Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 5. SOMOS QUIENES SOMOS
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5. SOMOS QUIENES SOMOS

L as miles de estrellas en el firmamento que no fueron cubiertas por las espesas nubes acompañaron a Yngvar gran parte de la noche, puesto que solo había podido conciliar el sueño a intervalos.

En cuanto despertaba, la terrible realidad volvía a golpearlo con fuerza, haciendo de la vigilia un tormento insoportable.

Sin poder resistirlo ni un instante más, el errante se incorporó y apoyó la espalda en el tronco de un enorme roble y se arrebujó en su capa.

Notaba un nudo en las entrañas que era incapaz de entender.

Se sentía profundamente decepcionado, aunque aún no quería admitir el motivo, ni siquiera para sí mismo.

Se fijó, uno a uno, en los guerreros de la casa Eide y Volger. Todos estaban dando lo mejor de sí para rescatar a la princesa y también a su mejor amigo. Errantes fuertes, valientes y leales que no dudarían en morir por proteger a cualquiera de los suyos.

Por último, se detuvo en Borgervern, el jefe rastreador que había sido capaz de encontrarla.

A ella. A Alana. Se enfadó al momento al recordar sus palabras.

No tenía razón cuando insinuó que los celos hablaban por él.

Sus sentimientos hacia la Elegida se ceñían a la misma preocupación que tendría cualquiera de los suyos por defender la sangre que portaba. Nada más.

Cerró los ojos y respiró un poco más fuerte y profundo. La mentira no formaba parte de su lenguaje, por lo que no sabía qué lo estaba a empujando a engañarse de esa manera.

Sentía algo por ella… No. Sentía todo por ella, y no había nada más que añadir porque sobraban las palabras; sin embargo, tenía la mente repleta de pensamientos que lo estaban volviendo loco sobre que aún podía rescatarla.

Pero ¿de qué? El mal ya estaba hecho, solo esperaba que el bastardo del príncipe la hubiera desposado antes de robarle lo más preciado que tenía una mujer.

Su… Se detuvo al instante por haberlo insinuado en su mente.

«Ella no es y nunca podrá ser tu mujer», se dijo con severidad. Trató de mantener la posición, pero la rabia se lo impidió haciendo que sus músculos cobraran vida propia. Se frotó la cara con energía y acabó poniéndose en pie.

Aquel simple movimiento despertó a Borg, que entró en modo alerta al instante.

―¿Qué ocurre? ¿Has visto algo? ―preguntó el guerrero al tiempo que se llevaba la mano al cinto.

―Nada, no te preocupes. Solo es que ya he dormido suficiente.

―¿Suficiente? Más bien dirás que no has dormido nada.

―Te equivocas.

Borgervern se levantó sin hacer ruido y se acercó a su lado.

―Sabes que no. Aunque puedes estar tranquilo, no voy a importunarte con más comentarios fuera de lugar.

―Te lo agradezco.

―No obstante, estoy aquí si necesitas hablar.

―Dudo mucho de que se dé el caso.

―Yngvar, no trates de disimular conmigo. Nos separan miles de años de existencia, y te aseguro que puedo ver tu sufrimiento.

―Lo mejor será que vayas a la casa Sjaman cuando regresemos. Creo que empieza a fallarte la vista.

―Engañarse a sí mismo es sencillo… ―El joven clavó la mirada en la del experimentado rastreador, quien no pudo retener la sonrisa un instante―. Lo que intento decirte es que no puedes quitarle importancia a lo que sientes.

―Está claro que no sabes de lo que hablas. Yo no siento nada más que preocupación por la princesa y mi amigo.

―Ya… En eso coincidimos, puesto que son de los nuestros; pero tu mente no está con ellos, Knutsen ―añadió con voz grave.

―Y, según tú, ¿dónde está?

―En esa alcoba, donde la viste con él.

―No sigas por ahí. Tú y yo no nos conocemos tanto como para tener esta conversación. Además, nada de esto es de tu incumbencia.

―¿Sabes que nos caracteriza a los errantes?

Yng lo miró sin saber a dónde quería llegar. Le daba lo mismo que el compañero que tenía delante fuera el mejor explorador de todos los de su raza, pero no iba a pronunciar en voz alta lo que ni siquiera se había atrevido a decirse a sí mismo.

―¿Nuestra discreción? ―respondió con ironía.

―No, que somos uno. Nos ayudamos cuanto podemos y jamás dejamos sufrir a uno de los nuestros si está en nuestra mano darle algún tipo de consuelo.

―Yo no necesito nada de eso.

―Mientes, pero no seré yo quien te juzgue.

―Ah, ¿no?

Al ver su expresión, Borg sonrió un poco. No consideró necesario acabar con la paciencia del joven ni tampoco regañarlo por pretender ser algo que era imposible. Ese papel le correspondía a Eirik, y mucho se temía que su rey no iba a ser tan paciente con Yngvar como lo estaba siendo él.

―No, joven Knutsen.

―Puede que sea joven, pero no soy un ignorante.

―Malinterpretas mis palabras tanto como mis intenciones. Nunca me reiría de los sentimientos de un guerrero, y menos aún me burlaría de él por tenerlos. Amo profundamente a mi esposa y a mis hijos, así que no menosprecies mi ayuda y mi consejo.

