9. SIGO SIENDO YO #3
Qiloçker tomó un pasillo distinto al de sus compañeros.
Mientras ellos se dirigían a las mazmorras, él iba directo hacia la habitación del heredero para tratar de averiguar lo máximo posible.
No tenía idea de si por fin había completado el cambio.
En realidad, eso era algo que ya debería haber pasado, de modo que tenía mucha curiosidad por saber si por fin el príncipe de Inglaterra ahora formaba parte de los «No Muertos».
Athelstan cayó rendido bien entrada la mañana.
Llevaba despierto casi dos días, por lo que la tensión acumulada había logrado que su cuerpo terminara dándose por vencido.
Youngblood también se sentía agotado por el esfuerzo.
Había velado a Alistair desde que lo mordió el maldito vampiro.
Las horas posteriores habían sido agónicas viendo cómo su cuerpo se iba apagando poco a poco.
Primero, el color rosado de sus mejillas había desaparecido para dar paso a una tez nívea, casi azulada.
Después, el calor natural que poseía cualquier hombre vivo lo abandonó para convertirlo en un trozo de carne fría y perturbadora.
Por último, dejó de respirar, aunque tampoco mostró ningún signo de haber completado la transformación.
Conforme avanzaba el día, Landon estaba perdiendo las esperanzas.
No le cabía duda de que su pupilo había muerto.
No iba a convertirse en un vampiro. Jamás podría despedirse de él o iba a tener la ocasión de pedirle perdón no haberle permitido bajar a las mazmorras para que salvara a la chica.
Por un momento, pensó en ella. Supuso que aún seguiría allí.
No es que le importara demasiado, pero, quizás, si Alistair había dejado este mundo, no fuese necesario seguir reteniéndola.
De estar en cinta, él mismo se haría cargo del bastardo, pese a que no se le debería considerar como tal.
Pero, para qué molestarse en hacer que el rey lo viese de otra manera.
De sobra sabía que él jamás aceptaría a ese niño como su sucesor, por tanto, no iba a perder el tiempo en luchar por una causa perdida.
Unos toques en la puerta trajeron del mundo de los sueños al señor de Inglaterra, quien abrió los ojos de golpe pensando que su hijo por fin había despertado.
―¿Alistair? ―preguntó algo desorientado.
Landon negó con el semblante abatido. Athelstan no fue capaz de volver a preguntar. Un par de toques más los distrajo de aquel momento tan doloroso.
―Será algún sirviente ―dijo el capitán―. Hace rato que pedí que trajeran agua fría y paños limpios.
Youngblood se dirigió a la puerta. Al abrirla, se extrañó al ver al guerrero de Helmet, que esperaba pacientemente a que lo dejase entrar. Miró a los soldados que estaban de guardia. Ambos permanecían como estatuas a ambos lados del marco.
―¿Qué hacéis aquí? ―interrogó de malos modos.
―Dejadme pasar, ¿o preferís uniros a ellos? ―soltó, mirando a los hombres hieráticos.
―No tengo más opción, ¿verdad?
―Vos lo habéis dicho.
Qil pasó a su lado sin mostrar ningún tipo de emoción. Landon cerró la puerta y avanzó hasta volver a sentarse junto a Alistair.
―Rey Athelstan ―dijo, inclinando un poco la cabeza.
―¿Qué quieres? ―preguntó con la mirada perdida. Se había sentado en la cama de su hijo y le sujetaba la fría mano.
―Necesito verlo ―añadió sin dar más detalles.
―Ya no hay nada que ver, vampiro. Tu amo tenía razón, jamás debí dejar que lo mordiera. Ha… muerto ―pronunció al fin las palabras que más temía.
―Entiendo vuestra preocupación, pero dudo mucho de que sea así.
Los dos ingleses se giraron hacia él con una expresión de esperanza y sorpresa. Era imposible que tuviese razón, aunque no tenían nada que perder si le dejaban echar un vistazo.
―Si me mientes, no saldrás de esta alcoba ―lo amenazó el rey.
Qiloçker agachó un instante la cabeza. Luego se reiría con Bêw por aquella amenaza pueril, pero ese no era el mejor momento.
Se apartaron de la cama para que el vampiro hiciera lo que fuera que iba a hacer.
El de la casa Drăgoi se inclinó sobre el príncipe.
Le abrió los párpados, tocó su corazón y trató de encontrarle el pulso.
Agradeció que aquellos hombres no pudieran ver su rostro, puesto que no era capaz de creer que la ponzoña de Abbadon no lo hubiera convertido.
Antes de retirarse, decidió hacer una última prueba. Si con aquello no despertaba, jamás lo haría. Se acercó a su oído y susurró unas palabras que había escuchado desde tiempos inmemoriales a la casta de los Ursu.
―Levanta, hijo de Abbadon. Ocupa tu lugar en el Ejército de la Sangre para servir a Mørket.
Qiloçker se dio la vuelta para darles la mala noticia cuando Alistair abrió los ojos y se sentó en un solo movimiento en su lecho.
Padre y tutor echaron un paso atrás por la impresión mientras que el vampiro que los acompañaba sonrió abiertamente.
Había conseguido traer al mundo de la oscuridad al heredero, ahora solo queda por saber en qué clase de «No Muerto» iba a convertirse aquel muchacho.
―Padre, ¿qué has hecho?
―Salvarte… para gloria de Inglaterra.