8. SIEMPRE Y CUANDO NO VUELVA A ENCONTRARLA EN MI CAMINO #3
Miró hacia la sencilla cruz que colgaba en la pared en su habitación y sintió en el cuerpo un malestar desconocido.
Cerró los ojos e imploró por tener la entereza suficiente como para no arrebatarle la vida a nadie.
Ese era su mayor temor: dejarse llevar por la llamada de la sangre a la que su nueva naturaleza le estaba obligando.
Se persignó, negándose a apartarse del todo de Dios y de su camino.
Por el momento, no podría regresar para realizar ni sus quehaceres más mundanos.
Es más, tarde o temprano, tendría que enviar una misiva al obispo para comunicarle que recientemente había adquirido una enfermedad y que, durante las próximas semanas, le sería imposible llevar a cabo sus obligaciones parroquiales.
No sabía qué iba a suponer esa noticia en la sede.
Tal vez enviaran a otro párroco para sustituirlo, y eso sí que iba a ser un problema.
Tener cerca un cuerpo repleto de sangre templada podía suponer una tentación demasiado grande para un neófito que aún no sabía ni cómo sobrellevar ese enorme cambio.
Miró hacia la mesita de noche y descubrió allí el pequeño crucifijo de madera que portaba cuando confesaba a los feligreses. Pese a que todo en él rechazaba la idea de acercarse a aquel pequeño icono, su tozudez le hizo estirar el brazo y acabó por sujetarlo.
Inicialmente, le pareció sentir que la sangre le hervía en las venas. Con todo, se llevó las manos al pecho y apretó con fuerza contra su corazón mientras decía una oración e ignoraba en su delirio el dolor que le estaba provocando en todo su ser.
―Si he de morir, que sea en tus brazos…
Poco a poco, palabra tras palabra, aquella sensación de desasosiego y malestar se fueron atenuando. No desaparecieron por completo, pero León fue capaz de controlar aquel temor de ser aniquilado.
Sin darse cuenta, como si todavía fuese el párroco al que todos conocían, se lo guardó en el bolsillo.
Aquella cruz, que tanto consuelo le había proporcionado en momentos de verdadera desesperación, ahora era un recuerdo constante de lo mucho que se había separado de quién era y de cuánto había sacrificado para proteger la sangre de Cristo y a su Portadora.
De repente, fue consciente de lo que suponía para él tener aquella vasija cerca.
Ahí residía el verdadero poder del hijo de Dios, por lo que, si bebía su contenido, tal vez lograra revertir su destino.
Se puso en pie sin el esfuerzo conocido y se dirigió a la capilla.
Sin pestañear siquiera, como si hubiese sido empujado por una fuerza irrefrenable, apartó el altar.
Acto seguido, se arrodilló para levantar la losa donde llevaba escondido el recipiente desde que le fue asignada la misión de cuidar de Leala.
Como si viese la escena desde fuera de su cuerpo, quitó la enorme piedra sin inmutarse.
Al ser consciente de lo que había hecho sin ayuda, sonrió por sentirse poderoso por primera vez en toda su vida.
Pensó que su fuerza como vampiro era inigualable y que bebiendo aquella sangre todos sus problemas se solucionarían.
Tras dejar la losa a un lado, observó con codicia la bolsa de lana donde llevaba escondida la pequeña vasija desde hacía años.
Alargó la mano para cogerla cuando sus propias palabras impactaron en su corazón ya falto de latidos.
«Mi fuerza como vampiro es inigualable. Beber sangre…
Soy… Ahora soy… un vampiro», se dijo con pesar.
El nudo que se le formó en la garganta le hizo pensar en que quizás fuera un maldito «No Muerto», pero aún podía sentir.
El remordimiento por haber estado a punto de cometer un sacrilegio fue tan grande que acabó apoyando las manos en el suelo. Sollozó como un niño al ser consciente de que le habían arrebatado lo que más quería: servir a Dios y ayudar a todas las almas que lo necesitaran.
Al secarse las lágrimas, se dio cuenta de que eran rosadas. Puede que aún pudiese llorar, pero jamás volvería a ser el mismo.
Miró hacia donde había dejado la piedra y volvió a colocarla en su lugar. Dejó el altar en su sitio justo en el momento que un par de hombres entraban en la iglesia. Eran dos de los hijos mayores del hijo del carpintero del pueblo.
León sonrió al ver el guiño que acababa de mandarle el cielo por no haber sucumbido a la tentación y se acercó a ellos intentando comportarse como siempre.
―Decidme, ¿qué puedo hacer por vosotros?
―Nuestro padre nos ha enviado para arreglarle la gotera que tiene en la sacristía ―dijo el más alto.
―Hijos míos, no sabéis en qué buena hora habéis venido.
Sin darles tiempo a responder, como si de nuevo el instinto de supervivencia se apoderara de él, se acercó a ellos y los sometió con una pequeña orden.
Los dos jóvenes lo siguieron hacia donde se suponía que iban a trabajar, pero antes los obligó a descubrirse el cuello.
Bebió de los dos hasta que se sintió satisfecho.
Después, lamió las heridas y los obligó a regresar a la iglesia.
Como si jamás hubiera se hubiesen movido de allí, León les devolvió su voluntad y los invitó a seguirle.
Sabía que lo que había hecho no estaba bien, pero, como una vieja conocida le había dicho más una vez, los caminos de Dios eran misteriosos, y aún le quedaba descubrir por qué, justamente a él, le había enviado ese viacrucis.