7. TÚ NO ME DEJARÍAS SOLA
L eala, segura de que lo que iba a hacer era lo correcto, volvió a entrar en la habitación seguida de cerca por Fairfax.
El párroco continuaba en el suelo, pero había dejado de golpearlo.
Ahora tenía la cabeza gacha, apoyada en las rodillas.
Se rodeaba las piernas con los brazos y sus manos temblaban ligeramente.
Hasta que los oyó regresar, y todos sus sentidos se despertaron al mismo tiempo.
Para ella, su silencio era mucho más doloroso y aterrador que escucharlo gritar a pleno pulmón.
La derrota que mostraba en su postura significaba que se había rendido, solo que aún era muy pronto como para llegar a ese punto.
Nadie sabía lo que el futuro esperaba de ellos, aun así, no iban a tener más remedio que conocerlo juntos, puesto que no pensaba ir a ninguna parte.
―Padre, ¿cómo estás? ―preguntó Leala con cautela.
León levantó la cabeza de golpe. Tenía los ojos completamente abiertos, sorprendido y preocupado por verlos allí de nuevo.
Como si su cuerpo reaccionara sin tener en cuenta sus órdenes, los miró como un depredador a la presa más deseada.
Despacio, bajó las manos. Sus nudillos blancos expusieron alto y claro que estaba apretando los puños con todas sus fuerzas.
―¿Qué hacéis aquí? ―dijo desde las profundidades más oscuras de su alma.
―Hemos venido a ayudarte.
―Estoy condenado. Nadie puede ayudarme.
Ella miró a Fairfax, quien negó levemente con la cabeza. Temía por la vida de ambos, y a esas alturas ya estaba convencido, incluso con el poco tiempo que habían compartido con él, de que ninguno de los dos saldría vivo de allí.
―Dime qué necesitas ―insistió la anterior Portadora.
León mostró una sonrisa fría que les heló la sangre. Justo lo contrario de lo que quería el recién convertido.
―Lo sabes muy bien, hija ―respondió con un tono aterrador.
―Sí, lo sé. He regresado porque estoy dispuesta a darte la mía, pero debes asegurarme que podrás detenerte.
El cura la miró un instante mientras sopesaba si sería capaz de parar cuando se sintiera satisfecho. El problema era que jamás se había visto en esa tesitura y darle una respuesta positiva sería igual que mentirle, de modo que se ciñó a lo que realmente pensaba.
―Leala, no puedo garantizártelo. Además, no sé qué ha de suceder para convertir a alguien. Temo que me des la oportunidad y acabe por destruir tu vida.
Ella se volvió hacia su esposo, que no sabía ni por dónde empezar. Lo único de lo que no tenía dudas era de que debían irse de allí cuanto antes.
―Amor, no deberías hacerlo ―le dijo el campesino tratando de que no le temblara la voz.
―Fairfax, nuestro valor lo definen nuestros actos. Podría irme o incluso tratar de acabar con su vida, pero ¿en qué me convertiría? La sangre de…
―¡Esa maldita sangre no te defenderá! ―gritó desesperado, haciendo que el párroco se pusiera en pie de golpe, como si su intención fuese la de protegerla y no la de querer atacarla.
―Vuestras palabras ofenden a Dios, así que ¡tened mucho cuidado! ―dijo León cogiéndolo con tal ímpetu de la camisa, que lo elevó un palmo del suelo.
―So… ¡soltadme! ―balbuceó como pudo.
―Padre, ¡libéralo! ―suplicó Leala.
Al darse cuenta de sus actos, lo dejó en el suelo y se retiró en un suspiro. Fairfax tosió como pudo para recuperar el aliento. Había faltado poco para que le rompiera el cuello.
―Dios, ¡lo siento! No controlo mis fuerzas. ―Se llevó las manos a la cabeza mientras se daba la vuelta, desesperado―. ¡Salid de aquí los dos!
―Tú no me dejarías sola ―dijo ella, acercándose. Le puso las manos en los hombros y lo obligó a mirarla―. León, si estuviera en tu lugar, ¿qué harías?
―Si fuera necesario, moriría por ti.
―¿Es lo que quieres? ¿Que muera por ti?
―Por Dios, Leala. Jamás te pediría eso ―se lamió los labios―, pero necesito sangre o perderé toda la voluntad para poder resistirme.
Ante el estupor de su esposo, ella se descubrió la garganta. A Fairfax no le dio tiempo de decir una sola palabra. Lo único que pudo hacer mientras recuperaba el aliento fue estirar el brazo para tratar de impedirlo.
No lo consiguió. León clavó los colmillos en su blanquecina piel y comenzó a degustar el preciado líquido bermejizo. Apenas si había tragado un par de sorbos cuando sintió que todo su cuerpo convulsionaba.
Se apartó bruscamente, dándole el tiempo justo de vomitar en el suelo lo poco que había ingerido.
Después, cayó de rodillas y apoyó las manos en el frío suelo.
Como si aún lo necesitara, inspiró una gran bocanada de aire y la soltó de golpe, tratando de expulsar los restos que todavía coloreaban el interior de su boca.
Leala se volvió hacia Fairfax sin entender nada. Él sonrió para su incredulidad.
―Puede que ―tosió―, después de todo ―volvió a toser―, esa maldita sangre sí que te defienda.
El padre León giró la cabeza para mirarlo. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso en pie.
―Tienes razón, hijo mío. Dios nunca sucumbe a la oscuridad ―dijo mientras dibujaba una expresión de sorpresa.
