik, ¿cómo era posible que jamás le hubieran informado de su existencia?
―¿Borg? ―preguntó Yng, extrañado al ver su expresión.
―Ya no están ―dijo lo evidente―. Y si los tuvieron retenidos, o escaparon o los dejaron ir.
―¿Escapar de aquí? Por los Altos Guardianes, ¡mira a ese infeliz! ¿Quién ha podido hacerle algo semejante?
―Un vampiro.
―Acabas de decir que esto ―añadió el de la casa Knutsen, señalando las celdas―, no lo ha hecho ninguno de ellos.
―Debemos regresar con Vidar.
―Espera un momento. ¿Cómo puedes estar seguro de que lograron marcharse? No has dicho nada sobre las huellas que aparecen en el suelo. ¿Es que no eres capaz de distinguir las suyas?
―¿Acaso crees que puedo ver alguna pisada nítida entre tanta inmundicia? Fíjate en esta mazmorra. Está destrozada. Aquí hubo una pelea muy desigual. Si te fijas ahí, hay marcas de pies pequeños y grandes. Pueden ser de botas de soldados o quizás son las de Isaksen…
―¿Y tú te llamas rastreador? ―lo interrumpió lleno de ira―. Dime ahora mismo lo que has visto ―exigió―. ¿Dónde están?
―Yngvar, no voy a golpearte porque debemos irnos; pero, si vuelves a dudar de mis capacidades, no despertarás a la mañana siguiente de hacerlo.
―Discúlpame, Borg. Créeme, mi intención no era insultarte. Solo quiero encontrar a mi amigo…
―Y a la princesa Thyra. ―En esta ocasión, lo interrumpió el líder Volger―. Nuestra prioridad es ella, jamás lo olvides.
―Los dos lo son ―lo enfrentó enfadado.
―Joven Knutsen, aún te quedan muchas lunas por vivir antes de darte cuenta de que jamás debes dudar de la decisión de un superior.
―Llegará el día en que yo también seré el superior de otros muchos errantes ―añadió con confianza―. Espero que aquellos que estén bajo mi mando sean lo suficientemente valientes como para cuestionar mis órdenes si ven con claridad que me estoy equivocando.
Aquel razonamiento hizo pensar a Borgervern que quizás los suyos llevaban demasiado tiempo en la misma situación.
Esa tibieza, en la que apenas afrontaban una pequeña escaramuza con los despreciables vampiros, estaba empezando a acomodarlos en una posición demasiado laxa.
Sin una gran batalla que pusiera en perspectiva lo que de verdad era importante, no había desafíos.
Esta circunstancia era capaz de relajar incluso hasta las mentes más bélicas.
Sin una meta clara, podía convertirlas en simples supervivientes que rechazaban cualquier enfrentamiento.
Y un errante siempre debía ser un guerrero.
Yngvar acababa de recordárselo, así que sonrió un instante antes de responder a su atrevimiento.
―Bien visto. En esa celda ―señaló la que estaba más cerca de las escaleras―, estuvo Oskar.
En la de al lado, la princesa. ―Bajó la antorcha y apretó la mandíbula―.
La hirieron. Mira el pequeño reguero de sangre.
Aquí, estuvieron dos mujeres. Una era humana y la otra del ejército Drăgoi.
Mira las pisadas, el remate de sus botas.
A ese infeliz, como lo has llamado antes, lo más probable es que lo asesinara la vampira.
En lo poco que queda de su garganta se ven las marcas de unos colmillos.
En cuanto a quién arrancó los barrotes o por qué hay sangre fresca en el suelo no puedo dar un juicio claro.
Jamás había visto nada semejante, así que lo único que podemos hacer es salir de aquí e informar a Vidar.
―Te pido perdón por haber dudado de ti.
―Disculpas aceptadas, pero tenías razón. Debemos cuestionar todo con lo que no estemos de acuerdo. Gracias por recordármelo.
Sin perder más tiempo, subieron a la planta superior. Yngvar devolvió al carcelero las llaves y le hizo olvidar que habían estado allí. Repitió lo mismo con los soldados que custodiaban la entrada.
De pronto, los dos se quedaron paralizados al ver pasar a Abbadon junto a Rău y Erke. Ellos no repararon en su presencia, puesto que estaban centrados en la reunión que iban a tener con el rey.
El líder de la casa Ursu esperaba que su nueva adquisición ya hubiera despertado, si no, le esperaba una conversación muy interesante con el dueño y señor de Inglaterra.