―No pretendía ofenderte ―dijo con un tono más suave.

―Y no lo has hecho ―agregó, poniendo la mano sobre su hombro―. Solo quiero que entiendas que está bien apoyarse en un amigo, aunque no sea el que prefieres.

El alba comenzó a aclarar la mañana, señal de que pronto los suyos despertarían.

Ambos se giraron al ver movimiento en el pequeño campamento.

Los centinelas que habían hecho guardia los saludaron desde sus posiciones.

Llevaban un buen rato viéndolos hablar, pero ninguno de los dos se había acercado para no interrumpirlos.

Yngvar miró a Borg y asintió como agradecimiento a sus sinceras palabras.

―Aún no sé bien qué es lo que me está haciendo sentir miles de escorpiones en mi interior, y lo peor es que dudo mucho de que tenga la oportunidad de averiguarlo.

―Eso solo te lo puede aclarar Eirik.

―Jamás molestaría al rey con mis problemas personales, puesto que lo que se avecina es infinitamente más importante. ―Se mantuvo un instante en silencio―. Puede que nuestra vida no sea la que esperábamos, Borg, pero sí la que se nos ha presentado. No nos queda otra que lidiar con ella.

El rastreador lo miró pensativo. En cierto modo, el muchacho tenía razón.

Rara vez las elecciones que se tomaban acababan obteniendo el resultado deseado.

Por desgracia, lo había vivido en sus propias carnes demasiadas veces, sin embargo, la resiliencia de su raza para sobrellevar las vicisitudes con las que se enfrentaban era inigualable.

A pesar de las muchas situaciones complicadas que les enviaba el destino, ahí estaban ellos luchando para que el futuro fuese el que Eirik había visto en sus visiones.

Su amado rey nunca se equivocaba, así que sentía verdadera pena por Yngvar.

No había peor destino para un errante que el de no tener una pareja designada, pero jamás se atrevería a decírselo.

Aún tenía mucha vida por delante, y quién podía saber la pareja que se le tenía reservada.

―Sabias palabras, muchacho. Sin embargo, eso no significa que no podamos luchar por lo que queremos.

―Somos quienes somos, no podemos elegir.

―Te equivocas, Yng. Mi esposa no fue la que me designó Eirik en un principio.

―¿Cómo que no?

―Solo te diré que la que debía serlo falleció antes de tiempo en una de las batallas más cruentas en las que luchamos al principio de los tiempos. Muchos de los nuestros murieron, así como cuantiosas tropas de Abbadon y Helmet.

―Pensaba que una vez el rey veía a tu pareja, nada ni nadie podía impedir ese futuro.

―La mayoría de las veces es así, pero el mañana es incierto y maleable. El futuro no depende de una sola alma, ¿comprendes?

―Siempre se nos ha hecho creer lo contrario. Las visiones de…

―Las visiones son solo eso: visiones. Cree en ellas, pero no escojas tus actos exclusivamente para que se cumplan.

―Creía que ese era nuestro deber.

―Y puede que lo sea. Mi lealtad hacia Eirik es indiscutible; pero, como errante, también tengo la obligación de pensar por mí mismo.

¿Entiendes la diferencia? No somos esclavos, Yngvar.

Somos seres vivos que toman decisiones sensatas.

Al menos la mayor parte del tiempo ―añadió, sonriendo sin contenerse.

―Puede que tengas razón, pero ahora solo quiero cumplir con mi deber y acabar con esto. A ver si así podemos tener en algún momento una existencia que no se ciña a matar a todas las razas del infierno.

Vidar se acercó a ellos, intrigado por la conversación tan importante que parecían tener.

―¿Alguna pista? ―preguntó el de la casa Eide.

―De momento, no ―dijo Borg con un gesto más serio―. Yngvar y yo solo estábamos recordando el hogar y algunas batallas antiguas hasta que todos despertarais ―mintió el guerrero sin inmutarse para que no sospechara nada su superior.

―Buenos tiempos aquellos… ―Asintió, creyendo en la palabra de su fiel guerrero―. Bien, pongámonos en marcha. Falta más de una jornada para llegar al castillo. Los nuestros ya se han encargado de las provisiones, así que podemos irnos enseguida.

El grupo recogió el campamento y eliminó todo rastro de su paso por la zona.

Por fortuna, ninguna patrulla de vampiros había sido vista por los alrededores, así que tomaron camino hacia los dominios de Athelstan con la incertidumbre de si encontrarían allí a los suyos o, por el contrario, tendrían que adentrarse entre las tropas de su peor enemigo.

La mano derecha de Eirik pensó que, de ser así, sería necesario negociar.

En el improbable caso de que eso sucediera, solo disponían de una baza: el vampiro que tenían retenido.

Aquel interrogatorio había esclarecido mucho las intenciones de Abbadon, pero no estaba seguro de si un simple «No Muerto» serviría como moneda de cambio para un ser cuya sed de sangre era insaciable.

Oskar se puso en pie y se desperezó para estirar los músculos. Se había pasado gran parte de la noche vigilando, atento a cualquier mínimo ruido que proviniera del bosque y que le resultara sospechoso. Para su tranquilidad, no los habían descubierto en su guardia.