11. TIENES MI LEALTAD #2
Avanzaron con cuidado, procurando resguardarse tras los árboles y arbustos cercanos.
Cuando llegaron a la posición que había indicado el jefe de la casa Eide, los errantes aparecieron de la nada y, al mismo tiempo, les cayeron encima.
Sus enemigos no tuvieron tiempo de reaccionar, puesto que lo último que podían esperar era ser atacados por un grupo de errantes a plena luz del día.
La enorme confusión que provocaron fue decisiva para atraparlos.
Por un lado, Vidar derribó a uno de un solo golpe.
Los otros tres se vieron sorprendidos por los que estaban bajo su mando.
Pese a que trataron de defenderse, los errantes los superaban en número a razón de cuatro a uno.
Una ventaja nada despreciable para lograr su objetivo.
Mientras Borg, junto a ocho enormes compañeros, acababa con dos de la otra patrulla, Yngvar pudo someter sin problemas a los otros.
En realidad, los «No Muertos» no habían tenido la menor oportunidad de poder vencerlos. La lucha había sido injusta para su bando, pero ninguno tuvo tiempo de pensar en ello.
Por su lado, los errantes se afanaron en hacerlos desaparecer.
Tal y como les había ordenado Vidar, se los llevaron a la zona cubierta donde habían trazado el plan de ataque.
Allí mismo los amordazaron y maniataron con los girones que fueron haciendo con parte de sus chaquetas bordadas que lucían con arrogancia las famosas tres serpientes negras sobre fondo rojo.
La mano derecha de Eirik estaba muy satisfecho por cómo habían logrado derrotarlos en tan poco tiempo.
Se sentía muy orgulloso de la fuerte unión que existía entre sus valientes guerreros, siempre dispuestos a luchar codo con codo para acabar con el Ejército de la Sangre.
Esa camaradería los impulsaba siempre a dar lo mejor de sí.
Vidar pensó que, tal vez, en otra ocasión no tuvieran tanta suerte; pero no era momento de perderse en especulaciones.
Habían logrado neutralizarlos, y dos de los suyos estaban a punto de cruzar las puertas de aquella fortaleza que le traía demasiados recuerdos de un pasado lejano.
Se guardó para sí mismo el horror vivido entre esas enormes piedras, en parte avergonzado de lo que fueron testigos y de las malas decisiones que tomaron, y ordenó que desvistieran a dos prisioneros para que Yng y Borg pudieran colarse delante de sus narices.
Una vez ataviados con sus ropas, ambos parecían pertenecer al ejército Drăgoi, solo que su tez curtida por el sol distaba mucho de la palidez que los caracterizaba.
No podían ocultar que estaban vivos; pero, mientras lograran no destacar demasiado, esperaban que nadie los detuviese y pudieran colarse sin mayor dificultad.
De todos modos, el joven Knutsen estaba preparado para usar su don en el caso de que fuera necesario. Sabía que, tarde o temprano, tendría que hacerlo para descender a las mazmorras; aunque mejor contenerse hasta que sus vidas no dependieran de ello.
―Por las brasas de Mørket, ¿¡a qué demonios huele esto!? ―dijo Borg asqueado.
―A un «No Muerto» que no ha visto un barreño de agua limpia en varios milenios ―aseguró Yng, tratando de olvidar que el cuero estaba helado y extrañamente húmedo.
Borg rio por lo bajo. Tras acomodarse lo mejor que pudo aquella repugnante prenda, miró a Yngvar.
―Increíble, ¡ambos parecemos dos malditos vampiros! ―soltó mientras se tiraba de la pernera del pantalón.
―No creas que me hace gracia. Si los nuestros no nos reconocen a tiempo, puede que estemos en problemas.
―Tranquilo, lo harán ―intervino el líder de la casa Eide para darles ánimos.
Lo cierto era que sí parecían dos «No Muertos». También apestaban a muerte como ellos, pero nadie se atrevió a decir nada. Bastante tenían con poner sus vidas en peligro sin estar seguros de si los suyos se encontraban retenidos allí dentro.
―Deberíamos partir ya ―agregó un impaciente Yngvar, que ya había colocado su daga himmelsk bajo la capa.
―No, aún es media tarde ―respondió Vidar con aplomo―. Aguardaremos hasta que se ponga el sol.
―¡Pero no podemos esperar tanto! ―refutó, conteniendo a duras penas su rabia―. ¿Y si los están torturando ahora mismo?
―Mejor que torturen solo a dos errantes en vez de a cuatro ―soltó el líder de la casa Eide con un tono gélido de voz―. No vuelvas a cuestionar mis órdenes o te enviaré de vuelta al campamento.
El joven guerrero lo observó con una mirada desafiante.
No obstante, acabó claudicando porque su superior tenía razón.
Aún faltaba bastante para la puesta de sol, y no podían pasar por alto que sus sonrosadas mejillas, producto del esfuerzo de la caminata y de la posterior emboscada de la que habían formado parte, mostraban alto y claro que ambos rezumaban salud por los cuatro costados.
A eso debían añadir sus altas pulsaciones, que podrían ser oídas sin esfuerzo por aquellos que estaban acostumbrados al silencio sepulcral de sus corazones inertes.
