12. TÚ GANAS #2
Alana se volvió hacia Thyra. Le ofreció la mano y la princesa se la dio.
Oskar pensó que tal vez no debería estar presente en un momento tan importante para las tres.
Se veía desplazado, fuera de lugar. Miró a su prometida y no pudo evitar dejar escapar un suspiro de alivio al ver que estaba completamente recuperada y que ambos eran libres, pero su expresión mostró preocupación por cuántos días tendrían que pasar antes de su unión, y razón no le faltaba.
Pensó en qué ocurriría al volver. Lo más probable era que, en cuanto pusieran un pie en el campamento, Eirik descargaría toda su furia sobre ella por haberlos puesto en peligro.
Estaba convencido de que los suyos aún estarían buscándolos, pero no podía adivinar por dónde habrían empezado.
―Creo que deberíamos marcharnos ya ―dijo él, mirando hacia todos lados.
―De acuerdo. Vamos ―agregó Nîga mientras asentía, aceptando de este modo la petición de Alana.
Los cuatro volvieron al camino. No habían perdido tanto tiempo, por lo que esperaban llegar antes de que se pusiera el sol.
Helmet miró a sus guerreros antes de continuar hacia la alcoba del príncipe.
Qiloçker le sonrió levemente, mostrando de esta manera que su lealtad también estaba con él.
La satisfacción que sintió al verse respaldado por aquellos en los que siempre había depositado su confianza le hizo comprender que, pese a lo mucho que a veces había podido ser injusto y desmesurado ante cualquier fallo, ellos lo habían perdonado.
―Sois el orgullo de la casa Drăgoi ―dijo desde el corazón, pese a que eso era imposible.
Los cuatro se llevaron la mano al pecho, justo donde descansaba el escudo al que representaban.
―Creo que hablo por todos cuando digo que deseamos que tengas razón ―reconoció Xwînxwar, el resto asintió―.
Uno de nosotros ―añadió mirando a Qiloçker―, tiene una cuenta pendiente muy importante desde hace mucho tiempo.
Si existe la más mínima posibilidad de que exista esa ventaja, debemos aprovecharla.
―Pienso igual ―reforzó su compañero.
―Ya tienes mi permiso para acabar con Rău. Pero mejor será que, antes de comenzar una guerra, nos aseguremos de que no he cometido un error. Primero hablaremos con Athelstan, tenemos que alimentar a su vástago. Quiero comprobar si tengo razón o solo ha sido un espejismo.
―¿Crees que te recibirá? ―Xwîn se puso a su altura mientras seguían avanzando.
―Si te soy sincero, no importa lo que él quiera. Por otro lado, si me pongo en su lugar, reconozco que la pérdida de un hijo debe de ser insoportable.
―Bueno, ninguno de nosotros hemos tenido descendencia ―agregó Bêw, que estaba muy atenta a la conversación.
―Puede que siempre me haya mostrado distante, pero si me detengo a pensar en cómo sería perder a alguno de vosotros, incluso a Nîga…
―Dejó de caminar para mirarlos―. Lo que intento decir es que, si le muestro comprensión, tal vez sea mucho más sencillo obtener lo que quiero.
Supongo que tendré que buscar en mi interior ese retazo de humano que tal vez conserve después de tantos años…
―Se detuvo al instante tras darse cuenta de lo que había dicho.
―Pero tú nunca fuiste humano, Helmet ―intervino Wêranker, tan sorprendida como el resto.
El líder Drăgoi formó su extraña sonrisa y siguió avanzando sin responder porque, la verdad sea dicha, ni él mismo estaba seguro de eso.
Nada más llegar a la alcoba del rey, Qil y Xwîn se ocuparon de neutralizar a los soldados que custodiaban la puerta. Había llegado el momento de averiguar si sus sospechas eran ciertas.
―¿Cómo habéis entrado? ―gruñó Landon, que estaba de pie frente a Athelstan mientras este, sentado, tomaba una copa de vino.
―Vengo a hablar con él, apartaos de mi camino.
Helmet no se molestó en disimular. Le robó la voluntad a Youngblood y continuó caminando hacia el rey. Xwîn cerró la puerta y los cuatro guerreros se quedaron a un lado, observando.
―¿Aún no te has marchado de mis tierras? ―preguntó el señor de Inglaterra, bebiendo otro sorbo.
―Pronto lo haré, pero antes deseo ayudaros con vuestro hijo.
―¿Ahora…? ¿Ahora es cuando quieres ayudarme cuando hace dos días «mi hijo» se moría delante de tus narices?
―vociferó―. Primero, ya no es necesario y, segundo, no veo cómo.
Por fin Alistair se ha convertido en un maldito «No Muerto» y, por lo que él me ha dicho ―dijo mirando a Qiloçker―, solo falta que se alimente.
―Así es, pero la primera vez siempre debe ser bajo supervisión de otro vampiro o jamás aprenderá a detenerse en el momento preciso ―agregó, disfrazando la verdad.
El rey no había perdido detalle de que, desde que habían entrado en sus aposentos, sus lacayos habían permanecido inmóviles y en silencio.
