Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 12. TÚ GANAS
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12. TÚ GANAS

A lana prosiguió corriendo sin detenerse ni un solo instante, ya les quedaba muy poco para llegar a su hogar.

Thyra trataba de seguirle el ritmo, pero la preocupación había comenzado a hacer mella en su determinación por volver al campamento.

Su mente, copada con imágenes de discusiones y reprimendas por haber desobedecido a su padre, le impidió concentrarse lo suficiente como igualar en velocidad al resto.

Oskar miró hacia atrás y le hizo un gesto para que apretara el paso.

Ella asintió y se esforzó para ponerse a su altura, pero su cabeza estaba en otro lado.

Pensamientos fugaces de cómo iban a sucederse los siguientes días hasta la próxima luna llena la amedrentaron lo suficiente como para no querer continuar hasta Felsted.

Pese a que hacía mucho que había dejado de tener reservas con respecto al sjelevenner con su prometido, el temor a lo que su unión implicaría para la raza de los errantes hizo que se sintiera sobrepasada.

Tener el destino de los suyos en sus manos no era algo para lo que estuviera preparada.

Aún más, cuando era la última en la línea de sucesión y únicamente en el peor de los escenarios se vería obligada a ocupar el trono.

Incluso así, su padre le había insistido una y otra vez en que debían completar el ritual justo en aquella luna, si no, le había asegurado que grandes desgracias azotarían la tierra.

Thyra no tenía idea de por qué si sus esponsales no se celebraban en esa fecha iban a provocar tales desdichas, no obstante, prefería no tentar al Destino.

En cierto sentido, culpaba a su progenitor por llevar con tal ostracismo aquel ritual al que había asistido a escondidas decenas de veces, y no era para tenerlo en tal alta estima.

Una pareja aceptaba pasar juntos la eternidad y poco más, así que dudaba mucho que su unión trajera nada más que unas cuantas felicitaciones.

Con todo, compartir su lecho con el joven Isaksen no le pareció poca recompensa.

Pero no solo era eso, su corazón albergaba una profunda decepción hacia su progenitor porque no había sido lo suficientemente cercano con ella como para guiarla en el dominio de su don.

En vez de eso, aquellas enseñanzas ancestrales las había dejado en manos de los muchos maestros que la habían acompañado a lo largo de su corta vida.

Se sentía en gratitud con cada uno, sin embargo, echaba de menos lo que su padre les había ofrecido a sus hermanos antes de que ella naciera.

De un modo u otro, el punto de inflexión que marcaría el resto de los muchos milenios que aún caminaría sobre la tierra azuzó su miedo por todo lo que aún tendría que afrontar.

Poco a poco, redujo la velocidad y acabó deteniéndose a escasa distancia del pueblo. La tarde comenzaba a caer y sabía que, una vez la Elegida regresara a su vida, a ella no le quedaría más remedio que enfrentarse a la suya propia.

Alana trató de acortar la distancia lo antes posible.

Deseaba volver a abrazar a sus padres y a su hermano, por lo que se centró en forzarse un poco más.

Antes de alcanzar la linde del bosque que rodeaba buena parte del pueblo, miró hacia atrás.

La distancia que separaba a Thyra y a Oskar de ellas era considerable, por lo que le hizo una señal a Nîga para dar la vuelta.

Debía averiguar qué les había obligado a parar.

Las dos regresaron en un par de parpadeos. La vampira miró alrededor en busca de algún peligro, mientras que ella se acercó a los errantes para saber qué ocurría.

―¿Por qué os habéis detenido? ―preguntó escudriñando el bosque para asegurarse de que nadie los seguía.

―Ha sido culpa mía ―reconoció Thyra.

―¿Te has herido? ―añadió, salvando la distancia que las separaba con genuina preocupación.

―No, Alana. No es eso.

―Entonces, ¿qué ocurre? ―inquirió molesta. Sus padres estaban a poca distancia y se moría por verlos.

―Tengo dudas.

―¿Sobre qué? ―Miró un instante a Oskar y después regresó a la princesa, dando por sentado que aquella repentina indecisión se debía a que su unión se acercaba.

―No es por él ni por nuestro sjelevenner … ¡O tal vez sí! ―Se dio la vuelta y caminó un par de pasos para alejarse de ellos.

―Thyra, estoy a punto de reunirme de nuevo con mi familia después de días sin verlos. No puedo imaginar la preocupación que estarán sintiendo desde que me llevaron a la fuerza.

―Lo siento es que yo…

―No quiero parecer insensible ni que creas que tus problemas no me importan; pero, si no pospones tus miedos hasta que pueda verlos, entenderé que no quieres acompañarme, y lo mejor será que nos despidamos ahora mismo ―dijo sin titubear.

―Tienes razón ―dijo volviéndose hacia ella, cambiando el tono de voz a uno mucho más duro―. Sé que no es el mejor momento para pensar en cómo va a castigarme mi padre por haberme escapado sin su permiso. ¿Verdad? Pues disculpa que no opine igual que tú…

―Te garantizo que él no te hará daño alguno ―la interrumpió―, puesto que todos iremos contigo al campamento.

