Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 5. SOMOS QUIENES SOMOS #2
17%

5. SOMOS QUIENES SOMOS #2

Había llegado el momento de hacer el relevo, y ahora debía poner sus vidas en las manos de alguien en la que sabía que jamás iba a poder confiar. Sin embargo, no le quedaba más remedio.

Como errante, su resistencia era muy superior a la de los humanos, pero eso no significaba que fuese invencible.

Él también necesitaba descansar para reponer fuerzas.

Los días malvividos en aquella mazmorra no fueron ningún divertimento y habían mermado en parte sus reflejos.

Además, la preocupación constante por la salud de Thyra también había quebrado su espíritu.

Este pensamiento lo obligó a mirarla. Tantos días juntos y al mismo tiempo separados por unos malditos barrotes que había sido incapaz de derribar.

Continuaba sin entender el motivo, no obstante, no era el mejor momento para tratar de averiguarlo.

Se cubrió la cabeza con la capucha de su capa para combatir la fría madrugada y, luchando contra sus instintos, se acercó a Nîga.

Le tocó en el hombro para despertarla. La vampira abrió los ojos y se sorprendió al ver que ya no era noche cerrada.

Había acordado que debía avisarla mucho antes, puesto que la última guardia le correspondía a Alana, pero él había sido incapaz de despertar a la Elegida para que ocupara su puesto.

En cuanto se había acercado para avisarla, aunque no mostraba en su rostro cansancio alguno, el de la casa Isaksen supuso que su alma estaría exhausta.

Como errante, debía protegerla a toda costa; así que decidió dejarla descansar después de lo que había sucedido.

Su conversión en aquel ser híbrido era algo que ninguno esperaba.

En realidad, él pensaba que el que probara la sangre de la vampira solo iba a ayudarla a curarse.

Lo había visto en muchas ocasiones cuando los humanos habían sido atacados y ellos habían llegado a tiempo, obligando a los «No Muertos» a salvarles la vida; pero jamás se le podía haber ocurrido que Alana la asimilaría como si en realidad Nîga la hubiera mordido y le hubiese inoculado la ponzoña.

Oskar se había apiadado de la joven porque, para él seguía siendo una niña.

Poco importaba que el príncipe y ella estuviesen desposados y que hubiesen disfrutado de los placeres que proporcionaba la carne.

Se regañó por ese pensamiento y volvió a la idea de que el paso a la edad adulta para los humanos era distinto al de los errantes, y el suyo había sucedido semanas atrás.

Además, no solo se había convertido en la nueva Portadora de la sangre de Cristo, sino en la Elegida para acabar con la era de oscuridad que sumía a la tierra desde que Ketî había sido condenado a caminar sobre ella por desobedecer al mismísimo Creador.

Todo aquello era razón suficiente como para que la hubiera tratado como a una compañera más, sin embargo, dobló el turno para que pudiese seguir durmiendo y tuviese unos instantes más de paz antes de volver a la realidad.

Ya tendría tiempo de descansar cuando llegaran al campamento.

La Drăgoi asintió. Miró a la luna y se extrañó al ver su posición.

―¿Por qué no me has llamado antes? El último turno le tocaba a ella ―dijo, mirando hacia Alana.

―Yo he hecho el mío y el suyo ―respondió con voz áspera.

―Olvidaba la generosidad empalagosa de los errantes.

―Pero yo no he olvidado la crueldad de los vampiros. Ándate con cuidado y no se te ocurra hacer ninguna insensatez o no llegarás a subir a ningún barco en Richborough.

―Quizás me he confundido contigo. Tú no eres amable…

―Contigo ―la cortó―. No soy amable contigo.

―¿Se puede saber qué te he hecho yo?

―Los de tu raza sois una plaga. La muerte jugando a ser Dios.

―Yo no elegí convertirme en esto ―dijo señalándose a sí misma con la rabia instalada en su interior.

―Sin embargo, decidiste masacrar y alimentarte de cuanto humano has querido.

―¡Qué sencillo es estar en tu posición, errante!

―¿Sencillo? ―repitió, acercándose un paso a ella.

―Crees que tienes derecho a juzgarme por mis «pecados», ¿verdad?

Pues para tu conocimiento te diré que esos pecados me vinieron impuestos por la sangre.

Con la conversión te hacen el regalo de la obediencia, la sumisión y el cumplimiento de órdenes que jamás debes cuestionarte o te torturarán hasta que supliques que te separen la cabeza del cuerpo.

Oskar la miró muy serio, ella elevó el mentón y prosiguió.

―Vosotros fuisteis creados para proteger a los humanos, nosotros para destruirlos. ¿A ti te dieron la oportunidad de escoger un bando?

―Sabes que no.

―¡Pues a mí tampoco! ―susurró muy enfadada―. ¿Acaso puedes imaginar la razón de por qué Bêwestan me encerró en aquellas horribles mazmorras?

Él la miró un instante y negó con la cabeza.

―No, pero estoy seguro de que te lo merecías ―acabó diciendo para herirla.

―Merecer… Qué grande te queda esa palabra, errante.

¿Merecer, dices? ¿Es que yo me merecía convertirme en un monstruo sin ni siquiera haber vivido?

―Apretó con fuerza la mandíbula antes de continuar―.

Me arrebataron a mi familia. Helmet me eligió porque fui la única que plantó cara a uno de los suyos, a Bêwestan.

Mi osadía le divirtió tanto que, en vez de desangrarme hasta morir, me transformó en esta bestia que no ha tenido más remedio que obedecer durante siglos si no quería ser torturada.

―¿Es que quieres hacerme creer que Helmet os ha castigado a ti o a alguno de los vuestros?

―Sí, errante. Así ha sido ―dijo con los ojos inyectados en sangre.

―¿Piensas que vas a conseguir algo mintiéndome?

―No tengo por qué mentirte. El dolor que he sufrido en mi existencia desde mi conversión no se puede comparar con nada que hayas conocido.

―Por supuesto ―se burló de ella―. Ahora no solo mientes, sino que también pretendes que crea que tienes sentimientos. ¡Estás muerta, vampira! ―susurró, acercándose a ella de forma peligrosa.

―¡Sí, lo estoy! Pero tú también si no eres capaz de ver la desesperación y la verdad más absoluta en mis palabras.

Oskar se quedó en silencio para interiorizar lo que acababa de revelarle. La miró a los ojos y vio en ellos la misma impotencia que había conocido a través de las historias de sus mayores.

Si no fuera imposible, hubiera jurado que su mentón se había movido, como si intentara aguantar las lágrimas. Algo que no era tan descabellado, teniendo en cuenta que al principio de la noche la había visto llorar.

―¿Os… torturan? ―dijo sin más.

―No se permite la desobediencia.

―¿Y has desobedecido mucho?

―Demasiado. Te aseguro que, si me fuese posible olvidar, desterraría de mi mente estos deseos de libertad. Créeme, mi existencia sería mucho más sencilla si solo obedeciera, pero entonces olvidaría para siempre quien fui. Y eso no estoy dispuesta a hacerlo.

―¿De verdad querrías? ―agregó Oskar, escudriñando una vez más sus vivos ojos.

Nîga frunció el ceño, extrañada. No esperaba aquella pregunta tan personal. Bajó la mirada al suelo un instante y pensó con cuidado sus palabras. Al fin y al cabo, él seguía siendo el enemigo.