Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 10. LA FORTALEZA DEL CAOS
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10. LA FORTALEZA DEL CAOS

B ewestan trató de entablar conversación con Xwîn de camino a las mazmorras, pero lo máximo que logró sonsacarle fue un sonido parecido a una queja.

Después de tantos años compartidos, sabía que su superior no era un hablador en exceso; sin embargo, esa actitud tan austera le resultó bastante curiosa.

En otros tiempos, cuando se castigaba a un insurgente por querer desertar, disfrutaban a lo grande del dolor ajeno.

Lo que iba a suceder no era nada que no hubiera pasado ya, aunque verlo sin el ánimo de recrearse en lo que vendría a continuación le resultó, cuando menos, extraño.

Por su lado, la mano derecha de Helmet estaba tan perdido en sus pensamientos que lo máximo que estuvo dispuesto a responder fue un simple gruñido.

Claro que oía parlotear a su compañera sobre cómo encontrarían a Nîga después de haber pasado un par de noches en el calabozo; pero, sin entender por qué, una creciente impaciencia había surgido en él conforme se acercaban a la prisión.

De pronto, su único interés estaba centrado en averiguar cuál sería el estado en el que iban a encontrar a los otros dos prisioneros de los que parecía que Bêwestan no tenía constancia.

Se censuró a sí mismo por haberlos olvidado, aunque ahora poco más podía hacer que tratar de solucionar aquel tremendo error.

Mientras ambos enfilaban el último pasillo que llevaba hacia las enormes escaleras por donde el heredero había caído hacía poco más de un día, él continuó en silencio con una expresión que la vampira no pudo determinar si era de introspección o de molestia.

Una leve mueca en los labios de su compañero le hizo sospechar.

¿Lo que acababa de ver podría definirse cómo preocupación?

Tal vez, y no era para menos después de lo que Helmet les había compartido.

Si se confirmaban sus sospechas, puede que todos contaran con una ventaja con la que nunca habían soñado.

Pero debían ser precavidos. De momento, solo eran especulaciones, por lo que confiar en algo que aún no sabían cómo iban a poder probar era soltar las campanas al vuelo con demasiada antelación.

Se acercaron a la puerta que descendía a las mazmorras.

Allí se encontraron con un par de soldados del rey que tenían cara de pocos amigos.

Desde la situación tan delicada en la que se hallaban, Athelstan había ordenado que se vigilaran de forma exhaustiva todas las entradas a su fortaleza; aunque no tuviera ningún sentido creer que podían ser atacados desde aquella posición.

Su peor enemigo ni se había molestado en utilizar subterfugios elaborados.

Lo había hecho de frente y sin miedo a ser detenido por ninguno de sus hombres.

Xwînxwar se acercó a ellos con la seguridad del depredador que juguetea con su presa antes de devorarla.

―¡Apartaos!

―Tenemos órdenes de no dejar entrar a nadie.

―¿A nadie o a… nosotros? ―preguntó Bêw, señalando al general y a ella misma, dando a entender que sus razones se ceñían en exclusiva a los vampiros.

―Los de vuestra calaña ya no sois bienvenidos. Así nos lo ha ordenado nuestro rey, de modo que corred escaleras arriba para lamer las botas de vuestro amo. Aquí no tenéis nada que hacer ―se atrevió a decir uno de los dos soldados mientras el otro sonreía.

―Ya… ―soltó ella con un tono de hastío que hizo elevar las comisuras a Xwîn―. ¿Se lo aclaras tú o lo hago yo?

―No perdamos más tiempo.

El enorme «No Muerto» se situó entre ambos con cara de querer aplastarlos allí mismo.

Sentía ganas de lanzarse a sus cuellos y vaciarlos por completo, como si solo fuesen un par de simples jarras de sangre.

Para su propio fastidio, se contuvo. Era mucho más importante conocer el estado de los prisioneros que llevaban días encarcelados.

Por un instante, se lamentó de no haberlos dejado ir cuando tuvo la oportunidad, aunque ya era tarde para cambiar el pasado. Debía afrontar sus propias malas decisiones por haberlas pospuesto solo para satisfacer a Wêranker.

Echó un vistazo a los dos para acabar mirando a Bêw, que le hizo un aspaviento con la mano como diciendo: «adelante». El vampiro se movió con la suavidad del viento y les susurró una orden. Los dos humanos se apartaron a la vez.

―Pensaba que los ibas a matar ―señaló sorprendida porque él no se había precipitado hacia ellos.

―Créeme, me ha faltado poco.

Descendieron por el largo tramo hasta llegar al primer nivel. El carcelero que ella conocía no estaba, por lo que tuvo que someter al nuevo para que los acompañara con las llaves y dos antorchas.

El olor característico de la putrefacción de un cuerpo les inundó las fosas nasales a cada paso.

Bêwestan, que seguía al soldado de cerca, se giró hacia Xwîn.

Él gesticuló unas palabras que ella entendió enseguida.

Puede que tuviera razón y Nîga hubiese acabado con uno de ellos.

La vampira llegó a la conclusión de que la que desprendía aquel hedor podía ser la chica que había encerrado con su excompañera.

Puede que fuera lo mejor para todos. Sobre todo, para el rey.

