5. SOMOS QUIENES SOMOS #3
Una ligera protesta procedente de la Elegida la hizo girarse en su dirección.
Al mirarla, de forma inexplicable, se sintió en paz por primera desde su conversión.
Fue en ese momento cuando entendió que ya poco importaba si ellos habían estado en bandos opuestos durante siglos, ahora formaban parte de algo mucho más grande.
Saber que de algún modo formaría parte del destino de todos la hizo estremecer. De pronto, la sensación de que podía ser sincera sin temer a las consecuencias la inundó por completo. Sorprendida por la necesidad de hacerlo, decidió compartir lo que de verdad sentía.
―A veces sí… Claro que sí ―acabó declarando con la mirada brillante―. Cumplir órdenes es más sencillo cuando no tienes corazón.
―¿Y tú lo tienes?
―Por supuesto que lo tengo. No late, errante, pero sí sufre… y siente. ¿Acaso el tuyo está tan muerto como el mío?
―Sabes que no. ¿Por qué dices eso?
―Porque si no eres capaz de sentir el dolor ajeno, es que los tuyos no son tan puros de corazón como nos queréis hacer creer.
Aquellas palabras rozaron el alma del guerrero.
Había juzgado a todos los «No Muertos» con el mismo rasero implacable del que se cree estar en posesión de la verdad, sin embargo, los ojos de Nîga le mostraban una realidad muy distinta a la que le habían enseñado desde que tuvo uso de razón.
Si sus palabras eran ciertas y los vampiros podían sentir dolor, si eran arrastrados a una vida de obediencia y control, ¿cómo iban a poder negarse a seguir a su amo?
Oskar se quedó absorto en aquella reflexión hasta que fue capaz de preguntar algo que jamás hubiera llegado a imaginar si no hubiese tenido que compartir una huida con alguien de su naturaleza.
―Dime la verdad, ¿por qué te encarceló Bêwestan?
―Le confesé que quería ser libre. Dicen que existe una colonia de vampiros que convive en paz con algunos humanos.
―Eso es una leyenda ―dijo él sonriendo―. No irás a decirme que crees en un cuento que solo sirve para entretener a los que desean que la coexistencia entre las dos razas sea pacífica.
―No lo es, Oskar ―se atrevió a llamarlo por su nombre.
―¿Quién te ha engañado de esa manera tan cruel?
―Un superviviente de Abbadon. Un general que osó desafiarlo y que él creyó derrotar.
―Me es muy difícil creerte.
―No tienes por qué hacerlo. Solo te pido que me ayudes a llegar a Richborough.
―Por un momento, supongamos que te doy el beneficio de la duda. ¿Estás segura de que quieres unirte a ellos? Si te reconocen, quizás la que no sobrevivas seas tú.
―Al menos no moriré a manos de Helmet.
―Sinceramente, no creo que fuese tan malo como hacerlo a manos de Abbadon.
―No conoces a mi señor. La sutileza es su mejor arma…
―¿En serio?
Nîga se quedó callada un instante hasta que comenzó a describirle el horror que había padecido infinidad de veces.
―Él puede lograr que ruegues para que te conceda la muerte.
Así, durante semanas. No obstante, no lo hará.
Nunca lo hace. En cambio, siempre encuentra una manera distinta de que sufras hasta que estás cerca de perder la razón.
Consigue que el dolor que sientes al desgarrarse tu piel sea inigualable cada vez.
Pero no se conforma con eso. Sigue y sigue hasta que te rompes y suplicas su perdón por tu error.
―¿Cuántas veces?
―Más de las que desearía recordar. ―Miró al errante a los ojos y dos lágrimas rosadas rodaron por sus pálidas mejillas―. Cientos…
Oskar no pudo responder. Verla llorar seguía siendo un imposible, sin embargo, allí estaba ella, abriendo su alma al que consideraba hasta hacía solo un día su acérrimo enemigo.
El errante se preguntó si la conexión con la Elegida había provocado este cambio en la vampira o ella ya había tomado esa decisión mucho antes.
―Tal vez no todos seáis iguales ―vocalizó el pensamiento que lo estaba corroyendo por dentro.
―Eso no lo sé, pero te aseguro que prefiero que ahora mismo acabes con mi existencia antes de tener que volver con ellos.
Alana se despertó de golpe y se puso en pie sin darles tiempo a asimilar el movimiento.
―Nadie hará tal cosa, Nîga ―dijo la Elegida con un tono de voz que dejaba al descubierto una severa advertencia―. ¿Verdad, guerrero? ―insistió.
―Verdad, Alana. ―Asintió para reforzar su respuesta.
―Pongámonos en marcha ―exigió ella―. Necesito ver a mis padres lo antes posible, y no tiene sentido permanecer en el bosque. Hay patrullas acercándose, puedo oírlas.
La vampira y el errante se miraron sorprendidos. Habían consumido gran parte de la siguiente guardia discutiendo, por lo que ninguno había reparado en que el alba ya había clareado el nuevo comienzo del día y podían ser descubiertos al no estar atentos.
Oskar despertó a Thyra, que agradeció con la mirada el tiempo que había podido descansar.
En cuanto borraron lo mejor que pudieron sus huellas, los cuatro se pusieron en marcha hacia Felsted. La paz que todos buscaban parecía estar más cerca, solo que el Destino tenía otros planes para ellos.
Y ninguno iba a encontrar lo que deseaban en aquel pueblo perdido de la mano de Dios.