13. ¿DÓNDE ESTÁN? #2
Una vez comprobado que en su posición estaban a salvo, Yng comenzó a preguntarle. Aunque repitió parte de la historia que ya habían oído, por fin pudieron enterarse de lo que había sucedido con la princesa y con Oskar.
Por lo que les estaba contando, parecía que los habían atrapado de casualidad cuando iban de camino al campamento.
Todos pensaban que se trataba de dos campesinos que habían escapado del castillo, pero aquel vampiro era el más antiguo de los que formaban su patrulla y había reconocido los rasgos físicos que caracterizaba a la raza Errante.
Su belleza, sus ojos, incluso la peculiar ropa que usaban.
Después, al encontrarse en la entrada con Wêranker, esta había hecho llevar a la pareja a las mazmorras.
Cuando comenzó la parte en la que la chantajeaba para obtener sexo, Yng lo obligó a detenerse.
―¡Eso significa que aún están en el castillo! ―dijo con esperanza.
―Bueno, eso significa que hace unos días estaban allí. No sabemos si los han trasladado o si…
―Siguen vivos ―respondió con contundencia el más joven de los dos, que se negaba a creer lo contrario.
―Está bien, Yngvar. Confiemos en que sea así. Ahora necesitamos entrar en esas mazmorras como sea. Ordénales demostrar camaradería con nosotros, como si los cuatro nos conociéramos desde siempre.
―¿Crees que eso funcionará?
―Quién sabe, pero es lo único que se me ocurre. Luego hazles olvidar que nos han visto esta noche.
―No tendré ningún problema con eso.
Tras ordenarles lo que Borg le había pedido, los cuatro caminaron como si nada hacia el campamento.
Al ir acompañados de aquella patrulla conocida, los dejaron entrar sin hacer ninguna pregunta.
Dada la naturaleza de su ejército, era imposible conocer a las nuevas tropas que se iban incorporando de otros lugares.
Nadie sabía en qué momento habían sido convertidos.
Incluso puede que llevaran siglos en las filas Drăgoi.
Lo único que importaba era que dos de los suyos hablaban con confianza con ellos, por lo que habrían coincidido en el pasado con total seguridad.
Una vez traspasado el primer escollo, Yng los obligó a que les mostraran dónde se encontraban las mazmorras. La puerta estaba custodiada por dos soldados ingleses, así que colarse sin levantar sospechas no iba a ser tan sencillo.
El trasiego en el castillo era un ir y venir de sirvientes que se ocupaban en todo tipo de tareas. La mayoría se desplazaba con bandejas llenas de comida que llevaban a la planta superior. Otros se afanaban en limpiar.
De pronto, a sus oídos llegaron voces del exterior. Una de las criadas pasó corriendo con la cara demudada. Borg consiguió detenerla a tiempo para preguntarle qué ocurría.
―El otro señor está llegando.
―¿Quién? ―dijo Yng, obligándola.
―El que parece engendrado por el mismo diablo. ―Bajó la voz y se acercó a él con una expresión de terror―. Dicen que son vampiros, pero yo no quiero creerlo. De todos modos…
―¿Qué? ¡No te detengas y confía en mí! ―insistió el joven Knutsen, agarrándola del brazo para que no saliera huyendo.
―Sienna me ha confesado que los oyó decir que se alimentan de nosotros ―se llevó el paño que llevaba a la boca para ahogar un grito―, y que el príncipe no ha muerto, sino que lo han convertido en uno de ellos.
―¿El príncipe es un vampiro? ―la instó a responder.
―Eso me han contado. No puedo asegurarlo porque yo no lo he visto. Desde que cayó por las escaleras hace poco más de dos días, no he subido a la planta superior por miedo.
―Está bien, olvida esta conversación y vuelve a tus quehaceres.
La muchacha hizo una pequeña reverencia y se perdió en un pasillo.
―¿Crees que es posible lo que ha dicho? ―preguntó Yngvar.
―No podemos confiar en las habladurías del servicio.
―Tienes razón.
―Lo mejor será que nos dirijamos a las mazmorras. Obliga a estos dos a estar calladitos y somete a los dos soldados. Debemos comprobar si lo que nos ha dicho el fanfarrón es cierto.
Mientras Knutsen hacía lo que le había pedido, Borg se puso a pensar cuándo los Drăgoi o los Ursu habían convertido a un heredero al trono.
Por mucho que lo intentó, no pudo recordar tal suceso.
Había una razón: aquello destruía la línea de sucesión natural y, que él supiera, solo los humanos tenían la potestad de encauzar sus destinos de aquella manera a través de las guerras o demás artificios que se les ocurriesen.
Hasta donde él sabía, a los vampiros no se les permitía arrebatar una vida decisiva para la Historia, así que no comprendía qué estaba sucediendo allí.