Al entrar, el guardia dejó una tea en la pared. Avanzó un par de pasos y se dio de bruces con un cuerpo cuya postura antinatural no destacaba tanto como la de su cuello destrozado. Tenía la cabeza del revés, y las vértebras le atravesaban la carne, haciendo de su visión algo grotesco.

Ambos se miraron al creer entender qué había sucedido allí.

El general se giró hacia las celdas donde se suponía que debían estar los errantes.

No dijo nada, pero pensó que aquello era imposible.

Caminó hacia la pared y cogió la otra luz.

Se quedó sin palabras al ver que las gruesas puertas habían sido arrancadas de cuajo.

Después, bajó la tea al suelo. Se extrañó al ver que había un charco de sangre que aún estaba fresca.

Parecía que alguien la hubiese vomitado.

Al instante, pensó que Nîga no había reconocido a los errantes y los había mordido.

Para él, esa era la única explicación posible ante aquel estropicio.

Sin mediar palabra, Bêwestan le arrancó de la mano la antorcha al soldado y alumbró la celda donde debería haber estado su pupila.

«Vacía, pero esta puerta no ha sido forzada», se dijo mientras revisaba aquel agujero que olía como el mismo infierno.

Salió de allí formando una mueca de repugnancia y caminó hacia el fondo del pasillo.

―Xwîn, acércate.

El vampiro llegó en un suspiro. Ambos se quedaron asombrados al ver el enorme agujero en la pared. No había dudas de que alguien con una fuerza formidable había empotrado a otro. A un lado, destrozadas, se encontraban las dos puertas que faltaban de las celdas.

―Aquí ha habido una lucha muy desigual. ―Bêw señaló el amasijo que habían sido antes los imponentes barrotes.

―Desigual es quedarse corto, ¿no te parece? ―reconoció él, tratando de buscar alguna pista que esclareciera lo que allí había ocurrido.

―Nîga no ha hecho esto ―dijo convencida―. Pese a que se empleó a fondo en el bosque, pude con ella sin problemas. Es más, prácticamente la traje arrastrando todo el camino. Si dispusiera de esta fuerza, la hubiera utilizado para escaparse.

―Tampoco han podido ser los otros dos prisioneros que ocupaban estas celdas ―agregó, tocando con la punta de los dedos el marco.

―Eso no puedes saberlo…

Xwînxwar se acercó al soldado y le ordenó subir a su puesto. Cuando se quedaron solos, se sinceró.

―Tenemos un problema. ―Ella levantó las cejas por el tono que empleó―. Aquí había dos errantes, y se han escapado.

―¿Dos errantes? ¿Cómo es posible? ¿Quién los atrapó? ―preguntó de forma atropellada.

―Fue algo fortuito. Los trajo una patrulla de control. Wêranker los reconoció enseguida y decidió encerrarlos aquí abajo.

―¿Y no informó a Helmet de inmediato? ―Silencio―. Si tú lo sabías, ¿por qué…?

Él ladeó la cabeza y formó una sonrisa que explicaba sin esfuerzo el verdadero motivo.

―Xwîn…

Bêwestan se llevó las manos a la cabeza y acabó metiéndose los dedos en el cabello mientras se ponía un instante en cuclillas al tiempo que gritaba una maldición.

―Lo sé. He cometido un error ―reconoció él, resoplando e irguiéndose ante ella.

―¿Un error? ―vociferó muy enfadada mientras se acercaba hasta quedar a un solo palmo de distancia―. ¿¡Has dejado que esa sádica te manipule otra vez!? ¿Es que no eres capaz de renunciar a su locura?

―Y lo dices tú, que estás enamorada de Qiloçker. Bêw, a mí no me puedes engañar. Sé que serías capaz de tapar cualquiera de sus muchas cagadas para evitarle un castigo.

Ella hizo un mohín con la boca y se quedó un instante callada, dándole vueltas a sus palabras.

―De acuerdo, puede que tengas razón; pero yo nunca incumpliría un acuerdo que nos llevara a la guerra. Así que, dime, ¿cómo vamos a solucionar esto?

―Primero, informaremos a Helmet de que Nîga se ha escapado y que, al parecer, se ha llevado consigo a los errantes y también a la muchacha.

―¿Es que crees que ella ha sido capaz de arrancar las puertas del muro de piedra? ¡Te he dicho que tiene menos fuerza que yo!

―Pues, si no ha sido ella, entonces, ¿quién? ―Esta vez el que gritó a todo pulmón fue el vampiro.

―¡Estamos jodidos! ―vociferó ella también.

―La única explicación que podemos dar es que ella se los haya llevado a todos.

―¿Y con qué propósito?

―¿¡Cómo quieres que lo sepa!?

Ambos se miraron al entender que la situación era la ideal para que Helmet descargara en ellos toda su frustración y su ira. Como si ambos se hubieran leído la mente, decidieron inventar una historia plausible para conseguir librarse de días interminables de crueles torturas.

Xwîn pasó a su lado y caminó hasta quedarse delante de una de las puertas. Clavó en el suelo la antorcha que llevaba mientras observaba el acero del que estaban hechas.

Con sus manos, trató de forzar un barrote. Le fue imposible.

―No lo entiendo. No puedo siquiera doblarlas un poco ―reconoció mirándola mientras elevaba los hombros.