Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 6. SIN CAMBIO
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6. SIN CAMBIO

H elmet separó despacio los labios de la tibia piel del sirviente que había hecho llamar al alba.

Apenas había descansado en toda la noche dándole vueltas a lo mismo.

Necesitaba encontrar una explicación plausible a por qué había sido engañado por Abbadon y también por su propio creador.

Pero ¿qué razón tendrían ambos para mentir en algo que no tenía importancia, o sí?

Durante unos instantes, cerró los ojos y decidió hundirse de nuevo en su tierna carne.

Estaba hambriento, aunque tal vez no fuese solo de sangre.

Apartó ese pensamiento infantil de su mente para centrarse en disfrutar del sabor metálico y afrutado del muchacho.

En realidad, le era indiferente de qué humano se alimentara, no obstante, debía admitir que aquel joven le estaba despertando la añoranza de su propia juventud.

Algo que quería mantener a buen recaudo, puesto que el dolor de la pérdida salía a flote junto con el pasado.

Antes de que descendieran de forma preocupante los latidos de su presa, lamió las incisiones.

Le ordenó ponerse de nuevo la camisa y lo envió a las cocinas a comer algo.

Quizás había tomado demasiado de él, pero estaba seguro de que un buen desayuno le devolvería pronto el color a sus mejillas.

Tras verlo abandonar la alcoba, caminó hasta la ventana. La claridad del amanecer avisaba de que un nuevo día estaba a punto de comenzar, sin embargo, y por primera vez, se sentía algo perdido.

«Mi propia juventud y el dolor del pasado», se detuvo en aquel pensamiento con la mirada fija en el bosque que se extendía grandioso alrededor de la fortaleza. «Mi juventud. El dolor…», repitió convencido de que aquella idea no podía pertenecerle. Era imposible.

Se humedeció los labios y acabó sujetándose el inferior entre los dientes. Entrecerró los ojos y se enfadó consigo mismo por imaginar algo que haría tambalear la confianza ciega que tenía hacia su «padre».

«¿Qué juventud es esa que veo? ¿Qué dolor es este que siento?», repitió una vez más, luchando contra algo que no era capaz de entender.

―No tuve juventud. No soy humano. Nunca lo fui. Mørket me creó. Él me creó… ―susurró al viento, a la fría mañana de primavera que parecía resistirse al cambio de estación.

Dos golpes en la puerta lo separaron de aquella extraña sensación de haber olvidado algo decisivo para su propia existencia y la de cuantos había convertido.

―Adelante ―dijo, volviéndose hacia la puerta.

Xwînxwar apareció con una expresión que no auguraba buenas nuevas. Su señor mostró su peculiar y extraña sonrisa antes de sentarse.

―¿Qué ocurre? ―preguntó el líder de la casa Drăgoi con el mentón elevado, como si supiera con antelación que sus palabras no iban a gustarle en absoluto.

Se equivocó de pleno.

―El príncipe aún no… ―El acólito dejó el resto de la frase en el aire mientras negaba con la cabeza.

―¡¿Aún no?! ―exclamó con satisfacción.

―¿Qué quieres hacer? Quedarnos es muy arriesgado. Abbadon regresará mañana y, si te soy sincero, no tengo ganas de verle la cara. Además, no puedo con la mirada de autosuficiencia de Rău. Si no le acabas permitiendo a Qil que lo mate, lo haré yo mismo.

―Hijo mío, debemos ser más sutiles.

El «creado» por Mørket sonrió abiertamente.

La lealtad de sus vampiros era admirable, algo que lo reconfortaba y hacía sentir orgulloso; aunque no entendía por qué se daba con tanta frecuencia entre sus filas.

Como almas esclavizadas a un solo señor, no tendrían que sentir aquella camaradería que parecían compartir los suyos.

De hecho, pocos conversos de Abbadon se tenían aprecio entre sí, pero los cinco guerreros en los que más confiaba darían su vida por el resto sin pensarlo.

De pronto, Nîga volvió a su mente. Aún se encontraba en las mazmorras y, con seguridad, estaría furiosa por el trato recibido; pero su traición no merecía una mejor consideración.

Helmet decidió que haría que la llevaran ante su presencia enseguida.

Debió hacerlo la noche anterior, pero estaban tan pendientes del cambio de Alistair que el resto de los inconvenientes, como el de que ella había tratado de escapar, había pasado a segundo plano.

Xwîn chasqueó la lengua y aceptó su orden.

―Tienes razón, aunque mi idea de sutileza con ese malnacido se ciñe a arrancarle de cuajo brazos y piernas.

―Bueno, Qil tendrá su oportunidad. Y creo que puede ser antes de lo que pensamos.

―Ah, ¿sí? ―El guerrero se detuvo un instante, sopesando qué suponía aquella respuesta―. ¿Una guerra?

―Aún es pronto para eso. Solo es una idea, pero dejémoslo a un lado. ¿De verdad que Alistair no da señales de cambiar?

―Son muy leves, señor. Tal vez esta noche.

―Jamás un transformado por mi «hermano» había tardado tanto en transmutar. Eso ha de significar algo.

