Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 10. LA FORTALEZA DEL CAOS #3
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10. LA FORTALEZA DEL CAOS #3

―No, rey. Estoy seguro de que, si no hacéis lo que os digo, beberá hasta la última gota de ambos sin sentir ningún remordimiento.

Puede que más tarde lo lamente; pero, de primeras, no tiene la capacidad de controlar sus instintos.

No os miento, y esa es mi recomendación; aunque no os detendré si decidís permanecer junto a él sin la debida protección.

Landon miró al rey y asintió.

―¿Es que vas a seguir sus órdenes? ―vociferó Alistair fuera de sí, exigiendo a su padre que actuara como lo que era, el señor de esas tierras.

Athelstan cerró un instante los ojos e inspiró sintiendo aquel arrepentimiento del que había hablado el vampiro, solo que no por las mismas razones.

Miró al que hasta solo hacía un día había sido su desobediente hijo.

Decenas de recuerdos volvieron a su memoria.

Fue como si, de pronto, viera su vida pasar ante sus ojos antes de tomar una dura decisión.

Otra más entre tantas que habían sellado el destino de Alistair a una existencia que ya nada podía asemejarse a la que debió ser.

Aquel, que hasta la tarde anterior había visto como a un muchacho desaliñado y rebelde, ya no era un niño.

Ahora era un «No Muerto». Un ser preparado para arrebatarles la vida de un solo mordisco.

Parecía que el tiempo se hubiese detenido y escuchara a los presentes mucho más despacio de lo que en realidad se estaban expresando.

Él, rey de Inglaterra, señor de Wessex, no sabía qué decir.

Tenía tres pares de ojos observándolo como si su palabra fuese a determinar el resto de la Historia.

En cierta manera, aquella idea no era tan descabellada.

―Hijo mío, he cometido tantos errores contigo que jamás podré perdonarme a mí mismo por lo que te he hecho. ―Miró al vampiro y frunció los labios mientras movía la cabeza para darle la razón―. Landon, debemos irnos.

―¿Qué? ―gritó Alistair aún más fuerte que la vez anterior.

―Volveremos con Helmet, ya que tu creador ha decidido abandonarte ―añadió el rey.

―Abbadon ―dijo como si, de alguna manera, todo su ser supiera a quién le debía lealtad.

―Sí, Abbadon. Prometió volver en dos días y aún no ha dado señales de vida.

Qil no pudo evitar sonreír por aquella elección de palabras.

En cambio, el tutor del heredero estaba bloqueado.

Por un lado, entendía lo que podía suponer quedarse a solas con su pupilo.

Por otro, sentía un cargo de conciencia tan grande que antes prefería morir a sus manos que ser un cobarde, de modo que actuó en consecuencia.

―Alistair, no debí perseguiros escaleras abajo. Siento mucho la situación a la que os he forzado, tanto a vuestro padre como a vos ―se disculpó con un tono que mostraba su profundo dolor.

El joven se volvió hacia Youngblood impulsado por las fuertes emociones que la transformación había avivado en él.

―No tenías ningún derecho a detenerme. Me has condenado a una vida eterna que no sé si algún día podré aceptar.

―Lo sé, y lo lamento.

El príncipe lo miró como si de pronto no viera en él a aquel valiente guerrero que lo había cuidado desde niño. Ahora solo le parecía un simple hombre, un mortal débil y perecedero al que solo le faltaba hincar la rodilla en el suelo para pedir piedad.

Sin esperarlo, aquel pensamiento le rozó un poco el alma. Puede ser que el corazón ya no le latiera, pero en alguna parte de su interior, de un modo que todavía no podía comprender, seguía existiendo ese chico que aún necesitaba sus consejos.

La dualidad entre querer destrozarlo y conservarlo a su lado logró que refrenara su rabia.

―Padre ―dijo en un tono que cada vez más se asemejaba al de Qiloçker―, será mejor que todos salgáis de aquí.

Alistair se dio la vuelta y se dirigió a la ventana, dándoles la espalda. En ese momento, el vampiro hizo un gesto con ambas manos para que se pusieran detrás de él. Despacio, caminaron hacia la puerta hasta que Landon la abrió.

―Volveré, hijo.

―Lo sé. Y espero que traigas contigo a Alana o no responderé de mis actos.

Qil miró al rey negando con la cabeza para evitar que le contestara. Prácticamente empujó fuera a los dos, quienes salieron de la estancia a regañadientes.

Justo antes de cerrar, el de la casa Drăgoi se apiadó un instante del recién convertido al ver cómo luchaba para no darse la vuelta.

―Alistair, no os preocupéis. Os alimentaremos lo antes posible ―añadió para asegurarle que pronto dejaría de sentir aquella terrible sed que conocía de sobra.

―No tardes, «hermano» ―dijo con sorna―, o iré a por ti.

―Pronto descubrirás que no somos «hermanos». Y no vuelvas a amenazarme porque te aseguro que, la próxima vez que lo hagas, no tendrás tiempo ni de sonreír.

Qil cerró sin hacer ruido, dejándolo solo mientras nadaba en un mar de ideas confusas y macabras donde iba a hacer trizas a sus enemigos e impondría su voluntad por encima de todos.

Sin duda, la sangre de Abbadon lo estaba corrompiendo conforme recorría una y otra vez su cuerpo. La cuestión era si el heredero podría mantener algo de sí o sucumbiría por completo a ella.