Tendría que informar a Vidar cuanto antes, pero primero se centrarían en rescatar a los suyos.
Yngvar le hizo una señal. Había conseguido robarles la voluntad a los dos soldados y la puerta a las mazmorras ahora estaba abierta.
Se deslizaron dentro sin tener idea de qué iban a encontrarse.
Por lo que había podido sonsacar a uno de ellos, era en la primera planta donde se hallaban los presos.
La segunda hacía tiempo que se había abandonado por las frecuentes inundaciones.
Los dos errantes tenían muy claro que no se irían de allí hasta encontrarlos, así que buscarían hasta en el último rincón antes de salir.
Al acabar el primer tramo de escaleras, se toparon con el carcelero que le había comentado el soldado. Lo sometió sin esfuerzo y trató de sonsacarle. Por desgracia, el hombre no tenía conocimiento de que una pareja hubiese sido apresada.
―O no sabe nada o le han borrado los recuerdos ―dijo Borg.
―Bien, dame las llaves y quédate aquí en silencio. ¿Entendido? ―ordenó Yng.
―Entendido ―respondió sin rechistar.
Una a una, revisaron las celdas. Las condiciones en las que los ingleses mantenían presos a los suyos eran deplorables.
Al ver la expresión de su compañero, Borgervern negó para que se olvidara de liberarlos.
Ellos no podían influir en el devenir de sus vidas, solo observar y ayudar a la Elegida a cumplir su destino.
Yngvar asintió y volvieron junto al guardia.
―Si no están aquí… ―dijo a Borg. Miró al carcelero aguantando su frustración―. ¿Por dónde se baja al nivel inferior?
―Por esa puerta.
―¿Cuál es la llave? ―preguntó Knutsen sin paciencia, asqueado del hedor que los rodeaba.
El hombre se la separó. Dado lo que el soldado les había revelado, no se extrañaron de verla sumida en la más profunda oscuridad. Aun así, comprobarían con sus propios ojos que los suyos no estaban allí.
―Prepárate, hijo. No sabemos qué nos vamos a encontrar ―advirtió el de la casa Volger.
―¿Crees que…? ―Yngvar no pudo acabar la frase.
―Recemos a los Altos Guardianes para que no.
Cada uno cogió una tea de la pared y bajaron con precaución.
El rastreador fue el primero. Un fuerte olor a muerte y descomposición los puso sobre aviso.
Borg le pasó su luz a Yng. Acto seguido, sacó del cinto su espada y su daga de acero himmelsk .
Ninguno sabía con lo que podían toparse, por lo que era mejor estar preparados.
En cuanto pusieron un pie en el segundo nivel, ambos quedaron impresionados por el soldado muerto en el suelo y el estado de las celdas.
No podían ni imaginar qué había ocurrido allí abajo, pero alguien de extrema fuerza había convertido a aquel pobre diablo en un amasijo de carne informe y destruido por completo dos marcos de acero.
Yngvar se acercó a uno y soltó una exclamación de puro asombro por lo que vio.
―¿Cómo es posible que hayan arrancado los barrotes de cuajo? ¿Qué vampiro posee esta fuerza?
Borg se guardó las armas y le quitó una antorcha.
Avanzó hasta el fondo. En la fría piedra, se veía un hueco enorme, como si alguien hubiese empotrado algo con una potencia sobrenatural.
Después, revisó cada celda. Los restos indicaban que allí había habido prisioneros hasta hacía muy poco. Uno, máximo dos días atrás.
No expresó lo que estaba pensando, sino que se limitó a observar las puertas arrancadas, que habían sido moldeadas como si de simples maderos se trataran.
Tocó el frío hierro. «No puede ser», se dijo.
Hincó la tea en el suelo y trató de doblar un barrote.
Le fue imposible. Como todos los vampiros, cualquier errante podría haber arqueado uno sin mayor esfuerzo, pero esos no habían sido fraguados con el acero que empleaban los humanos.
Aquella aleación le era muy conocida, puesto que se trataba de la misma con la que se habían forjado la espada y la daga que descansaban en su funda.
Se volvió hacia Yngvar y camino un par de pasos hacia el charco que ocupaba parte del suelo.
―Esto no lo ha hecho ningún vampiro ―dijo convencido.
―¿Cómo puedes estar seguro?
Borg ignoró su pregunta y se agachó para verlo de cerca.
Iluminó el suelo y torció el gesto al ver la sangre fresca mezclada con lo que parecía vómito.
Nada de aquello tenía sentido. Ensimismado en aquel misterio, pasó por delante de su compañero para revisar el resto de las celdas que aún conservaban los barrotes en su sitio.
Todas eran iguales.
Todas estaban fabricadas con el mismo metal que solo debía estar en manos de su pueblo.