10. LA FORTALEZA DEL CAOS #2
―O los humanos han encontrado una nueva aleación de la que no tenemos conocimiento o esos barrotes fueron forjados con acero himmelsk.
―Eso no es posible.
―Esta fortaleza tiene siglos de antigüedad.
Athelstan no la erigió, solo la restauró.
―Bêw dio una vuelta, observando todo lo que iluminaba a su paso―.
Estas celdas parecen ser mucho más antiguas que las del nivel superior.
¿Puede que, en algún momento, perteneciera a los errantes?
¿Y si estas mazmorras fueron creadas para encarcelar a vampiros o a… los skyggene [7] ?
―No lo sé, pero ¿por qué iban a dejar este lugar si así fuera?
―Xwîn, se supone que no existimos. Llevamos tanto tiempo luchando que hemos olvidado que fuimos creados a partir de humanos y que nuestro deber era permanecer en las sombras.
Los errantes aparecieron para acabar con nosotros, con todas las razas que lideraba Ketî .
Creo que nadie imaginó nunca que permaneceríamos vivos tantos milenios.
―Este castillo no tiene miles de años.
―¿Quién sabe los secretos que podrían contar esas piedras?
―Debemos irnos ya ―dijo él para obligarla a dejar aquellos pensamientos donde debían estar.
―Lo sé. Diremos que fue Nîga. No hablaremos de los errantes. Nadie más que Wêr, tú y yo sabemos que estaban aquí. Contaremos que ella acabó con el guardia y se llevó a la humana para tener alguien de quien alimentarse.
―¿Crees que Helmet va a creernos?
―¿Por qué no iba a hacerlo? ―insistió Bêw―. No te confundas, mi lealtad está con él; pero no puedo explicar lo que ha ocurrido aquí. Además, creo que tampoco os beneficiará el informar a destiempo que mantuvisteis encerrados a dos errantes con el único propósito de que ella se «divirtiera».
El vampiro permaneció en silencio mientras sopesaba qué hacer.
Bêwestan no iba nada descaminada en su razonamiento.
Si se descubría su imprudencia, Wêranker y él serían severamente castigados.
Su obligación como primer general de la casa Drăgoi era mantener la disciplina y hacer que se cumplieran sus órdenes.
Claro está que romper un trato con otra raza no estaba en los planes de su señor, así que se encontraba en una difícil situación que lo estaba empujando a saltar al abismo si seguía al pie de la letra con su deber.
Por otra parte, jamás había antepuesto a nadie a su juramento de lealtad a la sangre.
Si estaba pensando en hacerlo, tal vez sus sentimientos hacia Wêr no fueran tan simples y efímeros.
―¿Xwîn? ―acabó preguntando, esperanzada al verlo dudar.
Él asintió, aceptando que, por primera vez desde que transicionara para formar parte de los «No Muertos», iba a mentir a Helmet.
―Hablaré yo ―dijo con un tono profundo―. Él creerá cuanto describa, pero no volveremos a cometer un error como este.
―¿Volveremos?
―Wêr y yo. Si no nos descubres, ambos te deberemos una.
De pronto, Bêwestan fue consciente de que ella no había hecho nada malo.
El que Nîga se escapara de las celdas era algo razonable dado que, como vampira, podía arrebatar la voluntad a cualquier humano.
No obstante, que ninguno de los dos hubiera confesado que habían cometido la imprudencia de encarcelar a dos errantes era motivo de un severo escarmiento.
―Te tomo la palabra. Ahora, regresemos. Te apoyaré en todo lo que digas, pero recuerda tu promesa.
―Un vampiro nunca olvida.
Mientras los de la casa Drăgoi abandonaban aquel lugar de horror y podredumbre, el mundo pareció detenerse para Youngblood.
El heredero por fin había despertado y lo primero que había oído de labios de su padre era que aún debía cumplir con su deber.
Craso error para un rey cuyo hijo acababa de transformarse en la misma muerte y cuyo último pensamiento había sido rescatar a una inocente de las mazmorras.
En cuanto Xwînxwar subió, liberó a los soldados que custodiaban la puerta. Ninguno recordaba absolutamente nada y tampoco les hicieron ninguna pregunta antes de observar cómo ambos subían a la planta superior.
Justo antes de entrar en la alcoba de Helmet, los dos sonrieron como si fueran dos niños que supieran con antelación que iban a cometer una diablura. Descubrir en el otro un rasgo humano olvidado desde hacía tanto los unió de una manera que no esperaban.
