13. ¿DÓNDE ESTÁN?
A bbadon se había pasado buena parte de la mañana entretenido con la nueva remesa de humanos que sus secuaces, llegados del oeste, habían capturado.
Las facciones de uno de los jóvenes ingleses le recordaron a Rău.
Acto seguido, cayó en la cuenta de que, el día anterior, después del rifirrafe con Erke, debería haberlo torturado por su incompetencia.
El motivo de no hacerlo en el momento no fue, ni de lejos, que lo hubiese perdonado, sino que le apetecía probar la sangre y el cuerpo de dos gemelas que ya estaban esperándolo en su tienda.
Dejó ese pensamiento a un lado porque una pareja le llamó la atención.
Sus acólitos permanecían en silencio, aguardando el veredicto sobre aquella carnaza.
Miraron a su líder temiendo que esos humanos no fueran lo suficientemente buenos como para satisfacer sus necesidades.
Dado que al vampiro no le importaba si los pobres desgraciados sobrevivían o no a las condiciones de hambruna y terribles vejaciones a los que los sometía, los suyos habían aprendido por las malas que siempre tenían que asegurarse de secuestrar a jóvenes fuertes y a las muchachas más bonitas que encontraran.
Durante el tiempo que permanecían en sus dominios, debían contar con la resistencia necesaria para que su amo pudiera disfrutar de ellos a su antojo.
Obviamente, ninguno de los suyos quería estar en el centro de mira cuando su líder «rompía» el juguete con el que estaba jugando, de modo que se esforzaban por traerle lo mejorcito de cada zona donde levantaban el campamento.
Aun así, era raro cuando alguien no moría desangrado por su efusividad al alimentarse o por haberle permitido a su primero que acabara con su vida por el mero hecho de que, para él, no tenían más valor que el ganado que pastaba.
La patrulla asintió agradecida cuando él hizo un gesto con la mano, aceptándolos.
Después del mediodía, había ordenado a un sirviente que lo avisara antes de que se pusiera el sol.
Se estaba divirtiendo más de lo que esperaba con esa parejita que se le había antojado por la mañana.
Por sus ropas y modales, se veía claro que debían de pertenecer a la nobleza.
Ella tenía el cabello largo y rojizo, caderas estrechas, y su boca carnosa, que ahora succionaba con intensidad su cuerpo, lo estaba volviendo loco.
El joven que la acompañaba miraba la escena sin alma.
Era alto y fuerte, de facciones duras. Su cabello oscuro caía alborotado por sus hombros después del esfuerzo al que lo había sometido un poco antes el líder Ursu.
Mientras ella se deshacía por complacerlo, Abbadon se fijó en que el cuerpo atlético de él no casaba con sus finas y delicadas manos, que mostraban a la legua que no habían trabajado ni un solo día.
Su rostro esculpido, solo mancillado por la sombra de la barba que comenzaba a salir, provocó estragos a la altura de su entrepierna.
Más tarde, le ordenaría ocupar el lugar de la muchacha o tal vez los hiciera yacer juntos mientras degustaba a la otra joven que la noche anterior lo había hecho recordar un olor especial que no era capaz de ubicar en su memoria.
De un modo u otro, no tenía ganas de dejar de disfrutar y alimentarse de aquellos dos cuerpos.
Por lo que, de momento, se centraría en apaciguar su sed de sangre y de lujuria, que lo arrastraba a un mar de sensaciones que nada tenían que ver con su deber.
No estaba dispuesto a renunciar a nada mientras existiera, y estaba convencido de que jamás desaparecería.
Alistair podía esperar, sin embargo, el atardecer estaba llegando a su fin.
Cuando el sirviente lo avisó, soltó una maldición.
Aún no tenía suficiente, pero no le quedaba más remedio que visitar a su creación.
Sujetó con fuerza la cara de la muchacha y se vertió en sus labios.
En cuanto sintió el alivio, la apartó de su cuerpo sin ningún cuidado.
Se quedó observando a los dos mientras pensaba en que, sin duda, podrían proporcionarle mucho más placer después de regresar de aquella visita obligada a Athelstan.
Solo lo sopesó un instante antes de ordenar que los alimentaran bien y bañaran con esmero.
Ni de lejos había acabado con ellos todavía, por lo que pronto regresaría para continuar justo donde lo habían dejado.
Vidar miró con preocupación a los dos errantes que estaban a punto de arriesgar sus vidas.
Una vez más, les recordó que su prioridad era salir ilesos de la fortaleza, por lo que les conminó a que no cometieran ninguna locura.
Lo primero que debían averiguar era si los suyos se encontraban presos en las mazmorras.
De estar allí, sopesarían si era seguro tratar de liberarlos, si no, debían volver para trazar un nuevo plan.
Pudieran o no llevar el rescate a cabo, no volverían a tener noticias suyas hasta bien pasada la medianoche. A esas horas, mientras que los humanos dormían, incluyendo a la mayoría de los soldados, los vampiros se dedicaban a alimentarse o a los placeres de la carne.
