8. SIEMPRE Y CUANDO NO VUELVA A ENCONTRARLA EN MI CAMINO
V idar e Yngvar corrían codo con codo mientras el grupo se apresuraba a seguirlos de cerca.
La mañana avanzaba, y la distancia hacia el castillo se reducía a cada zancada.
Si continuaban a ese ritmo, quizás alcanzasen los alrededores del campamento de los vampiros antes del atardecer.
La cuestión era qué se iban a encontrar cuando llegaran a una zona repleta de enemigos.
El joven Knutsen no dejaba de pensar en la conversación con Borgervern.
Por desgracia, no había tenido tiempo de preguntarle por qué le había mentido a Vidar.
En cuanto tuviera una oportunidad, lo haría.
Quizás su consejo sobre que necesitaba hablar con alguien acerca de lo que sentía no fuera tan descabellado.
Lo cierto era que, en las últimas jornadas, él había sido el compañero en el que más se había apoyado; aunque echaba de menos a Oskar.
La preocupación constante porque estuviera en un grave peligro había quedado en segundo plano al tener que afrontar la tarea de rescatar a la Elegida. Pero ese tema ya estaba zanjado, y por fin podían centrarse en rescatar a la princesa y a su mejor amigo.
De repente, el olor del bosque lo distrajo un instante.
Aquellos árboles eran los mismos que crecían cerca de la casa de Alana, así que su mente le jugó una mala pasada y volvió al momento en que la vio por primera vez.
Maldijo por lo bajo por tener una vista excelente, ya que había sido capaz de distinguir el color azul profundo de su mirada y su precioso cabello dorado que caía de forma descuidada sobre sus hombros.
Aquel pensamiento lo trasladó de inmediato a la posada.
Rememorar el verla desnuda y pegada al cuerpo del execrable príncipe aguijoneó su corazón con saña.
Una vez más, pensó que el heredero no la merecía; pero ahora poco importaba. Ella ya era suya, y él nunca tendría la más mínima oportunidad de compartir un solo instante con la mujer que creía que debía ser su pareja para siempre.
Aquella idea casi lo hizo trastabillar. Por suerte, Vidar silbó para que el grupo se detuviera. Los guerreros se acercaron a su jefe para escuchar las nuevas órdenes.
―Este bosque desemboca en el castillo de Athelstan.
Nuestros últimos informes mostraban que el ejército de Helmet había llegado por completo.
El problema que se nos presenta es que el de Abbadon está a solo medio día de camino de aquí.
Lo que quiere decir que, a la velocidad de los vampiros, apenas serán unas pocas horas. Una, tal vez dos con suerte.
―¿Qué quieres hacer? ―preguntó Gransker, el otro rastreador.
―Hemos de hallar la manera de colarnos en el castillo ―respondió con seguridad.
―Somos demasiados ―intervino Borgervern.
―Lo sé. Tal vez podamos atacarlos en pequeñas partidas. Y necesitaríamos utilizar sus ropas para pasar inadvertidos…
―Yo lo haré ―lo interrumpió Yngvar.
El grupo lo miró. Después, sonrieron entre sí, como si el que hubiese hablado fuese tan solo un niño que no tiene conciencia de sus propias palabras.
―Muy loable por tu parte, pero no tienes…
―Dame tu daga, Vidar ―dijo en voz baja el de la casa Knutsen.
Para asombro de los guerreros, la mano derecha del rey se la entregó sin cuestionar su orden.
Yng miró a sus compañeros de viaje con un gesto de humildad, como si no se enorgullecera de su don.
Aun así, mantuvo la barbilla alta. No temía las represalias por haber puesto en evidencia al general, aunque tampoco iba a permitir que el resto se burlara de su juventud y escasa experiencia.
Los suyos poseían aquella bendición de la que todos huían, pero justamente esa ventaja era la que iba a conseguirles la información que buscaban. Lo primordial era averiguar si Thyra y Oskar habían sido apresados, por lo que su deber era utilizar cualquier ventaja a su alcance para rescatarlos.
Sin perder un instante, le devolvió la daga y le susurró que despertara de aquel letargo sin olvidar lo que había sucedido.
―¡Por las brasas de Mørket! ¿Qué es lo que has hecho, muchacho? ―lo interrogó Vidar, cogiéndolo del pecherín de su capa con el puño.
―Te he robado tu voluntad ―respondió con valentía.
―Se os prohibió hace siglos que utilizarais ese poder contra cualquiera de los nuestros.
―De haberlo propuesto, estoy seguro de que lo habrías rechazado de pleno.
Vidar entrecerró los ojos. Estaba furioso, pero acabó por soltarlo porque, en realidad, no le faltaba razón.
―Tú no puedes entrar solo en la fortaleza.
―Yo iré con él ―dijo Borg, adelantándose un paso.
El general sopesó la propuesta. Desde luego, no era lo más sensato; aunque tampoco tenían muchas más opciones. El grupo lo formaban tan solo una treintena, así que poco iban a poder hacer ellos contra los destacamentos de Helmet.
Miró a los dos y asintió. Tal vez tuvieran una oportunidad si mantenían un perfil bajo y se hacían pasar por simples campesinos.
―Está bien. Utiliza tu don para neutralizar a cualquiera que os detenga. No os enfrentéis a nadie o no saldréis vivos de allí. ¿Queda claro?