―Entonces, ¿qué hacemos? ―preguntó ella, preocupada porque el cura se marchara y se abandonara a la llamada más primitiva de la sangre.
―Supongo que no tenemos más opciones. ―Fairfax se desabrochó la camisa y expuso su piel―. Si me matas, juro que mi alma te perseguirá hasta lograr volverte loco.
―¡No puedes hacerlo! ―Se interpuso Leala entre su esposo y el neófito.
―Es su decisión, hija ―agregó León, que estaba a punto de lanzarse hacia su cuello sin importarle las consecuencias.
―Él se detendrá ―le aseguró su esposo―. ¿Verdad, padre? ―añadió, esperando que corroborara sus palabras.
El cura miró la habitación y se topó con lo que buscaba. Agarró la silla donde el campesino había pasado toda la noche y la destrozó para arrancarle una pata. Acto seguido, se la entregó a ella.
―Si no soy capaz de parar, clávamela con fuerza en la espalda a la altura del corazón.
Leala, con manos temblorosas, sujetó el trozo de madera mientras negaba repetidas veces.
―No sé si podré…
―Su vida depende de ello, hija mía. ―La miró a los ojos―. Sé que podrás.
―Lo mismo te digo ―agregó con voz de súplica.
Él asintió y se acercó a Fairfax.
―Nunca olvidaré lo que vas a hacer por mí.
―Recuérdalo cuando regrese Alana.
León apretó la mandíbula porque su deber era protegerla y enseñarle cuanto sabía para que llevara a cabo su destino.
―Tienes mi palabra.
El párroco no dijo nada más. Se acercó al campesino y se agachó para hundirse en su tibia carne. Tras comprobar que su sangre reconfortaba cada parte de su ser, continuó bebiendo hasta que escuchó cómo los latidos del corazón de Fairfax descendían demasiado deprisa.
Como si el instinto fuese su guía, le lamió las incisiones y echó un par de pasos atrás para separarse de él. Acabó apoyado en la pared con la satisfacción de haberse detenido a tiempo.
―He podido… ―susurró.
Leala se abrazó a su esposo, que perdió el equilibrio por la falta tan súbita de sangre. Lo ayudó a sentarse en la cama y después miró al padre León, que trataba de contenerse para no volver a degustar su garganta.
―Gracias por detenerte ―dijo ella.
―Gracias a ti por no acabar con mi vida. Fairfax…
―No ha sido suficiente en absoluto, ¿verdad? ―preguntó el hombre algo más repuesto.
―Por desgracia, no.
Los tres se miraron sabiendo que, tarde o temprano, tendrían que encontrar a alguien para que el párroco completara la primera ingesta.
Todos habían oído hablar de la sed incontrolable que sentían los recién transformados, así que ninguno podía mirar hacia otro lado como si aquella fuese a ser la única vez.
A partir de ese momento, León necesitaría alimentarse regularmente si no quería debilitarse hasta quedar en un estado de vulnerabilidad total. El problema que se les presentaba era que ninguno sabía a quiénes iban a convencer para dejarse morder por él, confiando en que no acabaría con su vida.
―Debemos encontrar a alguien más ―susurró Leala, sabiendo el peligro al que iban a exponerse.
―Yo mismo lo haré.
―¿Y cómo vas a lograr que se dejen…?
Él ladeó un poco la cabeza mientras mostraba una sonrisa triste.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Fairfax.
―Tiene el poder de robar la voluntad ―agregó ella, llevándose de forma instintiva la mano al cuello.
―Jamás lo haría con vosotros ―aseguró, yendo hacia la puerta.
―¿Y quién dice que no lo hayas hecho ya? ―respondió enfadada.
―Hija mía, si hubiera sido esa mi intención, ninguno de los dos lo recordaría. ¿No crees?
El matrimonio se miró, aceptando que sus palabras eran ciertas.
―¿Tendrás cuidado? ―En aquella pregunta, Leala había ocultado su temor a que asesinara sin impunidad, puesto que nadie podía defenderse de una orden susurrada por un «No Muerto».
―Son mis feligreses. Te prometo que nadie morirá. Volveré antes del anochecer.
―¿Y si no puedes caminar bajo el sol? ―soltó ella, poniéndose en pie. No sabía cómo retenerlo, aunque veía que la determinación en la mirada del párroco no dejaba dudas de que saldría por esa puerta, quisieran o no ellos.
―Entonces, será mi fin. Siento no poder contenerme, pero esta llamada es más fuerte que yo mismo. Regresaré. Te doy mi palabra.
―Hazlo. Tu deber es proteger a Alana.
―Lo sé.
León asintió y salió de la casa como si el mismo viento lo hubiese arrastrado. El sol no afectó a su cuerpo, sin embargo, su alma quedó destrozada al ser incapaz de sentirse reconfortado bajo su calor.
La muerte lo había atrapado, haciendo de su existencia algo grotesco. Ahora se debía a sus instintos más primitivos: alimentarse y sobrevivir.
Mañana pensaría en cómo seguir adelante. Hoy solo necesitaba sangre y completar la transición hacia la oscuridad.
Bien entrada la mañana, Abbadon caminó por el campamento con la seguridad de que cuanto veía le pertenecía por derecho propio. Miró alrededor con una expresión de autocomplacencia. Estaba muy satisfecho por la elección de sus vampiros y se jactaba de sus buenas decisiones.
Los suyos eran los más fuertes y crueles.
Los más despiadados y temibles.