8. SIEMPRE Y CUANDO NO VUELVA A ENCONTRARLA EN MI CAMINO #2
Wêr volvió a detenerse. Miró de nuevo a su compañera con la maldad instalada en sus ojos.
―Tú y yo no somos amigas. En todos estos siglos, nunca lo hemos sido. Ahora no pretendas que cambiemos porque no me interesa.
―¿Sabes? Eres una engreída que piensa que todo el mundo desea ponerse a tus pies. A mí me da igual tu vida y con quien te acuestes.
―Entonces, todo queda aclarado entre nosotras.
―Desde luego.
Ambas avanzaron por el último pasillo. Siguiendo la costumbre por el rango adquirido, Bêwestan llamó a la puerta mientras que Wêranker esperó impasible a que ella la abriera.
Nada más entrar, las dos se sorprendieron de encontrar a Helmet con Xwînxwar y Qiloçker.
―Señor ―Ambas lo saludaron.
―¿Algún cambio en Alistair? ―preguntó el líder.
―No hemos oído nada de camino hacia aquí ―respondió Wêr por las dos.
―Bien, sentaos. Hay algo crucial que debéis saber, pero no puede salir de esta alcoba.
Helmet les puso al día para que tuviesen la misma información que su mano derecha y su segundo.
Ellas se mantuvieron en silencio tratando de dar credibilidad a las suposiciones de si su señor era el más poderoso de los dos «hermanos».
Aunque, si era cierto lo que decía, quizás tuvieran una oportunidad para someter de una vez por todas al ejército de Abbadon.
Repitieron la conversación; solo que, esta vez, intervinieron todos dando su opinión sobre el tema. Qil volvió la vista atrás y comentó el resultado de las últimas escaramuzas con las patrullas del otro hijo de Mørket.
Parecía que el tiempo estaba jugando a su favor, puesto que después de analizar a fondo los enfrentamientos, los resultados no podían ser más favorables para los Drăgoi.
―Puede que tengamos una oportunidad para vencerlo ―prosiguió Helmet―, pero aún existen muchos factores que retrasarán esa batalla.
Por un lado, no hemos encontrado la vasija con la sangre de Cristo.
Hemos recorrido medio mundo sin éxito, y estoy seguro de que Abbadon tampoco ha dado con ella, si no, ya hubiera probado su contenido.
―¿Crees que sería tan insensato como para cometer tal temeridad? ―preguntó Xwîn.
―Estoy convencido. Llevamos casi mil años buscándola, y empiezo a dudar de que tan siquiera haya existido.
―¿De verdad lo crees? ―intervino Qiloçker.
―Hemos recorrido desde Judea a Roma, peinado las Galias y ahora estamos en Bretaña siguiendo una pista que puede que sea falsa.
De nada ha servido la de cientos de religiosos que hemos aniquilado.
Ninguno sabía de qué hablábamos y nos miraban como si hubiésemos perdido la razón.
¿Y si Longino mintió a Xerab simplemente para intentar salvar su propia vida?
¿Quién dice que viera a esa niña recoger la sangre del suelo y después darle la vasija a su padre?
Además, después de esa revelación, que no comprendo por qué la guardó en secreto tanto tiempo, dicen que desapareció.
Aquí se me ocurren solo dos respuestas: o ese demonio malinterpretó sus palabras o se inventó la historia para conseguir el beneplácito de Mørket.
―Yo creo que Xerab acabó con él para que nadie pudiera corroborar si lo que había dicho era verdad ―dijo Wêr.
―Razón no te falta ―agregó su señor poniéndose en pie para dirigirse a la ventana―. De un modo u otro, estoy cansado de perseguir una quimera.
Los cuatro se miraron, en cierto modo, conmocionados; puesto que era la primera vez que le oían hablar de aquella forma.
Ellos eran sus más fieles guerreros, pero Mørket era el amo de todos.
El Príncipe de la Oscuridad, El Caído, quien gobernaba a vampiros, demonios y razas como los Tvillinger y los Skyggene, que fueron creadas a partir de la hibridación de demonios con humanas.
Xwîn negó hacia sus compañeros, haciendo un gesto con la mano para darles a entender que era mejor permanecer en silencio.
