Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 4. HE DE QUEDARME #3
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4. HE DE QUEDARME #3

―Padre León… ―dijo con tal pena que él la miró extrañado. Se incorporó un poco y vio cómo los dos dibujaban una expresión de terror en sus rostros―. No… ¡No te acerques a nosotros! ―añadió mostrándole ambas manos para que no se moviera.

De pronto, él cerró los ojos y frunció los labios, como si de repente hubiesen regresado todos sus recuerdos.

La escaramuza. Los vampiros. El inmenso dolor en el cuello.

Las palabras de aquel maldito diciéndole: «Bienvenido, padre».

Después, todo estaba cubierto por una capa de tinieblas hasta que una imagen nítida de aquellos seres llevándose a Alana lo hizo ponerse en pie de un solo movimiento.

Los padres de la Elegida gritaron a la vez, pero el párroco fue tan rápido que ninguno de los dos pudo reaccionar. Avanzó hasta ellos y, al contrario de lo que pensaban que iba a hacerles, los abrazó.

―Jamás, ¿me oís? ―dijo sin separarse―. Jamás podría haceros daño. ―Su voz se quebró―. Jamás…

León se separó lo justo para dejarse caer de rodillas. Comenzó a sollozar y a rezar al mismo tiempo. Los dos se miraron sin saber qué hacer. Ver llorar sin consuelo al hombre que hasta ahora había sido su confidente y guia hizo que ella se apiadara de su sufrimiento.

Ante el estupor de su esposo, se puso de rodillas y abrazó al que consideraba su amigo, olvidando, por un momento, que era un depredador al que debía temer y del que debía huir.

―Lo solucionaremos, padre. Encontraremos la manera de revertirlo… ―dijo para consolarlo.

Leala, destrozada, lo abrazó mientras León apenas la rozaba con sus brazos.

Temía herirla. Conocía las leyendas que hablaban de la fuerza sobrehumana de los «No Muertos», también de la velocidad que imprimían a sus movimientos y su capacidad de ver y oír incluso a la distancia o a través de las paredes, de modo que prefirió no arriesgarse y simplemente la rodeó sin ejercer ninguna presión.

De algún modo, sentía que era capaz de hacer todo de cuanto había oído hablar, y, aunque su antigua discípula fuese más fuerte que cualquier otro ser humano, no quería lastimar a la que aún portaba la sangre de Jesús en sus venas.

Mientras se secaba las lágrimas con el puño, eliminando la posibilidad de ver que ya no eran las de un humano, se dio cuenta de que pensar en ello había sido un tremendo error.

Sin Leala esperarlo, se separó de ella con tanta fuerza que se vio empotrado en la pared, haciendo un enorme hueco en el que incrustó su propio cuerpo.

La madre de Alana gritó por la sorpresa.

Fairfax acudió a su lado en cuanto fue consciente de lo que había sucedido.

Ambos miraron a León, cuyas facciones habían cambiado de forma notable.

Su mirada transmitía muerte, y mostraba sin disimulo los blancos colmillos mientras su expresión no dejaba dudas de lo que necesitaba.

―¡Marchaos! ―gritó con una voz grave que parecía provenir del mismo infierno.

La pareja no se lo pensó dos veces y corrió hacia el pequeño salón. En el último momento, Leala sintió como si algo tirara de ella hacia atrás mientras le decía que no debía abandonarlo.

Justo antes de que su esposo alcanzara la puerta, se detuvo en seco para que no se marchara.

―No, Fairfax ―dijo soltando su mano.

―¿Qué haces, mujer? ¡Vámonos de aquí ahora mismo! ―insistió él, sujetándola para que no se volviese.

―No puedo. Me dicen que no puedo.

―¿Quién? ¿Quién es el que te habla?

―Mi Alto Guardián. He de quedarme…

―¿Y morir? ―gritó sin pensar en que el párroco iba a oírlo. Señaló hacia la alcoba e insistió―: ¿Crees que te dejará escapar? ¿Es que quieres que te muerda y convertirte en uno de ellos?

―Mi vida le pertenece a ÉL, ¡no a ti ni a mí misma!

―Pero ¿qué estás diciendo?

―Sé que no puedes entenderlo, no obstante, es lo que debo hacer. ¡Es mi deber! ―insistió desesperada―. O te quedas y me ayudas o te vas. Elige, pero no me detengas.

Él la miró con tal incredulidad que ella acabó añadiendo:

―He de volver a su lado…

Pese a que los ojos se le llenaron de lágrimas, la expresión de determinación en su rostro no cambió en absoluto. Iba a entrar en esa habitación, y él no podría impedírselo.

―Te amo más que a mi vida, Leala. Si he de morir, no habrá mejor lugar que junto a ti. Vamos.

La barbilla de la Portadora tembló al escuchar sus palabras.

Fairfax se acercó a ella y la besó como si esa fuese la última vez.

Si aquel era el final de ambos, que el dios de ella los acogiera; aunque, en ese momento, lo odiase con todas sus fuerzas.

Por su culpa, su familia estaba rota. Alana, desparecida.

Wade, a casi un día de camino. Ahora solo se tenían el uno al otro, y estaban a punto de acercarse a la misma muerte.

Decidido, la sujetó de las mejillas.

―Si intenta morderte, juro por el cielo que lo mataré ―dijo muy serio con los latidos retumbándole en los oídos.

―Si intenta morderme, lo mataré yo misma.

Ambos asintieron y se dirigieron a la alcoba donde el padre León golpeaba el suelo con saña. Odiaba con todas fuerzas en lo que se había convertido, pero más que nada lo que su cuerpo le exigía: beber sangre cuanto antes y sin restricciones.