7. TÚ NO ME DEJARÍAS SOLA #2
Ninguno de los lacayos de Helmet se podía comparar ni con el más débil de sus «hijos», por lo que un cierto aroma a victoria se coló en sus fosas nasales al pensar en cómo se desarrollaría la futura batalla de la que hablaban las antiguas leyendas.
Se sentía muy confiado por todo lo que había logrado hasta el momento, así que aquellas historias sobre que llegaría un Elegido para exterminar el mal de la tierra no le preocupaban lo más mínimo.
Solo eran cuentos para errantes débiles, a los que despreciaba con todo su ser.
Continuó con paso firme e inspiró profundamente para disfrutar del aire helado de la mañana.
Llenar sus pulmones le resultaba muy placentero y le traía recuerdos de una vida que sin duda no era suya.
Pese a no entender por qué le ocurría, nunca había dicho una palabra sobre ello a su padre o a Helmet.
Esa circunstancia podía sugerir que él albergaba algún tipo de debilidad, y jamás mostraría ninguna ante nadie.
Él era el primer vampiro creado por Mørket.
Su primogénito. El más despiadado y poderoso de cuantos habían existido, por lo que su poder debía ser indiscutible.
Rău y Erke se acercaron sin mirarse entre ellos. Ambos mostraban un gesto austero. Lo saludaron con respeto antes de colocarse a un lado y a otro.
―Generales… ―respondió Abbadon a sus inclinaciones de cabeza.
Los tres se dirigieron camino de la tienda principal, que hacía las veces de la sala del trono.
El líder Ursu había nombrado de tal manera a aquella carpa cochambrosa, que nada tenía que ver con la grandeza que poseían los castillos de los grandes reyes.
Pero la vanidad de Abbadon le hacía considerarse más importante que cualquier rey humano y, ni que decir tiene, de su «hermano» menor: el indeseable y ruin Helmet.
Antes de entrar, Rău decidió adelantarse a su rival desde hacía varios siglos.
No comprendía por qué su amo lo había hecho general en el pasado cuando su incompetencia había dejado claro que, según su criterio, era incapaz de dirigir a la otra mitad del ejército.
Ese debía ser su cometido tras la desaparición de Bălan, la anterior mano derecha de Abbadon; pero las tropas no dejaban de aumentar con el paso de los años y, por un pequeño error, su líder había decidido separarlas en dos.
Aquello había sido un antes y un después para él, por lo que todo su empeño ahora se ceñía en seguir sus órdenes al pie de la letra y quitarse de en medio a Erke.
Lo detestaba hasta tal punto que estaba deseando coincidir en el campo de batalla para acabar con su existencia sin levantar sospechas.
Algo fácil de conseguir cuando el caos se desataba.
―Señor ―comenzó―, siento comunicarle que aún no se sabe nada ni del paradero de Taiat ni del de Sfert.
―Tu irritante incompetencia es inaceptable ―respondió el dirigente sin inmutarse―. Erke, dime que tus guerreros han podido averiguar algo más que los inútiles que él dirige ―añadió con un tono de voz que mostraba la decepción por su primer general.
―Señor, por lo que me han contado los míos, Sfert estuvo presente en el primer asalto al príncipe ―dijo, mirando con verdadero desprecio a Rău―. Me han asegurado que una de las yekem acabó con él y también que él lo sabía, puesto que fue informado de inmediato.
El líder de la casa Ursu se detuvo en seco, obligando a los dos a girarse hacia él.
La ira recorrió rápidamente el cuerpo de Abbadon, pero no mostró cambio alguno en sus facciones.
Aunque lo que de verdad quería en ese momento era despedazar a su mano derecha y saber qué había ocurrido, no quería mostrarse ansioso o preocupado por haber perdido a un buen vampiro.
No. Su deber como señor de la casa era tener suficiente aplomo como para aceptar ese tipo de noticias y tenacidad para vengarse de sus enemigos sin tener remordimientos al enterrarlos en el agujero más profundo.
Por supuesto, a esa combinación mortal también añadía brutalidad, pero eso llegaría más tarde si no se sentía satisfecho con el resto de la información que estaba a punto de revelarle.
―¿Quién de ellas? ―preguntó como si no le importara demasiado, cuando la impaciencia lo estaba carcomiendo por dentro.
―Bêwestan.
Sonrió un instante al oír el nombre de la vampira.
―Mi dulce y mortífera Bêwestan. Debió formar parte de nuestro ejército desde siempre, pero mi piedra en la bota me la arrebató sin pedirme permiso.
Ambos secuaces asintieron para darle la razón, aunque no la tuviera.
Su amo consideraba a Helmet un escollo en su ascenso a la gloria.
Ocupar un lugar destacado en los abismos del mismo infierno parecía ser la mayor recompensa de todas, sin embargo, uno de los presentes no estaba de acuerdo con él en absoluto.
Aún no había llegado su momento, pero algún día sería él mismo quien lo llevara justo donde deseaba, solo que no iba a obtener esa recompensa que creía merecer.
―Abbadon, no lo creáis. Eso son habladurías ―escupió sin pensarlo. No le había gustado ni un pelo que lo dejase en evidencia.
―Ah, ¿sí? Pues demuestra que no lo son en vez de perder el tiempo. ―Erke se defendió con una enorme sonrisa. Adoraba exasperar al otro general, aunque, para él, solo fuera un patán a la altura de los peores roedores de la tierra.
Rău estuvo a punto de lanzarse contra el que siempre había considerado un advenedizo, pero su rival se mantuvo impasible y no retrocedió ni un solo paso.
―Hijos, haya paz… por ahora. No perdamos el tiempo discutiendo entre nosotros, a no ser que sea yo quien lo decida.
Los dos agacharon al mismo tiempo la cabeza, mostrando una vez más obediencia ciega.
Nada más entrar en la enorme tienda improvisada, el jefe Ursu se sentó en su trono. Varios sirvientes se acercaron a él con una reverencia para satisfacerle en cualquier necesidad.
―Más tarde ―dijo haciendo un gesto lánguido muy parecido al de Helmet. Por el momento, no requería alimentarse―. Bien, ahora me vais a contar qué rumores habéis oído sobre el paradero de Sfert.
―Señor ―se adelantó Rău, elevando el mentón―, no aparece por ningún lado, aunque aún hay esperanzas. Nadie ha encontrado su cadáver. ―Miró a su rival con un gesto de advertencia.
―¿Entonces? ―añadió Abbadon con un tono de hartura.
―Sospecho que ha caído en manos de los errantes.
―¿Sospechas? ―se burló el otro vampiro―. Eres un inútil. Confiésalo, ¡no tienes ni idea de dónde está!
―¡Cierra la boca o no verás otro amanecer! ―lo amenazó el primer general una vez más. En esta ocasión, acabó acercándose a él. Sus intenciones eran claras: quería arrancarle la tráquea de un solo mordisco.
―¡Silencio! ―vociferó el despiadado Ursu.