Tenían un acuerdo bastante inusual; pero, por muy descabellado que fuera, ninguno faltaría a aquel extraño pacto que los había empujado la sinrazón de una vampira ávida por disfrutar del dolor ajeno.
Alistair miró a su padre sintiendo cómo la sangre bullía por todo su cuerpo con un ardor desconocido.
La estúpida respuesta que acababa de darle era sumamente insignificante si la comparaba con la necesidad que lo estaba empujando a lanzarse a su cuello para alimentarse de aquella tentadora vena palpitante.
Apoyó los pies en el suelo y colocó las manos en sus rodillas. Echó el torso hacia delante y, despacio, se pasó la lengua por los labios mientras observaba desde su nueva naturaleza a Landon y al viejo rey.
―¿Para gloria de Inglaterra? ―Soltó una risa forzada―. ¡Querrás decir para la tuya!
―Alistair…
―¿Dónde está Alana? ―preguntó como si quisiera destrozar a cuanto ser se le pusiera por delante.
En cuanto se levantó y dio el primer paso, Qiloçker se interpuso entre él y los dos humanos. Veía con claridad la sed en su mirada, pero no podía consentir que acabara con ellos sin previo conocimiento de su señor.
―Príncipe, no os voy a permitir que hagáis lo que estáis deseando ―dijo el vampiro con voz grave.
―Tú no tienes ni idea de lo que quiero ―respondió con altanería y desprecio―. Padre, ¿dónde está Alana? ―volvió a preguntar.
―¿De qué demonios estáis hablando? ―vociferó Athelstan―. ¡Y olvídate de esa ramera de una buena vez!
El de la casa Drăgoi se giró un instante hacia el rey, acción que aprovechó el neófito para lanzarse contra él. Qil, que no esperaba que se revelara tan pronto, fue lanzado un par de pasos atrás, chocando con fuerza contra Landon.
Alistair no se molestó en disimular. Trató de llegar a la garganta de su padre, pero el segundo de Helmet se puso en pie en un parpadeo y lo sujetó sin hacer apenas esfuerzo.
Acto seguido, lo obligó a darse la vuelta y acabó por agarrarlo de las muñecas con una mano mientras que con la otra le rodeaba el cuello.
―Dame una razón para que no te arranque la cabeza de cuajo ―dijo sin inmutarse.
―Tú no tienes poder sobre mí ―escupió el heredero con soberbia.
―¡Soltadlo! ―exigió Youngblood, quien se lamentó de haberse quitado el cinto con la espada.
―Qiloçker, os lo ruego ―pidió el rey, corriendo hacia ellos lo más rápido que pudo.
El vampiro vio la desesperación en los ojos del rey y se detuvo un instante mientras sopesaba qué hacer.
Para su envergadura y experiencia, el recién convertido era solo un pequeño pelele.
Mientras Alistair no se alimentara, no tendría ninguna oportunidad contra él.
Después, y solo durante unos pocos días, lo superaría en fuerza y rapidez.
Luego todo se reduciría a años de duro entrenamiento que potenciarían sus propias capacidades.
Pero, por el momento, solo era uno más en transición.
―Está bien ―terminó por decir―. Muchacho ―agregó de forma despectiva al tiempo que volvía a ceñir la mano en su garganta como advertencia―, ahora voy a soltarte. No hagas ninguna estupidez o limpiaré la suela de mi zapato con tu rostro. ¿Me has entendido?
Alistair se retorció para mirar a su padre.
Verlo asentir para que aceptara aquella propuesta lo llenó de rabia.
Él era el príncipe de Inglaterra, por lo que no iba a consentir que un sucio «No Muerto» le diera órdenes.
Aun así, cedió para liberarse. Más tarde lo haría despellejar junto con Landon por haberlo empujado escaleras abajo.
―Sí, te he entendido ―respondió lentamente.
Qiloçker aflojó por fin la mano que constreñía su cuello. Después, como reprimenda, le dio un coscorrón en la cabeza. En cuanto lo soltó, el heredero se revolvió contra él.
―¡Alistair, déjalo estar! ―ordenó su padre.
―¿Es que se va a ir sin castigo? ¡Me ha humillado!
―¡Cierra la boca de una vez! Acabas de volver a la vida y ya me estás avergonzando ―gruñó Athelstan.
―He de informar a Helmet ―dijo Qil sin dejar de mirar al heredero―. Mi consejo es que permanezca solo en la alcoba hasta que regresemos. Vuestras vidas corren peligro si os quedáis a solas con él.
―¿Crees que mi hijo va a morderme? ―preguntó el rey, indignado.