Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 7. TÚ NO ME DEJARÍAS SOLA #3
24%

7. TÚ NO ME DEJARÍAS SOLA #3

Se detuvo a un palmo de Erke, quien no se había movido lo más mínimo. Hacía mucho que había dejado de temer al perro fiel de su amo, y no sentía más satisfacción que cuando hacía perder la paciencia a aquel despreciable cuya su existencia era por y para el vampiro más vil que había conocido nunca.

Aquel gesto agradó a su señor, que entrecerró los ojos al ver que su segundo no sentía ningún temor por su más devoto y salvaje siervo.

―Supongamos que tienes razón ―agregó, mirándolo con una expresión severa―. ¿Eso es todo lo que los tuyos han averiguado?

―Su cuadrilla desapareció sin dejar rastro. Han visto errantes en la zona, así que estoy convencido de que lo han atrapado ellos.

―¿A todos? ―malmetió para volver a sacarlo de sus casillas.

―¿Crees que yo no me lo he preguntado, hijo de perra?

―gritó fuera de sí―. El campamento de Eirik es imposible de encontrar ―agregó mirando con seguridad a su líder―.

No es una excusa, ¡es una realidad! Por mucho que quieras dejarme como un incompetente, ¡nadie ha podido dar con ellos desde el principio de los tiempos!

Así que mantén tu lengua a buen recaudo y recuerda que no puedes estar despierto para siempre.

―¿Me estás amenazando, pedazo de mierda? ―respondió el segundo al mando, cansado de escucharlo.

Ambos volvieron a acercarse con la intención de llegar a las manos. Su señor no los detuvo esta vez, le pareció que aquel momento era tan bueno como cualquier otro para que se despedazaran el uno al otro. De alguna manera tenía que entretenerse hasta el siguiente amanecer.

Erke miró un instante a Abbadon, quien elevó las cejas levemente para darle el consentimiento que llevaba tiempo esperando.

Sin más, ambos rivales se enzarzaron en una pelea descomunal.

Rău trató de agarrarlo de la garganta, pero el contrario se zafó de su mano agachándose mucho más rápido de lo que esperaba.

Entonces, aprovechó el desconcierto del general para hundirle con verdadera saña el puño a la altura del estómago.

Su contrincante se vio empujado con fuerza hacia atrás, pero se recuperó en un parpadeo.

De pronto, la rabia lo consumió por dentro, haciendo que sus movimientos fuesen ligeramente más erráticos.

Con poco tino, le lanzó un puñetazo a la cara.

Erke se giró sobre sí mismo y acabó dándole una patada en la espalda, lo que provocó que se cayera de bruces al suelo.

Aquel descuido propició que se acercara a la espalda del vampiro a una velocidad demencial, a quien sujetó del cuello con tanta fuerza que a Abbadon le resultó curioso que aún no le hubiese arrancado la cabeza.

El general sabía que no podría acabar con él sin la venia de su amo, así que unió los labios con ira para preguntar a continuación justo lo contrario de lo que deseaba.

―¿Me detengo, señor?

El líder de la casa Ursu ladeó la cabeza e hizo un gesto de desaprobación con la boca. No esperaba que su primero perdiera aquel insignificante combate, pero no podía permitirse el lujo de prescindir de uno de sus mejores asesinos por un simple descuido.

―Anda, suéltalo.

Él aguantó un instante más, pero terminó obedeciendo.

Pese a no ser necesario, Rău tosió con fuerza.

Logró aguantar el tipo y no acabó como hubiera deseado, de rodillas para poder recuperarse.

Sentía un dolor terrible. El maldito cretino le había hundido ligeramente la tráquea en el fondo de la garganta, logrando que necesitara un momento más de lo normal para recomponerse.

―Juro que te mataré ―escupió con la voz ronca por el esfuerzo.

―Ya, pero primero entrena un poco ―se burló Erke―. Me ha dado vergüenza tu incapacidad para aguantar siquiera un leve ataque.

―¡Señor! Permiso para…

―¡Cállate, Rău! ―vociferó Abbadon.

Ambos generales bajaron la mirada. Erke sostenía una sonrisa que se negó a disimular. Algo que hizo que la sangre de su oponente hirviera con más intensidad.

―Ahora lo único que importa es rescatar a Taiat ―añadió el hijo de Mørket, iracundo.

―Gracias, señor… ―comenzó su mano derecha.

―Imbécil, se lo decía a él ―lo interrumpió su amo―. Erke, irás a buscarlo en cuanto el príncipe se haya transformado. Rău, tú, en cambio, permanecerás a mi lado hasta que haga de ti un verdadero guerrero del Ejército de la Sangre.

Ambos generales se miraron. Aquella declaración era la peor sentencia que se podía esperar de Abbadon.

Por primera vez, el primero al mando iba a ser aleccionado por su incompetencia.

Lo único que lamentaba Erke era que se iba a perder cómo iban a torturarlo, aunque dejar el campamento y tener cierto grado de libertad fuese la mayor recompensa.

Ahora debía encontrar la manera de dar con los errantes. No porque quisiera rescatar a Taiat, sino porque el acuerdo que iba a proponerles estaba pensado para desestabilizar los mismos cimientos del infierno.

Y no podía esperar a que Eirik acabara con su amo, al que detestaba con cada uno de los miles de latidos que les habían sido arrebatados tanto a su querido hermano y como a él mismo.