9. SIGO SIENDO YO #2
La Elegida se dio la vuelta y caminó un par de pasos.
Se detuvo a pensar qué debía hacer. Por un lado, tal vez los tres tuvieran razón y no le quedara más remedio que aceptar las tinieblas que estaban inundando su corazón.
Por el otro, una fuerza imparable parecía estar luchando por lograr que aún cumpliera su destino.
Un pensamiento revelador de que no lo lograría sola la sobrecogió. Necesitaba saber cómo afrontar aquel cambio que la arrastraba al más oscuro abismo mientras la luz resistía con uñas y dientes para impedir que el mal gobernara su alma. Tal vez Oskar tuviese razón y su rey le mostrara el camino.
De repente, una oleada de decepción y tristeza la golpeó de lleno. Se volvió hacia Nîga, quien parecía perdida en sus pensamientos. Unos que comenzó a oír de forma nítida y que mostraban desesperanza.
―No iré a ninguna parte sin ti, Hawin.
La vampira sintió un nudo en la garganta al volver a oír su verdadero nombre.
―No puedo acompañarte al campamento de los errantes. Eirik me encerraría de por vida y me torturaría hasta que le rogara por mi propia muerte. Lo siento, Alana. He pasado demasiadas veces por esa experiencia como para arriesgarme.
―Mi padre jamás haría tal cosa.
―El deber de vuestro padre es cuidar de los suyos, y yo llevo formando parte del bando enemigo desde el inicio de los tiempos. No querrá arriesgarse y nunca confiará en mi palabra. Si no queréis verlo, es que negáis la realidad.
―Nîga, juré que te protegería ―insistió Thyra.
―Y te creo. De verdad, te creo. Pero dudo mucho de que él te permita cumplir tu promesa en sus tierras.
―Nuestras tierras están muy lejos de aquí.
―No quieras engañarme, son todo cuanto vemos. No importa donde vayamos, princesa. Los errantes heredaréis la tierra cuando todo haya desaparecido.
―No somos eternos como vosotros.
―Nada ni nadie lo es. Al final, de una manera o de otra, todos moriremos. Entiende que prefiera hacerlo a mi modo y no entre lamentos.
Los tres se miraron entre sí y acabaron en la vampira, que estaba decidida a no acompañarlos. Prefería cortarse el cuello ella misma antes que volver a ser torturada.
―Entiendo tu temor, Hawin ―dijo Alana―. Es más. Si estuviera en tu lugar, estoy convencida de que pensaría como tú.
―Entonces, no hay más que hablar.
―Sí que lo hay, porque soy la Elegida. Su padre no te hará daño alguno porque tú salvaste mi vida.
―Yo no hice tal cosa. Os condené a la muerte eterna.
Los errantes las observaron en silencio mientras llegaban a la conclusión de que ambas tenían razón.
Pese a todo, ninguno de los presentes podía imaginar la reacción que tendría Eirik al verla aparecer.
Y por mucho que Thyra hubiese dado su palabra, era la de su padre la que prevalecería dentro de los muros invisibles del campamento.
―Te equivocas ―insistió la joven inglesa―. Me has dado la vida eterna para poder luchar contra el Mal. Todo tiene su propósito.
La princesa se frotó las manos con nerviosismo, rechazando de pleno lo que acababa de oír.
―No creo que sea por eso, Alana ―intervino con el gesto serio.
―Thyra, la sangre de Cristo es la mayor bendición de todas, pero jamás se interpondría en el curso de la vida.
Aun siendo la Elegida, hubiese muerto cuando me hubiera llegado el momento.
―Se volvió hacia Nîga y le ofreció la mano.
Sin saber por qué, ella la aceptó―. La existencia de todos es un milagro, y es justo lo que ha sucedido para que yo resista hasta que erradique de la tierra el horror que la domina.
―¿Te refieres a la guerra de la que hablan los antiguos escritos? ―susurró la errante. La situación la estaba superando de tal modo que no sabía ya ni qué decir.
―Sí, la que he de liderar dentro de muchos años. En otra época, con otros que han de nacer y que serán claves para lograr la victoria que durante tanto tiempo los vuestros han deseado.
―¿Otra época? No lo entiendo ―reconoció Thyra―. ¿Por qué…? ―Se detuvo antes de decir lo que pensaba.
Alana la miró y sonrió. Esa pregunta dejaba al descubierto sus dudas con respecto a que ella fuese la opción correcta.
―¿Por qué soy la Elegida si aún no ha comenzado la batalla que todos lleváis siglos esperando?
La errante asintió con el temor de que el futuro de todos acabara siendo un caos imposible de cambiar.
―Han de acontecer muchos sucesos antes de que alcancemos ese día.
Creas o no, aún me queda mucho que aprender.
Pese a que se me han regalado conocimientos que jamás soñé poseer, no son suficientes para afrontar lo que está por venir.
Además, siendo humana, me hubiera sido imposible cumplir mi destino.
―¡Ni se te ocurra insinuar que Dios la ha enviado para convertirte en un ser despreciable porque ese ha sido siempre su plan!
―¿¡Te atreves a criticar sus decisiones!? ―Alana se señaló a sí misma con resignación―. Dime, Thyra, ¿qué empujó a mi antepasada a acercarse a la cruz para recoger su sangre?
Nîga la miró sin acabar de comprender qué había querido decir, aunque prefirió no preguntar en ese momento.
―Yo no puedo aceptar que esto sea lo que debía ocurrir.
―¿Porque no lo viste en tus visiones? ―preguntó imperturbable―. ¿Porque no se te mostró mi futuro tal y como iba a ser?
―No debí inmiscuirme en tu vida ―se lamentó la princesa.
―Pero era justo lo que debías hacer ―añadió la inglesa, formando una pequeña sonrisa―.
No estaba en tu mano cambiar mi destino, sino propiciarlo.
Debía conocer a Alistair, cometer el error de enamorarme de un espejismo para acabar siendo encerrada junto a vosotros.
Si no hubiese ocurrido de esa manera, no hubiera podido salvarte, Thyra.
―De no haber estado en el bosque aquella mañana, no te habría inducido a tomar aquellas decisiones ―replicó con pesar.
―Pero tenías que conocerme. Era tu propio destino. Piensa en todo lo que ha vivido ella ―miró a Nîga― hasta conocernos. Hasta pedir protección a su mayor enemigo para salvar mi vida.
―Me es muy difícil aceptarlo.
―Tal vez deba ser así. Puede que tengas que cuestionarte cada paso para darme cuenta de que estoy en el buen camino.
El silencio se volvió el protagonista de aquel instante. Había tantas preguntas por hacer que todos se sintieron sobrepasados.
―Pongámonos de nuevo en marcha ―propuso convencida―. No decidamos nada aún. Primero, he de ver a mi familia. Y no, por ahora no necesito beber sangre, aunque agradezco que me hayáis detenido a tiempo.
―Tu sed regresará ―dijo Nîga, que prefirió no volver a la conversación de pisar el campamento errante.
―Lo sé, pero ahí estaréis los tres para ayudarme.
Ellos se miraron antes de aceptar lo que veladamente acababa de pedirles Alana. De alguna manera, los cuatro habían quedado unidos por un vínculo que eran incapaces de entender, pero que perduraría en el tiempo mucho más de lo que podrían imaginar.
Continuaron camino a Felsted, cada uno perdido en sus propios deseos y esperanzas. Nada garantizaba que el futuro fuera como lo había descrito la Elegida, pero ninguno se atrevió a decirlo en voz alta.