11. TIENES MI LEALTAD #3
―Si ninguno sabe de qué estoy hablando, enseguida os lo aclaro.
Hemos sido esclavos de mis propios temores y de la arrogancia desmedida de Abbadon apoyada por mi padre.
Me hice pequeño a su lado porque fue justo eso lo que él me obligó a creer.
Me inculcó a fuego que no podía vencerlo, puesto que él era el primogénito.
Pero… mintió. ¡Mintió! ¡Mi padre me mintió!
―repitió, levantando las manos con desesperación.
―¿Por qué iba a hacer tal cosa? ―lo cortó Wêranker, incapaz de creer que el Príncipe de la Oscuridad, al que todos rendían pleitesía y devoción, fuese capaz de traicionarlos de aquella forma tan retorcida. Porque si había engañado a Helmet, los había engañado a todos.
―Para mí, solo existen dos posibles explicaciones a sus actos.
Una, que prefiriera la bestialidad de mi hermano por encima de la mía.
Dos, que mi supuesta debilidad no sea tal y pueda vencer a ambos.
Hasta hoy, jamás había puesto en duda mi lugar entre ellos ni cuál era mi obligación.
He servido fielmente a Mørket sin cuestionar ni una sola de sus decisiones, pero no pienso volver a claudicar.
Al otro lado de esa puerta ―la señaló―, está la prueba de que mi hermano es más débil que yo.
Y, puesto que aún no ha regresado, quiero comprobar que no me equivoco antes de que partamos hacia nuestro verdadero hogar.
Bêw se llevó la mano al pecho al pensar que volvería a la tierra que la vio nacer. Donde perdió la inocencia y se juró que ningún hombre volvería a ponerle la mano encima sin su consentimiento.
―¿Lo dices en serio? ―susurró ella, aguantando mentalmente la respiración.
―Jamás he hablado más en serio ―añadió, volviendo a su estado natural de sobriedad y control―. Después de haberme escuchado, la única pregunta que me queda pendiente por hacer es la de si permaneceréis a mi lado para luchar contra él o, por el contrario, me delataréis para que acabe conmigo.
Mientras su mano derecha permaneció en silencio mientras sopesaba su respuesta, Wêranker, que había escuchado con atención aquellas esclarecedoras palabras, tomó partido.
Por supuesto que su decisión iba a influir al resto.
Ella era mucho más ruda y feroz que Bêwestan.
Mucho más cruel y despiadada que el propio Xwînxwar.
Pese a haber sido la tercera en la línea de conversión por parte de Helmet, parecía que había heredado no solo su fuerza, sino también su cabeza fría.
Quizás el pedacito remanente que la impulsaba a sentir placer con la desesperación ajena fuese herencia de su perverso abuelo.
Tampoco podía echarle la culpa. Los primeros jefes de las tribus del norte debían cuidar de su pueblo a toda costa.
El amor o la piedad no formaban parte de su credo.
En cambio, la venganza y los duros castigos eran su pan de cada día.
Si bien podía haberlos olvidado una vez que pasó a ser vampira, tenía de reconocer que solo en aquellos momentos donde la violencia se hacía presente era justo cuando más cerca de los suyos se encontraba.
Y era incapaz de dejarlos ir. Le sonrió a Helmet antes de ofrecerle su antebrazo.
―Tienes mi lealtad, «padre». Ahora, más que nunca, me doy cuenta de lo equivocada que estaba. Nunca has sido débil, y siento haber dudado en el pasado de tu determinación.
Él le devolvió aquella enigmática sonrisa y asió con fuerza su brazo.
―Y yo nunca olvidaré este gesto, como tampoco olvidaré que me hayas confesado tus dudas sobre si debías cambiar de bando.
Xwîn y Bêw la miraron sorprendidos, y aún más a su señor, que lo había compartido con ellos.
―De eso estábamos hablando cuando habéis llegado. Por mi extraña naturaleza, durante un tiempo pensé que mi sitio estaba junto a Abbadon. Sin embargo, hoy siento que este es mi lugar.
Sus compañeros se miraron y Xwînxwar, de pronto, entendió por qué podrían estar sonriendo. Ella le había contado lo mismo que a él días atrás. Lo que no le quedaba claro, y que más tarde le preguntaría, era qué la había impulsado a revelarle aquel secreto que podía llevarla a la verdadera muerte.
Wêr sonrió a los tres. Para incredulidad de su pareja, con la que había compartido innumerables noches de sórdido sexo, se colocó a su lado. Sin mediar palabra, le cogió la mano con increíble naturalidad delante de su señor y de Bêwestan.
―Mi lealtad es vuestra ―dijeron a la vez Xwîn y Bêw. No solo por haber visto abrirse a Wêranker, sino porque de verdad lo sentían.
Aquel momento de silenciosa celebración fue empañado por unos leves golpes en la puerta que dieron paso a un preocupado Qiloçker.
―El príncipe ha despertado ―dijo sin florituras.
―Bien ―respondió Helmet―, ahora comprobaremos si nuestra nueva alianza puede llevarse a cabo.
Qil lo miró sin entender una sola palabra. Su señor se volvió hacia Bêwestan, quien le hizo una señal a su pareja para que entendiera que se lo contaría de camino.
Mientras los cuatro seguían al líder de la casa Drăgoi y Bêw le susurraba al oído a toda prisa las intenciones de Helmet, una duda surgió en sus mentes: ¿cómo diablos la conversión de un simple vampiro iba a desvelar aquella «verdad» a la que se había aferrado su jefe?
Solo Alistair podía responder a aquella pregunta.