11. TIENES MI LEALTAD
U na vez que los dos muchachos acabaron de reparar la gotera, el padre León los hizo pasar a sus dependencias.
Allí les tenía preparado un pequeño banquete con todo lo que había encontrado en la despensa.
Aquello era un pago desmedido por el sencillo trabajo que habían realizado.
Apenas habían tardado una mañana y parte de la tarde en terminar, y tampoco había requerido mucho más esfuerzo que retirar unas cuantas tejas para reemplazarlas con las nuevas, unirlas con amalgama y cerrar el pequeño agujero.
Al ver la mesa puesta, algo se removió en su interior. Esa muestra de generosidad con la que estaba a punto de agasajarlos le hizo pensar en que, hasta el momento, no había sido tan buen párroco como pensaba.
En cierto modo, su ayuda siempre había sido bastante comedida.
Pero, claro, había un mañana que afrontar.
Un día más para alimentar a cuanto feligrés estuviera en apuros, así que no era posible derrochar en exceso.
El reparto debía ser equitativo, si no, podría levantar ampollas entre algunas familias que se sentían en desventaja con respecto a otras.
Y su última intención era crear rencillas entre hombres de bien.
Ver la reacción de los hermanos le confirmó que debía cambiar, aunque lo primero que tenía que hacer era alimentarlos para que no cayeran desfallecidos ante la falta de sangre y por el trabajo realizado.
Los chicos, sobrepasados, ni se atrevieron a acercarse por temor a que acabara regañándoles, ya que les parecía imposible que todo fuese para ellos.
León les insistió en que se sentaran. Les tenía preparado un buen trozo de carne asada, patatas cocidas con zanahorias, queso añejo y pan recién tostado.
Algo que nunca habían visto al mismo tiempo, pese a eran muy afortunados y jamás les había faltado un plato de comida.
―Padre, no debería haberse molestado ―dijo el mayor, reteniendo al más joven―. No podemos aceptarlo. Es… demasiado.
―¡Tonterías! ―respondió con un tono más hosco del que tenía en mente. Al darse cuenta, trató de suavizarlo―. Lo que quiero decir es que comáis cuanto podáis, os lo habéis ganado a pulso.
León escondió en sus palabras el remordimiento que sentía por haberse alimentado de ambos.
Al menos eran jóvenes fuertes que se habían recuperado de inmediato, pero no podía valerse de ellos eternamente o acabaría por quitarles la vida; o, peor aún, convirtiéndolos en algo que los condenaría a una existencia de oscuridad y pesadumbre.
―Se lo agradecemos, padre.
Cuando ambos se sintieron satisfechos, se despidieron.
León terminó por darles los restos para que los aprovechase su familia.
Temía visitar a alguien más por si la tentación de lanzarse a su garganta fuera demasiado fuerte.
En realidad, no sabía cuánto tiempo le duraría el sustento que ambos le habían proporcionado, por lo que prefirió no arriesgarse, ya que se odiaría a sí mismo si llegaba a herir a alguien bajo los efectos de la sed.
Tras limpiar los pocos platos, se sentó en la rectoría para escribir una carta al obispo.
Delante de aquel pliego en blanco, reconoció que le iba a ser muy difícil continuar con su oficio.
Pensar en dar una simple misa en la que la parroquia estuviera llena de cuerpos templados llenos de sangre provocó que se lamiera con ansia los labios.
Después, se recorrió con la lengua los prominentes colmillos y tragó recordando lo que había sentido al degustar el preciado líquido ligeramente espeso.
No. Estaba claro que no podía celebrar misa ni confesar a los parroquianos ni…
Apoyó la cabeza entre sus manos y lloró.
Pensar en cuánto debía renunciar lo destrozó.
¿Cómo era posible que quisiera ayudar a los feligreses y que, al mismo tiempo, por necesidad, deseara con todas sus fuerzas hundirse en su carne?
«Estoy condenado. He de marcharme de aquí o acabaré asesinando a alguien sin querer», se dijo mientras se secaba las mejillas.
Se fijó en el pliego que iba a escribir.
Enmudeció al ver que media docena de gotas rosadas lo habían manchado.
No tenía idea de que los «No Muertos» llorasen sangre.
Se miró las manos y estaban teñidas de forma sutil del mismo color.
Cerró los ojos con fuerza al comprender que ahora sus lágrimas llevaban impresas la marca del maligno.
Con rabia, arrugó aquel pequeño cuadrante y lo lanzó con rabia al otro lado de la habitación.
Sin fuerzas, se levantó y caminó hasta la ventana que miraba hacia el bosque.
Mientras observaba cómo un pequeño roedor trepaba por un árbol, se sintió roto por dentro.
Durante un buen rato, perdió la noción del tiempo entretenido en seguir los pasos de aquel simpático animalillo, que se afanaba en introducir en su boca una bellota más.
Su pelaje era de un marrón brillante. La cola, que parecía ser tan suave como la de un armiño, era espesa y elegante.