Helmet nunca había puesto en entredicho una orden de Ketî , por lo que los tres asintieron hacia su superior y se volvieron hacia su líder deseosos de saber qué diría a continuación.
Él pareció intuir lo que había pasado a su espalda, así que decidió que había llegado el momento de decir en voz alta lo que llevaba un largo tiempo sintiendo.
―Sé que esto significa mi propia condena si alguno de vosotros revela lo que estoy a punto de decir.
―Puedes estar seguro de que ninguno jamás te traicionaría ―dijo el general, dedicándole una severa advertencia a Wêranker con la mirada.
Ella asintió una vez, dando así por zanjado, de momento, el tema de su lealtad.
―Eso me hace estar orgulloso de todos. De sobra sabéis que os he exigido más de lo nadie hubiera sido capaz de soportar, y durante siglos.
―Dudo de que tuvieses otra opción ―intervino Bêwestan.
―No la tenía, os lo aseguro. Conocer mi lugar ha sido en parte lo que me ha movido a actuar de esa manera, pero las circunstancias han cambiado.
Si puedo vencer a Abbadon… Si vosotros, hijos míos, podéis vencer a sus tropas, no estoy dispuesto a pasar ni un día más alejado de mi esposa.
He sido muy paciente y he sacrificado más de mí de lo que se le puede pedir a nadie.
En mi caso, creo que un cuarto de siglo es más de lo que estoy dispuesto a soportar ―se volvió para mirarlos―, de modo que esperaremos a que la transición del príncipe se complete y regresaremos a mis tierras para desarrollar un plan que nos lleve a la victoria.
Qiloçker cambió el gesto. Si volvían al este, ¿cómo podría dar con Rău y vengarse de su familia? Helmet leyó la decepción en su mirada y mostró su más fiera sonrisa.
―Qil, no desesperes. Él vendrá mañana. Tienes mi permiso para destrozarlo a placer, solo deshazte de su cuerpo sin dejar rastro.
Su segundo elevó el mentón mientras formaba con sus labios una mueca indescifrable.
―Gracias, señor.
―Bien. Ahora, Bêw, trae a Nîga. Quiero que me mire a los ojos y que me diga qué la ha inducido a pensar que puede traicionarme.
―Enseguida, aunque dudo mucho de que se muestre demasiado colaborativa. Lleva dos días encerrada en el segundo nivel de celdas en unas condiciones que no desearía ni a mi peor enemigo. Aunque reconozco que al final fui muy generosa. Como compañía, le dejé a la «princesa».
―¿En serio? ―preguntó una preocupada Wêr, mirando después a Xwîn, que se mantuvo impasible.
―No tuve más remedio, el resto de las celdas estaban inundadas y no se podían cerrar.
―Seguro que ya habrá acabado con ella ―dijo Xwînxwar.
―Tal vez no haya sido tan mala idea ponerlas juntas, así le hemos ahorrado un problema al rey. Puede que ahora esté más receptivo para hablar conmigo si le llevo esa buena nueva ―agregó Helmet―. ¿Crees que podrás sola con ella, Bêw?
―Claro que sí ―respondió ofendida.
―Bueno, pensándolo mejor, que te acompañe…
―Yo iré con ella, señor ―lo interrumpió Xwîn. Quería comprobar si los errantes seguían encerrados o habían conseguido escapar.
―Id ahora mismo. Mientras tanto, Qil, vuelve a la alcoba de Alistair. Dile al rey que debo hablar con él.
Los tres salieron para cumplir sus órdenes.
Por el momento, no había tiempo de comentar nada de la conversación que estaba a punto de cambiar su futuro; no obstante, se miraron para confirmar que aún formaban un bloque sólido como hijos de la casa Drăgoi.
Más tarde tendrían tiempo de hablar sobre lo que allí había ocurrido, pero ahora debían marchar.
Helmet esperaba respuestas, y ninguno de ellos iba a tardar en dárselas.
León llevaba gran parte de la mañana rezando. Se negaba a aceptar que la sangre que ahora corría por sus venas tuviera más fuerza en su voluntad que la fe que profesaba desde que era capaz de recordar.