―Puede que su poder esté desvaneciéndose porque se está separando del camino ―bromeó Xwîn, apoyándose en la repisa de la chimenea.

―¿Del camino? ―repitió intrigado.

―El del mal, señor. Somos los descendientes directos del ángel caído. Dios lo castigó por su desobediencia, por su vanidad y por desequilibrar el mundo de los hombres. Nosotros tenemos su sangre, pero no lo pedimos…

―¿Crees que estamos condenados de forma injusta?

Helmet se echó hacia delante en la silla.

Apoyó la punta de los dedos en sus labios y esperó la respuesta del enorme vampiro que lo miraba con seguridad.

Era la primera vez, en todos los siglos que llevaban juntos, que Xwînxwar daba su opinión sobre las circunstancias que formaban la existencia a la que estaban encadenados, algo que le llevó a pensar que todo estaba cambiando.

Solo quedaba averiguar lo que aquel giro de los acontecimientos le iba a reportar.

―¿Puedo hablar con libertad? ―preguntó antes de decir lo que realmente pensaba.

―Más que nunca. Tus palabras no tendrán consecuencias. La verdad merece una recompensa, no un castigo.

El corpulento guerrero se separó de la chimenea, cruzó la estancia y acercó la otra silla hasta colocarla a su altura. Sin dilación, se sentó y lo miró con un gesto resolutivo.

―Ninguno de nosotros tuvimos la oportunidad de elegir esta «vida». Mucho me temo que tú tampoco.

―¿Qué estás insinuando, Xwîn? ¿Qué yo antes era humano?

No, te equivocas. ―Negó repetidas veces, rechazando la idea de haber sido engañado desde que tuvo conciencia de quién era―.

Yo fui creado por Mørket, ¡soy su hijo! ―enfatizó, aunque no subió el tono de voz―.

Es algo que no pude elegir, como bien dices, igual que tú no pudiste decidir quiénes iban a ser tus padres.

―Ahí reside el problema, Helmet ―respondió convencido.

El dirigente de la casa Drăgoi ladeó la cabeza sin entenderlo. Entrecerró los ojos y elevó los hombros, ciertamente perdido.

―No te sigo.

Xwînxwar se aclaró la garganta. No porque lo necesitara, sino porque era algo que siempre había hecho cuando estaba vivo antes de afrontar cualquier situación. Aquel sonido divirtió en parte a su señor.

―No creo que fuerais creado a su imagen y semejanza, ¿comprendéis?

―empleó las palabras precisas para encauzar su pensamiento hacia otra parte, hacia el que Mørket consideraba su verdadero enemigo desde el inicio de los tiempos―.

Solo hay un «Creador», y estoy seguro de que ese no es Ketî .

―Frunció los labios hasta formar una fina línea―.

Jamás he creído en su palabra. Sé que esto me condenará a muerte. Bueno, más bien a desaparecer…

―Continúa. De momento, no has dicho nada que me impulse a prescindir de ti.

Su mano derecha lo miró con alivio y asintió.

Si no lo había despedazo a esas alturas, tal vez tuviese una oportunidad de expresar lo que llevaba sospechando desde hacía varios siglos.

Una sensación de que estaba en el camino correcto inundó las oscuras entrañas del vampiro, que decidió proseguir hasta el final.

―Helmet ―echó hacia delante su cuerpo y apoyó los codos en las rodillas―, mi intuición me dice que ni Abbadon ni tú sois su «creación».

La experiencia, todos estos siglos a tu lado destruyendo vidas, otorgando la «no muerte eterna» a tantas almas…

He visto y provocado horrores suficientes como para pasar el resto de la eternidad en el fuego del peor de los infiernos, pero no voy a mentir en esto.

No quiero morir de nuevo sin decir lo que pienso…

―Adelante, Xwînxwar. Estoy deseando conocer qué es lo que ronda por tu cabeza.

―Creo que ambos nacisteis de una humana.

Tuvisteis una vida sencilla, como cualquiera de nosotros.

Os escogió por algún motivo. Puede que fuerais los más fuertes o que simplemente eráis los que encontró a mano.

Sois un hombre convertido en vampiro. Fue su sangre, la de un ángel caído, la que os transformó en lo que ahora sois.

Lo que somos cada uno de nosotros gracias a vuestro legado.

Fuertes. Casi invencibles, pero igual que en cada uno de nosotros ―insistió―, la parte del hombre que una vez fuiste sigue ahí.

―¿Has hablado con alguien más de esto? ―preguntó Helmet muy serio, echándose hacia atrás en la silla.

―No. ―Sonrió levemente sabiendo que, después de todo, no iba a salir «vivo» de aquella habitación.

―Si ayer me hubieras insinuado una mínima parte de lo que me has dicho, hoy no habrías visto la luz del sol.

El vampiro bajó el mentón y unió el ceñó, extrañado.

―¿Eso significa que hoy no…?

―Eso significa, Xwîn ―lo interrumpió, echándose hacia delante de nuevo―, que hoy pienso igual que tú.

Su acólito no pudo evitarlo y dejó los labios entreabiertos por su inesperada declaración.

―¿Por qué ahora, Helmet? No lo entiendo. ―Imitó su postura y se acercó ligeramente.