―No os hagáis los valientes ―dijo la mano derecha de Eirik mirando en exclusiva al joven Knutsen―. Sed juiciosos e intentad pasar lo más desapercibidos posible.
―Así haremos ―aseguró Borgervern por los dos.
―Si tenemos la posibilidad de sacarlos…
―No lo dudéis ni un instante ―terminó Vidar la frase de Yngvar―, pero no vayáis a exponer vuestras vidas. ¿Está claro?
―Sí, señor ―respondieron a la vez.
―Recordad: «Hielo por corazón y mente serena». ―La pareja asintió―. Que los Altos Guardianes os protejan.
―Gracias, señor.
Los dos inclinaron la cabeza antes de darse la vuelta para adentrarse en el bosque.
Avanzaron sin emitir ningún sonido. Borg iba delante, asegurándose de que las pisadas que encontraba no eran recientes, así podrían proseguir por aquel camino hasta la misma entrada al campamento de los «No Muertos».
Ya estaban muy cerca cuando oyeron a una pareja hablar sobre una de las vampiras más cercanas a Helmet.
El pobre diablo se jactaba de haberla hecho gritar toda la noche, aunque aún podía sentir los latigazos que le había propinado en la espalda mientras le hacía prometer que jamás se lo contaría a nadie.
Los dos errantes se miraron al escuchar semejante historia.
Yngvar pensó que lo más seguro sería que aquel que se jactaba de sus acciones se lo estuviera inventando para demostrarle al otro lo buen amante que se creía; pero, cuando Borgervern oyó el nombre de Wêranker de los labios de aquel molesto pretencioso, el experimentado rastreador no pudo contener la sonrisa.
―¿Qué? ―susurró Yng, impulsado por la curiosidad.
―Aquí no ―vocalizó con un gesto de desaprobación.
El joven Knutsen asintió y le hizo un gesto para que lo disculpara. Aquel no era momento ni lugar para ponerse a averiguar las desviaciones sexuales de una vampira, aunque aquella información la compartirían más tarde con Vidar y el rey.
Iban a rodearlos cuando el que había alardeado continuó contando la razón de cómo había conseguido aquella noche desenfrenada de placer que esperaba repetir muy pronto.
―¿Por qué no me crees? ―le insistió a su compañero.
― Şivan , eres un embustero. ¿Quieres hacerme creer que Wêranker cedió a compartir, así como así, toda una noche contigo?
El acólito de la casa Drăgoi elevó el mentón para hacerse el importante. Nadie iba a dudar de su palabra, aunque tuviera que revelar un secreto que había mantenido durante días.
―Si no lo hubiese hecho, la hubiera tenido que delatar ante Xwînxwar ―dijo para intrigarlo.
El otro se echó a reír sin creerlo. Avanzaron un par de pasos más, de manera que se colocaron a solo veinte palmos de los errantes. Borg le hizo un gesto con la mano a Yngvar para que no se moviera.
―Sí, claro ―se burló el otro―. ¿Y qué secreto tan importante era ese como para que ella cayera bajo tus sucias zarpas?
―Encarcelamos a una pareja de errantes, pero ella lo ocultó. Los llevamos al segundo nivel con la promesa de que tendríamos ración doble durante una luna, pero yo quería probar si lo que decían de ella era cierto.
―¿Errantes aquí? ¿Estás seguro?
―Sí, claro que estoy seguro. De todos modos, de no serlos, ¿por qué ella habría querido pasar la noche conmigo?
―Porque su gusto por los machos deja mucho que desear.
Şivan lo golpeó en el hombro y él otro volvió a echarse a reír.
―Eres un necio. Soy el vampiro más atractivo de todos los ejércitos… ¡De todas las tierras!
Yngvar tuvo que morderse la lengua varias veces y respirar muy hondo para no sujetar al maldito y sacarle la información a golpes.
Borgervern pareció leerle las intenciones.
Miró alrededor y allí no había nadie más que ellos cuatro.
Acababa de ponerse el sol, y la claridad comenzaba a desaparecer.
No tendrían mejor oportunidad de poder averiguar más, así que se decidió.
Con mucho tiento, se acercó a Knutsen y le susurró en el oído lo más bajo que pudo cómo procederían.
Él asintió, tratando de refrenar sus ganas de acabar con la situación cuanto antes.
La pareja estaba a punto de darse la vuelta cuando se vieron sorprendidos por dos de los suyos.
―¿Dónde os habíais metido? ―dijo Borg con una voz que transmitía aplomo y seguridad.
―¿Nosotros? Esta es nuestra zona…
Al «No Muerto» no le dio tiempo de decir nada más. Mientras el jefe de los rastreadores sujetaba al otro, Yngvar se colocó delante de Şivan . Lo sometió al momento con solo una pequeña orden. El compañero fue a protestar. No le dio tiempo, ya que también perdió un voluntad tras unas pocas palabras.
Borg miró al guerrero y asintió complacido. El bosque permanecía en silencio. Nadie se había percatado de lo que allí acababa de suceder, por lo que lo más sensato era esconderse para interrogarlo, de modo que así pudieran averiguar cuanto necesitaban.