Nîga, que se había mantenido todo ese tiempo en segundo plano, se acercó para aclarar la situación. Acababa de recuperar la libertad y no estaba dispuesta a aceptar que ella, que apenas había llegado a la madurez, pretendiera darle órdenes.

―Alana, yo no voy a ir con vosotros al campamento de los errantes. Creía que esto ya los habíamos solucionado.

―No hay nada que discutir ahora. Estamos en mitad del bosque a solo unos cuantos codos de mi hogar. Dejad las dudas para después de que me reúna con mi familia.

―Esa es la cuestión. Es tu familia, no la mía ―añadió la vampira―. Os acompañaré hasta dar con alguien que me lleve a Richborough. Después, nuestros caminos se separarán.

―Antes necesitas alimentarte. Ven a mi hogar. Encontraremos la forma de que lo hagas sin que acabes con la vida de nadie.

La voz de la Elegida no sonó como una sugerencia, sino como la única opción que le daba a escoger a Nîga o quizás la situación no sería tan amigable como estaba siendo.

Al pensar en huir hacia cualquier dirección con tal de no tener que servir a nadie nunca más, la de la casa Drăgoi sintió en sus entrañas un temor inexplicable por perderla a «ella».

Alana la miró y negó con la cabeza como dándole a entender de que no le iba a servir de nada hacerlo. La atraparía sin esfuerzo y terminaría llevándola a su casa.

―No lo hagas, Nîga ―dijo para reforzar la idea de que la conexión entre ambas era mucho más fuerte e ineludible de lo que pensaba.

―¿Por qué no me dejas marchar? ―susurró, desesperada por verse de nuevo atrapada en una lucha de poderes.

―Créeme, pronto te darás cuenta de que mi única intención es ayudarte; solo que has de esperar un poco más. Como a ti, una fuerza en mi interior me impulsa a actuar de un modo que no entiendo; pero, de alguna manera, sé que es lo que debo hacer para propiciar lo siguiente que ha de venir.

―Entonces he dejado una prisión para entrar en otra ―añadió, bajando la mirada al suelo como si su destino jamás fuese a pertenecerle.

―No eres ni serás nunca mi prisionera. Si he de dejarte ir ahora para que lo entiendas, vete ―dijo, señalando el bosque.

―¿De verdad?

―Por supuesto. Eso no significa que no te rescataré cuando vuelvan a atraparte. Siempre te salvaré, Hawin. Siempre.

La vampira la miró sintiendo un nudo en la garganta. ¿Qué había querido decir con que volverían a atraparla? ¿Cómo podía saber ella qué iba a ocurrir? ¿Así iba a ser su existencia a partir de ahora? ¿Tendría que depender de sus decisiones para poder sobrevivir?

Todas esas preguntas se le agolparon en la mente, obligándola a detenerse un instante más para tomar el camino correcto.

―No tengo escapatoria.

―¿Acaso ves una soga a tu alrededor?

―No sé qué hacer ―acabó diciendo, derrotada.

―No tienes que decidirlo ahora.

Alana, una vez más, le ofreció la mano. De forma instintiva, ella le dio la suya.

Aquel contacto la hizo sentirse en su propio hogar.

Lejos de un pasado terrible. Apartada de los horrores que se había visto obligada a cometer.

La conexión entre ambas iba mucho más allá del deber, de la imposición a la que se había visto forzada a cumplir.

Allí solo había amor. Un amor que jamás había experimentado. Sin darse cuenta, cerró los ojos y se permitió perderse en ese sentimiento puro. De repente, se vio transportada a una vida distinta. A un momento en el tiempo que aún no había sucedido.

El futuro. Su futuro.

Alguien la abrazaba por la espalda mientras apoyaba la cabeza en la suya. Podía notar sus fuertes manos rodeándole la cintura. Su cuerpo la cubría por completo. Un olor a madreselva la inundó en un instante, y la sensación de que una vida crecía en su interior la hizo regresar de golpe.

―¿Qué… qué he visto?

―Lo que puede llegar a suceder si permaneces a mi lado. Tu verdadero destino. El que siempre debió ser.

―Mientes… ―agregó mientras le soltaba la mano y se secaba una lágrima que había conseguido escapar al ver el cielo que tenía vetado.

―Mira en tu interior. ¿Crees que miento?

Nîga renegó una vez más de lo que se le mostraba. De cuanto se le había prometido de alguna manera, ya que era muy improbable que esa vida fuera a ser nunca la suya. Sin embargo, ahí estaba ese pensamiento. Nítido como el agua que corre despreocupada por el cauce del río.

―Pero… es imposible.

―Imposible debería ser que en mí pudiesen convivir la sangre de Cristo y la de Mørket.

―Dicen que el tiempo de las brujas ya pasó.

―Querida Hawin, en la tierra de Nuestro Señor todo es posible.