Una razón más para mantener la posición hasta que pudieran pasar lo más desapercibidos posible.
―Sí, señor ―terminó diciendo Yngvar tras tragar buena parte de su ira y frustración.
Si por él hubiera sido, habría salido corriendo para rescatar a su mejor amigo, sin embargo, acató la orden so pena de ser devuelto con los suyos. Borg lo miró y asintió para darle a entender que aquella decisión era la correcta.
Por el momento, solo podían esperar. Mientras parte del grupo se deshacía para siempre de los vampiros capturados, al resto solo les quedaba desear tener un poco de suerte para que nadie echara en falta a esas dos patrullas.
Yngvar y Borg debían entrar como fuera en el castillo. Todos albergaban la esperanza de que la princesa y su prometido se hallaran tras sus muros, si no, que el cielo los protegiera si era Abbadon quien los había apresado, pues Eirik destruiría cada piedra de la tierra hasta encontrarlos.
Tras llamar a la puerta, Xwînxwar entró seguido de cerca por Bêwestan.
Le molestó mucho más de lo que le hubiera gustado ver que Helmet parecía estar muy cómodo hablando con Wêranker.
Sintió aún más rabia por no haber podido escuchar a tiempo qué los había hecho reír de esa manera, pero, sin duda, aquello acababa de ayudarle a que dejara de importarle el que iba a omitir la desaparición de los dos errantes.
―Señor, traemos malas noticias. Nîga ha asesinado a un guardia y se ha llevado a la supuesta esposa del príncipe. No sabemos si ya ha acabado con ella o aún está viva. El carcelero no sabía nada, de modo que lo único que podemos hacer es salir en su busca.
Helmet puso los ojos en blanco y resopló, como si aquello fuese a ayudar a diluir su incipiente enfado.
―Nîga… Nîga… ¿Qué voy a hacer contigo? ―expresó en voz alta mientras bajaba la mirada al suelo.
―Es mi culpa, señor ―dijo Bêwestan al ver su expresión de decepción profunda.
―No, Bêw. Ella nunca ha encajado entre nosotros. Después de lo de hoy, de saber que tal vez yo sea más poderoso que Abbadon, me he dado cuenta de lo mucho que os he exigido y castigado por miedo a ser menos que él.
Los tres los miraron con verdadero asombro.
Helmet jamás había reconocido que se sintiera inferior a su «hermano», menos aún que los hubiese forzado por encima de sus posibilidades.
Todos daban por hecho que así debía ser la existencia de los suyos y que no obedecer merecía el peor de los escarmientos.
De hecho, así había sido hasta ese preciso momento, por lo que ninguno de aquellos guerreros fieles hasta la médula, que no daban crédito a lo que acababa de oír, supo qué responder a tal declaración.
El dirigente de la casa Drăgoi sonrió al ver sus reacciones. Sin duda, todos los siglos que había desperdiciado en querer demostrar lo que por derecho era habían hecho de él un ser despreciable.
De pronto, supo con certeza cómo quería proceder; pero antes debía cerrar un ciclo de su existencia.
―Vuestras caras lo dicen todo ―bromeó en su línea.
―Helmet ―intervino de nuevo Bêwestan―, no entiendo bien qué has querido decir con… ¿No vamos a perseguir a Nîga y a castigarla por desobedecerte?
―¿Es lo que quieres?
Aquella pregunta la dejó trastocada. Jamás le había pedido opinión o le había ofrecido la posibilidad de elegir sobre el castigo de uno de los suyos.
―Es lo que siempre ha sido ―respondió frunciendo el ceño como si no pudiese existir otra opción.
―Lo que siempre ha sido… ―repitió él, recalcando con énfasis cada palabra―. Quizás ha llegado el momento de plantearnos un futuro distinto a «lo que siempre ha sido». A lo que siempre nos han relegado ―añadió con rabia―. A lo que siempre nos han obligado a aceptar para no levantar la cabeza.
Wêr miró a Xwîn con una expresión de incredulidad. Él tampoco era capaz de asimilar aquel extraño y repentino cambio de alguien que había sido un ejemplo constante del cumplimiento del deber.
―¿Os encontráis bien? ―se atrevió a preguntar Xwîn.
―Mi querido y fiel Xwînxwar, estoy mejor que nunca. Tal vez os esté dando motivos para pensar que me he vuelto loco, pero os aseguro que justo ahora es cuando no lo estoy.
Se puso en pie y comenzó a reír abiertamente, como si, en contra de lo que acababa de insinuar, de verdad hubiese perdido la razón.
―Pero, Helmet…
―Xwîn ―lo interrumpió, girándose hacia él con los ojos desorbitados por la emoción―, no lo había visto claro hasta que me has dicho que Nîga ha escapado. ¿Es que no os dais cuenta? ―preguntó con un tono de voz grave y serio.
Ellos lo miraron sin entender qué era lo que le había hecho reaccionar de aquella manera tan diametralmente opuesta a como siempre se había comportado.
―Helmet, lo siento. No soy capaz de comprender a qué te refieres ―reconoció su mano derecha. Las dos negaron con la cabeza para unirse a su respuesta.