9. SIGO SIENDO YO
A lana se movió a toda prisa entre los grandiosos árboles.
Sentía que el día avanzaba casi a la misma velocidad que corría.
La impaciencia comenzó a mellar su aplomo.
No podía esperar ni un instante más para ver de nuevo a sus padres y a Wade.
Los echaba de menos con tanta intensidad que sentía un enorme vacío en el alma por haber descuidado lo que era más importante para ella.
Y es que así había sucedido, aunque no fuese su intención.
Desde que Thyra había entrado a formar parte de su vida, su mundo se había convertido en un terrible caos.
Aquellos delirios de grandeza por convertirse en reina la habían llevado a cometer errores irreparables, pero lamentarse por algo que jamás iba a poder cambiar era una pérdida inútil de tiempo.
Su virtud no regresaría, así como tampoco lo haría la capacidad de engendrar un hijo con el que suponía que iba a ser amor de su vida.
Su nueva condición le había arrebatado lo que la naturaleza le había otorgado con tanto mimo.
Ya nunca conocería lo que sería enamorarse de verdad.
Alistair le había robado la inocencia con su incesante labia y aquellos preciosos ojos, y ella lo había permitido por creer en un cariño que jamás había existido.
Chasqueó la lengua, recriminándose por sentirse como una víctima.
Él no había conseguido nada que ella no estuviera dispuesta a darle desde que lo vio tumbado en aquel camastro de la posada.
Le había salvado la vida y también había propiciado que entre los dos existiera un vínculo irrompible gracias a su don.
Pero este había resultado efímero y engañoso, puesto que, en cuanto se convirtieron en esposos, se desvaneció como un copo de nieve bajo el sol de primavera.
Todo por cumplir su destino. Todo por una corona en su cabeza.
Detestaba haberse dejado llevar por una visión que había acabado siendo una cruel mentira, solo que ya era tarde para volver a empezar.
Apretó el paso, obligando de este modo a que sus tres compañeros forzaran el ritmo para ponerse a su altura. Nîga miró a Thyra, que asintió al instante al entender que en esas condiciones la Elegida no podía ver a nadie. Menos aún a los suyos.
―Alana, deteneos un momento.
Ella giró la cabeza y vio que estaban mucho más atrás de lo que esperaba. Dio la vuelta y regresó a su lado.
―Thyra, por favor, deja ya de dirigirte a mí como si fuera de la realeza. Se acabó el tratamiento de vos ―dijo clavando sus ojos en ella―. ¡Todos vosotros! ―repitió a los dos―. Soy Alana Shaw, ¿de acuerdo?
Su voz tronó en sus corazones, haciendo que los tres cambiaran el gesto a uno mucho más preocupado y temeroso.
―De… de acuerdo ―respondió la princesa.
―¿Se puede saber qué ocurre? ―preguntó, barriendo con una mirada asesina a los tres.
La vampira se giró hacia los errantes, que asintieron para que fuese ella quien le insistiera en parar.
Nîga la miró intranquila. Aunque gran parte de la noche anterior ya habían hablado de ello y la joven había mostrado suficiente aplomo como para dar a entender que era capaz de afrontar la situación, la de la casa Drăgoi estaba percibiendo cierto cambio en ella que temía que no pudiera controlar.
En realidad, un pensamiento repetitivo, que había surgido de la nada, le había hecho sentir que su deber como su creadora era hacerle ver qué le estaba sucediendo.
Y más vale que lo hiciera deprisa o los pondría a todos en peligro.
―Alana, puede que no quieras aceptarlo, pero estás cambiando.
―¿A qué te refieres? ―Clavó sus ojos en ella, haciéndola sentir muy pequeña.
Nîga no se amilanó. La conexión que existía entre ambas no era tan intensa como la fuerza que la arrastraba a tratar de hacerle entender que debía detenerse antes de cometer un error.
―No puedo explicar por qué mi sangre te ha convertido. Es a través del paladar y los colmillos que se traspasa la ponzoña que provoca el cambio. De un modo u otro, ahora eres también vampira y debes darte cuenta de que no controlas tus emociones…
―Esto ya lo aclaramos anoche ―la interrumpió, respondiendo con arrogancia.
―¿Es que no te oyes a ti misma? Alana, si no te alimentas con sangre humana, puede que termines atacando a los tuyos. Créeme, si muerdes a cualquiera de ellos, te arrepentirás para el resto de tu vida, que va a ser muy muy larga.
―No me siento como dices. Sí, reconozco que la dualidad está en mi interior, pero puedo controlarla.
―Lana ―intervino Thyra―, siento decirte que no eres dueña de tus actos. Estás corriendo a tal velocidad que no somos capaces de alcanzarte. Tememos que, si con el resto eres así de intensa, no sabemos qué puedes llegar a hacer.
―¿Todos pensáis igual? ―Miró a Oskar, que asintió muy serio.
―Jamás pensé que te diría esto, pero quizás debas hacerle caso a ella ―añadió la errante, volviéndose hacia Nîga.
―No pienso beber sangre, puesto que no la necesito por ser quien soy ―alegó pensando que esas palabras daban por zanjado el tema.
―No sabemos qué es lo que eres ―dijo el de la casa Isaksen, temiendo que la Elegida acabara por perderse en las tinieblas si no los escuchaba.
