Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 6. SIN CAMBIO #2
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6. SIN CAMBIO #2

Sin esperarlo, el guerrero lo vio sonreír como si de repente hubiera salido a la superficie esa parte humana de la que no tenía conciencia.

Como si aceptar que había una posibilidad de que estuvieran en lo cierto lo acercara de nuevo a su condición más primigenia.

A una vida que, por el momento, no recordaba.

―¿Sabes algo, hijo? ―Xwînxwar elevó las comisuras―.

Nunca había puesto en tela de juicio mi propia existencia porque confiaba ciegamente en que lo que se me había contado era la verdad.

Mi primer recuerdo es el de haber despertado en una alcoba fría y mugrienta.

Poco después, dejé de sentir aquel helor que, instantes atrás, me calaba los huesos.

Sé que me miré las manos y noté como si no me pertenecieran.

Estaban muy suaves, sin curtir. Me levanté la camisa y todo mi cuerpo carecía de señal alguna.

Nada, ni siquiera un rasguño o el simple recuerdo de una antigua cicatriz…

Su mano derecha lo miraba atentamente. Aquella conversación era la más íntima que habían compartido, y no quería perderse ni un solo detalle.

El mundo a su alrededor estaba empezando a cambiar, lo que aseguraba que las reglas de aquel maldito juego al que llamaban existencia puede que se separaran por fin de lo exigido por Mørket.

Y nada lo satisfaría más que apartar a Wêranker de las garras del otro bando.

Se sacó de la cabeza a la vampira y se centró en su señor, que, por primera vez, estaba diciendo en voz alta lo que él mismo llevaba mucho tiempo pensando.

―Entonces, ¿tuviste niñez?

―No tengo recuerdos de ser joven. Cuando desperté, ya era tal y como me ves ahora.

―Lo que cuentas se parece mucho a una transformación.

―Esa es la misma conclusión a la que he llegado yo.

―Bien, imaginemos por un momento que él os secuestró a Abbadon y a ti de vuestros poblados. ¿Por qué a vosotros? ¿Erais especiales en algún sentido? ¿Vuestra complexión? ¿Vuestra… sangre?

Helmet entrecerró los ojos como de costumbre mientras trataba de asimilar las palabras de Xwîn.

―No lo sé, y tampoco se me ocurre cómo puedo averiguarlo. Mi existencia se remonta milenios atrás.

―Lo sé ―dijo su más fiel guerrero asintiendo―, pero existen leyendas muy antiguas sobre la creación del mundo y las razas que caminan sobre él.

―Explícate.

―No dejo de darle vueltas a esta idea. Por un lado, están los tvillinger, que, casualmente, sienten un profundo odio y una animadversión desmesurada hacia los hombres.

Por otro, poco después aparecieron los skyggene, la raza de las sombras cuyo único propósito también es hacerlos desaparecer.

Y, por último, vosotros. Abbadon y tú, que formasteis un ejército inigualable transformando en vampiros a cuanto hombre, mujer y niño encontrabais a vuestro paso…

―Hace mucho que dejamos de convertir a niños. Pero ¿a dónde quieres llegar con todo esto? ―lo interrumpió Helmet.

―A que el único propósito de la existencia de las tres razas es destruir la vida humana.

―De acuerdo, te doy la razón. Todos queremos acabar con los humanos. Pero Mørket no los creó a ellos, solo a Abbadon y a mí. Tú lo has dicho: esas dos razas existían mucho antes que nosotros.

Xwînxwar se echó hacia atrás. Esta vez, sonrió sin restricciones. Tal vez había dado en el clavo con la conclusión a la que acababa de llegar y, si era cierta, la forma en la que veían el mundo desde siempre iba a cambiar en ese mismo momento.

―¿Y si a ellos también los creó Mørket? Puede que no se sintiera nada satisfecho con su forma de proceder y les parecieran demasiado lentos como para deshacerse de toda la humanidad tan rápido como deseaba.

―¿Y crees que por eso nos creó también a Abbadon y a mí?

―¿Crear? ¿Es que existe algún ser que nazca siendo adulto?

No puedo aceptar que eso sea de tal modo.

Recuerda que incluso ellos son engendrados y paridos por hembras.

Crecen, se reproducen y mueren, igual que los humanos.

Nosotros, por el contrario, somos los únicos que nos convertimos en lo que somos a cualquier edad.

―¿Y qué propósito tendría el ocultarnos nuestra propia transformación?

―Control. Provocar temor a toda costa. Si podía crear la vida con sus propias manos, estaba proclamando a los cuatros vientos que era tan poderoso como Dios.

―Mørket no es tan simple.

―Mørket es un ángel caído que detesta el libre albedrío de los humanos. Él los considera ganado, sin embargo, el Creador les otorgó algo que no quiso conceder a su propio ejército, a sus ángeles y arcángeles.

―¿Y cómo lo hizo?

Xwînxwar puso las palmas hacia arriba como un gesto de total ignorancia.

―No lo sé. Cuanto te he contado son mis propias cavilaciones. Si alguien averigua que hemos hablado de esto, nos despellejarán a diario los próximos mil años.

―Puede que incluso un poco más. ―Ambos sonrieron―. No puedo creer que todo esto haya surgido en mí por la transformación del príncipe Alistair.

―Creo que nunca nos hemos detenido a comparar cuánto tardaban los convertidos por él o por ti.

―Como recordarás, al principio, se decidió que formaríamos un único ejército.

Cada uno eligió a los humanos que íbamos a incorporar a nuestras filas.

Yo os escogí a vosotros cinco por vuestras habilidades.

Él, sin embargo, se rigió por un único criterio: quedarse con los hombres más despiadados y temibles que encontrara. Bălan, Rău, Erke, Sfert y Taiat.

―Al menos Sfert ya no existe, ya que Bêwestan se encargó de él en el primer asalto al príncipe, pero todos son escoria ―dijo Xwîn con una expresión de desprecio.

―Escoria, sí, pero elegir a esos perros fue su decisión.

Al igual que él no se inmiscuyó en mi juicio, yo no lo hice en el suyo.

En cierto modo, nos respetábamos el uno al otro.

No recuerdo haber sentido nunca aprecio por él, o puede que sí; pero sus métodos eran tan violentos, incluso para mí, que siempre acabábamos discutiendo.

Por supuesto, su crueldad con los humanos satisfacía enormemente a mi padre.

Nunca me he atrevido a preguntarlo, pero creo que no voy a encontrar mejor ocasión. ―Helmet ladeó la cabeza, aceptando que continuara―. ¿Cómo surgieron las casas Drăgoi y Ursu?

―Sabes que ambos éramos vuestros generales ―el guerrero asintió―, pero la situación se volvió insostenible.

Abbadon despreciaba cada una de mis decisiones porque las consideraba demasiado indulgentes, pero, por encima de eso, la forma en la que «nuestra familia», por así decirlo, se alimentaba de los humanos.

Incluso antes de hacer el pacto con los errantes, sabes que os exigía no matarlos, así siempre podíamos volver a ellos cuando quisiéramos.

―Lo recuerdo, aunque reconozco que más de una vez se nos fue la mano a todos.

―Por supuesto, pero no siempre. Y pocas veces a propósito, os inculqué bien mi credo.

―Eso es cierto.

―Aquel fue el motivo de otorgarnos nuestro propio clan a cada uno y la principal razón de por qué nos alejamos. Ni que decir tiene que fue Mørket quien propició una fuerte rivalidad entre nosotros, tanto, que acabó por convertirnos en enemigos.

―¿Y nunca cuestionó tu forma de tratar a los humanos, de cómo nos obligaste a mantenerlos con vida?