Sonrió sin pretenderlo cuando la pequeña ardilla movió el hocico y, con él, los diminutos bigotes que lo adornaban.
Sorprendido al no entender qué le estaba pasando, se frotó los ojos con energía. Volvió a enfocar la vista y ahí seguía la que lo había hecho dudar. Pero sus ojos no le habían engañado, era capaz de ver con nitidez una ardilla que se encontraba a más de veinte codos de distancia.
De pronto, cogió una enorme bocada de aire.
Ya no le era necesario en su nueva naturaleza, pero el párroco aún no era consciente de ello.
Se llevó la mano a la cabeza al entender que su cuerpo estaba cambiando.
Por muy descabellado que pareciera, se notaba más liviano y fuerte.
Caminó hasta su dormitorio y el dolor de rodilla, que lo había acompañado desde que años atrás se cayera de un árbol al tratar de coger un fruto, había desaparecido.
Era imposible. Se lo estaba imaginando.
Sin más, se agachó de golpe y volvió a ponerse en pie.
No sintió nada. Ni siquiera una ligera molestia en ninguna parte de su cuerpo.
Aunque no sabía qué iba a hacer con su nueva existencia, decidió escribir esa misiva.
Después regresaría junto a Leala y Fairfax.
Su obligación era cuidar de la Elegida, y, aunque no tenía nada claro cómo podría afrontar el desafío de tratar de retenerse para no lanzarse a su cuello, haría todo lo posible para estar a su lado y acompañarla hasta el último día de su vida.
Alana debía sobrevivir; pero, más que nada, tenía que acabar con el Ejército de la Sangre, pese a que él mismo hubiese entrado a formar parte de sus filas.
León temía que el vínculo que sentía hacia a aquel que lo había convertido lo obligara a dejar cuanto conocía para unirse a los «No Muertos», aunque algo en su interior le impulsó a apartar ese pensamiento al instante.
Sin lugar a dudas, él estaba destinado a luchar; pero aún faltaba mucho para que llegara esa batalla.
Desde bien entrada la tarde, para la treintena de errantes, atravesar el bosque había sido cada vez más complicado.
Tanto las patrullas de soldados como las de vampiros, que custodiaban celosamente el castillo, estaban situadas en lugares estratégicos a fin de que ningún enemigo pudiera romper esa barrera que controlaba el acceso al interior.
Ante la posibilidad de ser descubiertos, Vidar ordenó a los suyos que se detuvieran en una zona bastante espesa que, por la dificultad del terreno al haber un espectacular manto de enormes helechos, no estaba demasiado protegida.
Bajo el abrigo de sus frondosas ramas, los guerreros se pusieron a cubierto para que la mano derecha de Eirik ordenara el siguiente paso.
―Lo primero que vamos a hacer es dividirnos en dos grupos. Debemos capturar a una cuadrilla para que os podáis vestir con sus ropas. ¿Preferís humanos o vampiros? ―preguntó con gesto serio sin darse cuenta de que su ocurrencia había provocado una sonrisa generalizada.
Yngvar miró a Borg tratando de evitar soltar una carcajada. Por supuesto, no era momento para reír; pero la pregunta de Vidar sobraba. Por su complexión, las ropas de los humanos les iban a estar ridículas; así que la decisión fue fácil de tomar.
―Sin duda vampiros, señor ―dijo el de la casa Knutsen, dejando la broma a un lado.
―De acuerdo ―agregó sin llegar a darse cuenta de lo que su comentario había provocado.
Aquello hizo ver a todos la preocupación que sentía su jefe por la dura situación a la que iban enfrentarse, por lo que olvidaron al momento el comentario y se centraron en memorizar las siguientes indicaciones que iba a darles.
―A unos cuarenta codos ―prosiguió Vidar con gesto sobrio―, están los dos puestos de vigilancia que hemos visto antes.
Debemos atrapar a las dos patrullas a la vez o acabaremos entre rejas, o incluso peor.
Estad todos muy atentos a mi señal. Yngvar, te daremos todo el tiempo que esté en nuestras manos para que sometas a cuantos puedas.
―Cuenta con ello.
―Está bien. Gransker, Modig ―le dijo al otro rastreador y a su aprendiz― procurad borrar el rastro. Será mejor que los ayudéis vosotros cuatro ―añadió, señalando a otros guerreros.
―Sí, señor ―respondieron al mismo tiempo.
―Traeremos hasta aquí a los prisioneros y nos desharemos de ellos.
Tras asir un fina rama caída, Vidar dibujó en la tierra cómo procederían para llevar a cabo la pequeña emboscada. No debían cometer ningún error o todo se iría al traste.
La docena de errantes que él dirigiría se dedicaría a neutralizar a los que se encontraban al oeste, mientras que los que capitaneaba Yngvar se ocuparían de los que se situaban al este.
Como experimentados guerreros, habían vivido situaciones similares en muchas ocasiones, por lo que entendieron al momento lo que debían hacer.
La cuestión se centraba en que ninguno de los vampiros a los que iban a atacar emitiera sonido alguno o pondrían sobre aviso al resto.