Escudriñó sus facciones en busca de algún indicio de diera a entender que lo que estaba diciendo su líder no era cierto, pero solo halló en ellos devoción y respeto.
Después, volvió la mirada hacia Helmet, quien, como siempre, mantenía la misma expresión de frialdad que había mostrado desde el día en que se conocieron, por lo que tampoco pudo adivinar si lo estaba engañando.
Mientras tanto, el «No Muerto» solo pensaba en que el tiempo se agotaba y era prioritario que estuviera presente cuando el príncipe alcanzara su cénit tras completar la transición después de la primera ingesta.
No quería faltar a su promesa, pero ya estaba empezando a hartarse del rey.
Pese a todo, a fin de no tener que controlar a todo el maldito castillo, prefirió aguantar un poco más aquel infantil pulso con el humano hasta hacerlo entrar en razón.
De todos modos, si Athelstan no cedía, acabaría por someterlo. Y estaba a punto de elegir esa opción.
―¿Por qué te importa si se detiene o acaba con todos nosotros? ―escupió el inglés, asqueado de la situación―. Es más, me sorprende que aún no me hayas robado la voluntad para hacer lo que te venga en gana.
―Lo creáis o no, rey Athelstan, siempre podréis confiar en mi palabra. Por otro lado, no pude satisfacer vuestra demanda porque debía cumplir con mi obligación y seguir las directrices de mi señor.
―¿Tu señor te obligó a no salvar a mi hijo? ―ironizó.
―Mi señor también es el de Abbadon ―dijo lentamente el nombre de su «hermano»―, y a ambos nos ordenó no convertir a más humanos. El equilibrio entre razas es prioritario, así que vuestro beneficio es que él ha incumplido su palabra.
―Tal vez, pero no sé para qué. Ya casi han pasado dos días desde que dijo que volvería, y aquí solo estamos hablando tú y yo.
Helmet avanzó un paso hacia la impresionante chimenea.
Con parsimonia, removió el fuego y se calentó las manos en un gesto inútil, pues sabía que aquel calor abandonaría su piel nada más retirarlas.
Tras frotárselas, se giró hacia el rey y trató de no parecer impaciente.
Quería poner a prueba su teoría cuanto antes, y, si aparecía Abbadon, no podría demostrar lo que le daría la ventaja definitiva.
Decidido a obtener lo que quería, acabó la conversación.
―Última oportunidad, «mi rey». ―Sus palabras sonaron como lo que eran, una amenaza.
―Está bien, Helmet. Tú ganas ―dijo Athelstan, cansado de luchar sin parar.
Los ojos del vampiro se abrieron ligeramente. Ladeó la cabeza en señal de agradecimiento.
Una vez liberado Youngblood, lo convencieron de que lo que iban a hacer era lo mejor para su pupilo.
El capitán terminó por darles la razón, ya que, por desgracia, tampoco tenían muchas más opciones.
Aceptando que el momento de alimentar a Alistair había llegado, el rey mandó llamar a tres sirvientes.
Los muchachos fueron sometidos de inmediato a la voluntad de Bêwestan y Wêranker.
Los jóvenes, ajenos a lo que les iba a suceder, permanecieron de pie esperando unas órdenes que estaban a punto de ponerlos en verdadero peligro.
Por supuesto, las dos se encargarían de que ninguno recordara ese día.
Al menos los que consiguieran salir vivos de allí.
Helmet miró a Athelstan, que se sentía muy incómodo al ver a esos jóvenes como simple carnaza. Youngblood permaneció en silencio, y las vampiras se hicieron a un lado, como si lo que iba a ocurrir fuese algo nimio y aburrido.
Los encargados de ir por el heredero fueron Xwînxwar y Qiloçker, que tenían mucha curiosidad por conocer el desenlace de aquel experimento. Nada más entrar en la alcoba del príncipe, él se les echó encima para tratar de salir.
―Tranquilo, muchacho ―dijo Xwîn, sujetándolo de ambas manos.
―¡Exijo ver a mi padre! ―gritó el heredero.
―A eso venimos, a llevarte con él y a alimentarte ―añadió Qil.
Alistair se soltó de malos modos del general, quien sonrió al pensar que el pobre chico había creído que se había liberado de su agarre.
―Entonces, vamos.
Los de la casa Drăgoi lo acompañaron hasta la alcoba del rey. Una vez entraron, se llevó una sorpresa. Allí solo se encontraba Helmet junto a tres sirvientes que parecían estar ausentes.
―¿Dónde está mi padre? ¡Exijo verlo! ―repitió.
―Veréis a vuestro padre cuando os hayáis alimentado, no antes.
―No quiero beber sangre humana.
―¿Quién os ha dicho que podéis elegir? Ahora sois uno de los nuestros. Un «No Muerto». Si no queréis pasar a engrosar el camposanto de las tierras de vuestro padre, bebed o moriréis.
Alistair trató de contenerse, pero la cadencia constante de los latidos de aquellos tres chicos lo estaban volviendo loco. No quería hacerlo, pero miró sus pechos descubiertos y sus gargantas accesibles.
Demasiado para contenerse.
Demasiado para no desear hundir sus colmillos en cada uno.