―Sí, señor ―respondieron los dos.
―Bien, acerquémonos cuanto podamos. Pasa del mediodía y aún nos queda un buen trecho.
Yngvar y Borgervern se miraron un instante.
Entre ellos se había creado una especie de pacto de silencio y una camaradería que ninguno esperaba.
Aquella conversación al amanecer los había acercado más de lo que pensaban, puesto que el amor imposible que sentía el joven, sin duda, había puesto en entredicho el cumplimiento de las visiones de su rey.
Ni uno ni otro tenía en mente desobedecer a Eirik ni jamás se les ocurriría, puesto que confiaban plenamente en él; pero, tal y como había dicho el rastreador, al que ahora se sentía más unido, ambos eran errantes y tenían la obligación de pensar por sí mismos.
La pregunta a la que Yng no dejaba de dar vueltas era de si llegado el momento, sería capaz de tomar una decisión sensata.
Mientras corría a la velocidad del viento, la respuesta que temía apareció por sí sola. «Siempre y cuando no vuelva a encontrarla en mi camino», se dijo, incapaz de retener esa idea.
Sin darse cuenta, sonrió. Había tomado esa decisión a la que se había referido Borg, solo que para nada se acercaba al concepto de sensata.
Wêranker volvía de una inspección rutinaria de la sección de tropas que dirigía cuando se encontró con Bêwestan saliendo de su habitación, quien aún tenía el cabello mojado y se había hecho un recogido tirante para que no le molestara en el rostro.
―¿Y esas pintas?
―Llevo entrenando desde el amanecer. No podía presentarme ante Helmet sin asearme primero.
―Entiendo. ¿Ha despertado ya Alistair? ―dijo mientras ambas se encaminaban a la habitación de su señor.
―No, que yo sepa. Antes de regresar a mi alcoba, he visto que los soldados seguían custodiando su puerta. He sometido a un sirviente que acababa de salir de allí y me ha dicho que el príncipe continuaba dormido.
―Esto me resulta muy extraño, ¿no te parece?
―Para serte sincera, mucho. ¿Qué crees que significa? Yo jamás he visto que una conversión tardase tanto…
De pronto, Bêw cayó en la cuenta de que el heredero había sido herido de camino a Righborough.
Sin embargo, cuando se presentó en la posada para comprobar su estado, no tenía rastro alguno de las lesiones.
¿Podría ser que Youngblood hubiese hecho un pacto con alguno de los suyos para que le proporcionara sangre y así curarlo?
Tal vez ese fuese el motivo, pero aquello no explicaba por qué se estaba alargando de manera tan agónica su transición.
―Yo tampoco ―dijo Wêr, sacándola de sus pensamientos―. Con esto queda demostrado que la sangre real no te hace más fuerte.
Ambas sonrieron a su modo.
―Eso mismo estaba pensando yo.
―Me pregunto cómo de enfadada estará Nîga.
Nada más decirlo, la más veterana de las dos hizo una mueca de satisfacción al saber que seguro estaría sufriendo al ser vejada de ese modo.
De pronto, fue consciente de que había olvidado por completo a los errantes que tenía encerrados.
Por un momento, temió porque hubiesen sido descubiertos.
Pero si Bêw los hubiera encontrado en las mazmorras, Helmet ya lo sabría.
Se dijo que tenía que volver para asegurarse.
Probablemente, a Nîga la había llevado a una celda del primer nivel; así que dejó de preocuparse porque dudaba mucho de que su compañera perdiese el tiempo en bajar a una zona que se suponía olvidada.
Tras abandonar ese pensamiento, decidió que aquella noche le haría una visita al joven Isaksen.
Imaginarlo de rodillas, suplicando porque cesara de torturarlo, logró que su cuerpo se estremeciera.
Unió un instante los labios antes de mordérselos al reproducir la escena en su cabeza.
La última vez le resultó satisfactoria, pero no recordaba haberlo visto sangrar.
Le pondría remedio en cuanto pudiera. Eso sí, antes avisaría a Xwînxwar.
Quizás, en esta ocasión, le apeteciera unirse a la fiesta.
Lo único que empañaba aquel momento perfecto era que no podían alimentarse del prisionero, pero ya encontrarían a un fornido humano complaciente que supliera la inagotable sed de ambos.
―¿Wêr…? ―preguntó Bêwestan con cara de extrañeza.
―¿Eh?
―Te había preguntado qué tal te va con Xwînxwar, pero veo que no te interesa contestarme.
Se detuvo en seco y la reprendió con la mirada.
―Es que eso no es asunto tuyo.
―Venga, no seas así. La otra noche os vi entrar en tu alcoba ―añadió Bêw con una sonrisa pícara.
―Pues sí, pero entre él y yo solo hay sexo. Nada más. No hay un final feliz para ninguno de nosotros ―respondió con un rictus de incomodidad al compartir algo íntimo.
―¿A quién quieres engañar? ¿Es que crees que estoy ciega?
―¿Y qué me dices de Qiloçker y tú?
―Lo mismo. Sexo del bueno y poco más ―mintió.
Por el momento, Bêwestan no se sentía cómoda compartiendo con ella sus sentimientos, aunque era justo lo contrario de lo que le estaba pidiendo a Wêranker.
―Ya. Mejor dejamos el tema.
―Sí, mejor será.