6. SIN CAMBIO #3
―¿Con vida? ―preguntó con media sonrisa―. Te recuerdo que nuestro ejército está formado por cinco mil vampiros, y el de Abbadon debe de contar más o menos con la misma cifra. Si convertimos a más humanos, no habrá alimento suficiente para nadie.
―¿De verdad piensas que él no ha engrosado sus filas con más hombres?
―Puede que sí, pero, visto lo visto con Alistair, quizás no sean tan fuertes como nosotros.
―Qil y Bêw no estarían de acuerdo contigo después de la situación a la que tuvieron que enfrentarse en el bosque. ―Helmet elevó las cejas―. Lucharon contra un gigante, y el resto también era brutal.
―Nadie puede decir que nuestra raza esté formada por corderos. Somos vampiros. El Mal y la Oscuridad forma parte de todos tras la conversión. No podemos olvidar que la sangre de Ketî está en cada uno de nosotros y esta acerba nuestra fuerza y ferocidad.
―Somos la peor parte que escondía nuestra naturaleza humana.
―Hablas como si te apenara saberlo.
―No sé si puedo sentir, pero detesto no haber podido elegir.
―No, elegí yo por ti.
―¿Y por qué me escogiste el primero?
Helmet lo miró a los ojos como si aquella pregunta fuera innecesaria por la obviedad de la respuesta.
―Como humano, eras magnífico. Tu corpulencia, altura, agilidad. Te estuve observando y me pareció que eras un ejemplar digno de sobrevivir al tiempo, a los hombres débiles e insignificantes que formaban parte de tu poblado. Tú deberías haber sido el líder, no un simple labrador.
―No nací en la familia destinada a dirigir el futuro de los míos.
―Pero renaciste en la adecuada para ser uno de los mejores de los míos. Mi mano derecha. El primer general de mi ejército.
Xwînxwar sonrió por la pasión con la que su señor había hablado de él. Jamás le había ofrecido un cumplido semejante, y agradecía que aquella conversación estuviera desnudando el alma de ambos.
―Te lo agradezco, Helmet.
―Hace tanto que nos conocemos que creo que ya he olvidado en qué momento decidí que me hablaseis de igual a igual.
―Fue en el último enfrentamiento con los errantes, hace más de tres mil años. Los perros de Abbadon decidieron que era un buen momento para acabar con tu existencia, así que los cinco derrotamos a su avanzadilla de más de cien vampiros.
El jefe de la casa Drăgoi asintió mientras dibujaba una cálida sonrisa en sus labios.
Aquella expresión cogió por sorpresa a Xwîn, que no pudo disimularlo.
Helmet parecía tan satisfecho con que no hubiese olvidado el momento preciso en el que le concedió ese privilegio que le ofreció la mano en señal de reconocimiento.
Él se la estrechó con fuerza mientras sentía que ya no solo el poder de la sangre le hacía estar a su lado, sino que entre ellos existía algo distinto a la simple obligación de un «esclavo» hacia su señor.
―Quiero que sepas que tu lealtad significa mucho para mí, Xwîn. Creo que puedo decir sin caer en un error que hemos forjado una amistad a lo largo de los siglos.
―Así es.
―Dime, ¿por qué nunca te habías atrevido a confesarme tus pensamientos?
―Porque hasta anoche no vi la duda en tus ojos. Y, si fuiste capaz de dudar, pensé que también podrías cuestionarte que la realidad que nos han hecho creer no existe.
―Veo que has tenido mucha paciencia, hij… amigo mío ―rectificó en el último momento.
El guerrero sonrió.
―Disponía de todo el tiempo del mundo. ―Helmet cabeceó para darle la razón―.
Bien, amigo mío ―repitió el mismo apelativo que le había dedicado su líder―, ahora que ambos hemos despertado, hay que averiguar por qué Mørket ha mentido.
¿Por qué nos hizo creer a todos que Abbadon fue el primogénito? ¿Qué pretendía con eso?
Su señor se rascó el mentón, tratando de encontrar una explicación razonable a su pregunta.
―Puede que su falta de corazón tuviera mucho que ver ―dijo al fin―.
Supongo que su forma de actuar se acercaba mucho más a lo que él deseaba, pero eso es el pasado y ya no tiene cabida aquí.
Centrémonos en que el destino ha decidido poner todo en su lugar y ha tejido con sus hilos un tapiz en el que se nos ha mostrado una verdad indiscutible: la sangre de Abbadon es más débil que la mía.
Gracias al príncipe, hemos obtenido una información valiosísima, y esta me ha proporcionado una excusa perfecta para volver a mi padre.
Un par de golpes en la puerta interrumpió aquella conversación tan esclarecedora. Qiloçker entró en la alcoba con una expresión de desconcierto.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Helmet.
―La situación del príncipe continúa sin cambio.
―Gracias, Qil. Excelentes noticias.
El recién llegado miró a los dos sin entender sus sonrisas, pero pronto iba a salir de dudas. Su líder lo hizo sentarse y comenzó a contarle la conclusión a la que Xwîn y él mismo habían llegado.
Qiloçker casi no pudo contener sus emociones al saber que su jefe pronto permitiría su venganza, pero aún faltaba un poco para eso.
De momento, se contentaría con soñar en el día que viera suplicar a Rău por su existencia, e iba disfrutar de cada palabra hasta que le separara la cabeza de su maldito cuerpo.