―Dejadlo de una vez ―añadió en un tono hosco―. Ayer me alimenté de las liebres. Si no tuve náuseas ni vomité, ¿por qué no puedo sustentarme con comida como hasta ahora?
La vampira dio un paso hacia ella. Por instinto, Alana se separó, creyendo que iba a atacarla.
―No voy a hacerte daño ―aseguró la Drăgoi.
―Yo no lo he percibido de esa manera.
―Alana, que anoche pudieras comer esas liebres es algo que jamás comprenderé, no obstante, debes darte cuenta de que ha pasado más de día y medio desde que comenzaste tu conversión.
No has alimentado a tu parte vampírica ―dijo muy despacio―.
Lo que sientes ahora es la llamada de la sangre.
No sé cómo soy capaz de notarlo en ti, pero lo hago.
―No estoy de acuerdo. Yo no siento esa hambre de la que hablas.
―Puedes rechazar lo evidente, pero, en el fondo, sabes que tu lado más oscuro te reclama un pago. Uno del que jamás podrás librarte, créeme.
―¡Te equivocas! ―gritó la Elegida, perdiendo un instante la serenidad.
Decenas de pájaros piaron al mismo tiempo y volaron despavoridos hacia todas direcciones. Alana miró al cielo y sintió cómo el temor de aquellos animales, que rogaban a pleno pulmón por escapar con vida, le atravesaba el pecho.
―Ojalá esté equivocada ―agregó Nîga en un tono aún más conciliador―, pero no estaremos seguros hasta que la pruebes.
Ella cerró los ojos e inspiró con dificultad, como si de pronto el aire se hubiese convertido en agua. Sentía que se ahogaba, aunque no estaba segura de por qué.
Echó el cuerpo hacia delante y apoyo las manos en las rodillas.
―Sigo siendo yo… ―susurró mientras el peso del mundo recaía de nuevo en sus hombros.
―Lo sé, pero una fracción de ti ha dejado paso a algo que tratará de controlarte siempre.
Por desgracia, nunca podrás librarte de ello ―repitió―.
Te consumirá de tal modo que acabarás por sucumbir a sus exigencias.
Puede que anoche no hubiesen pasado las horas suficientes, sin embargo, ahora ha llegado el momento de aceptar que ambas partes de ti necesitan ser saciadas.
―La sangre de Mørket forma parte mí… ―dijo con pesar.
―Así es.
―Puede que sí, pero ¡mírame! ¡Miradme! ―añadió en un tono salpicado con tintes de desesperación. Nada parecido a cómo se expresaba horas atrás―. Dame la mano, Nîga.
Ella dudó un instante antes de hacerlo, pero la expresión de la Elegida la tranquilizó lo suficiente como para atreverse.
―Tu piel aún está… ―dijo maravillada―. ¿Puedo? ―preguntó, acercando despacio la mano a su corazón. Alana asintió sin dudarlo―. No es posible…
―¿El qué? ¿Qué no es posible? ―quiso saber Thyra.
La vampira mantuvo la mano en su pecho, admirada por sentir los latidos fuertes y constantes. La miró con la boca entreabierta, paralizada por lo que aquello implicaba.
―Sigue… viva. ―Se giró hacia los errantes con una expresión de total incomprensión―. Su corazón late ―susurró, incrédula.
―Os lo acabo de decir. Sigo siendo yo.
―Pero, Alana… ―dijo Thyra, acercándose a ella―. Esto no tendría que estar pasando.
―¿Por qué no?
―Mi sangre debería haber detenido tu corazón, tu respiración… Tu vida, tal y como la has conocido ―aseguró la vampira.
―¿Entonces? ―preguntó la Portadora.
―No puedo explicarlo, pero caminas entre ambos mundos.
―Ya os lo dije anoche, la sangre de Cristo me protege ―añadió la inglesa, tratando de recuperar la serenidad―. Aunque la de Mørket quiera arrebatarme la vida para hacerme su esclava, no lo conseguirá.
―Os juro que pensé que al final acabaría sucediendo tu cambio. Si puedes comer, respirar y tu corazón late, no sé qué clase de vampira eres.
―No soy una vampira, Nîga ―respondió la Elegida, sintiéndose mucho más tranquila.
―Pero tampoco eres del todo humana ―respondió convencida.
Oskar y Thyra se miraron. Ahora, más que nunca, tenían claro que debían llevarla a su campamento.
―Estoy de acuerdo con ella ―expresó el de la casa Isaksen.
―¿A qué te refieres?
―Alana, podemos hablar indefinidamente de lo que imaginamos que eres, pero no lo sabremos con seguridad hasta que nuestro rey te vea en persona. Debes regresar con nosotros para conocer a Eirik.
Nîga sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Si los errantes querían volver con los suyos, lo más seguro sería que la dejaran en la estacada.
Un vacío copó su interior al darse cuenta de que tendría que separarse de la joven humana o vampira, ¡qué más daba!
De lo que sí estaba segura era que, después de todo lo que había vivido y sufrido, su supervivencia y libertad estaban muy por encima del dolor que padecería por su pérdida.
Bajó la mirada al suelo y se convenció de que, cuando llegara al pueblo, podría someter a alguien para que la llevara a Francia.