Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 4. HE DE QUEDARME #2
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4. HE DE QUEDARME #2

Oskar sintió que alguien lo observaba y se giró hacia ella.

La expresión de preocupación de Thyra le resultó extraña, no obstante, la errante se obligó a sonreír para dejar a un lado sus temores.

Él le devolvió la sonrisa y le hizo un gesto con los ojos para que tratara de dormir.

La princesa asintió y cerró los ojos. Debía dejar de imaginar finales terribles y centrarse.

Primero, en que llegarían a Felsted y Alana volvería a ver a sus padres y, segundo, en que todos partirían uno o dos días después hacia el campamento de los errantes.

Temía la reacción de su propio padre, pero lo hecho, hecho estaba.

Ahora solo quedaba por saber qué ocurriría con la Elegida y el Destino, que, en ese momento, era más incierto que nunca.

Aún no había amanecido cuando Leala se despertó sobresaltada por una pesadilla.

Tardó unos instantes en recobrar la consciencia porque su mente aún se hallaba en aquellas mazmorras donde tenían encerrada a su hija.

Suspiró al darse cuenta de que solo había sido un mal sueño, sin embargo, la sensación de que le había parecido muy real no le permitió continuar descansando.

A pesar de la escasa la claridad, decidió levantarse. No sabía cómo había pasado la segunda noche el enfermo y mucho temía que, si no había abandonado este mundo ya, le faltaba poco.

Al entrar en la habitación, vio a su querido esposo, que cabeceaba en una silla junto al lecho que ocupaba un moribundo padre León. Se acercó a él y lo tocó en el hombro.

―Fairfax, casi ha amanecido ―dijo en voz baja.

―¿Eh? ―carraspeó varias veces mientras se frotaba los ojos―. ¿Has descansado?

―Sí, vete a dormir a la cama. Yo cuidaré de él. ¿Cómo ha pasado la noche?

―Como el día de ayer, durmiendo. Cada vez respira más despacio.

Leala se acercó a la cabecera, le tocó la frente y debajo del mentón.

Se apenó al notar cómo el calor de su cuerpo casi lo había abandonado.

Le retiró con cuidado el emplaste y se sorprendió al ver que la herida había desaparecido.

Tan solo quedaban los restos del ungüento que le colocó la tarde anterior.

Miró a su marido y levantó los hombros sin entender cómo había ocurrido tal milagro.

―Pásame un paño limpio ―dijo, extendiendo el brazo.

Fairfax le dio el lienzo enseguida, ella lo empapó con agua limpia sumergiéndolo en la jofaina que había dejado en una silla al lado de la cama.

Después, limpió la zona y se quedó sin palabras al ver que no quedaba señal alguna de la dentellada.

Su piel había sanado por completo y no mostraba ninguna cicatriz.

Leala dejó caer el paño y se cubrió la boca con las manos. De sus labios se escapó una exclamación de puro terror.

―¿Qué ocurre? ―preguntó su esposo sin entender su reacción.

―No tiene ninguna herida.

―Eso no es posible.

El campesino rodeó la cama a toda prisa. Ella lo miraba con los ojos aterrados. Con sumo cuidado, al ver que era incapaz de moverse ante lo que aquello significaba, la apartó.

―¡No te acerques! ―consiguió balbucear.

―Tranquila, no pasará nada.

Fairfax se agachó un instante para revisar aquellas incisiones, pero su sorpresa fue que no estaban.

Ella tenía razón. Pensó un momento en la cataplasma que le había aplicado la noche anterior, pero era imposible que aquella mezcla de hierbas tuviera la capacidad de cerrar la carne castigada con tanta saña.

De pronto, el enfermo exhaló levemente. Se pasó la lengua por los dientes superiores y elevó los labios, como si el mero roce con su carne le molestara. El hombre a su lado echó un paso atrás sin decir una sola palabra, pero se giró con los ojos muy abiertos hacia su esposa.

―¿Qué ocurre? ―atinó a decir, pese a que estaba muy afectada.

―Sus… Sus…

Leala inspiró para alejar el temor de su pecho. Aún portaba la sangre de Cristo, así que estaba segura de que ÉL la protegería ante cualquier eventualidad. Claro que no estaba preparada en absoluto para lo que iba a ver a continuación.

Avanzó un paso y volvió junto a la cama.

El párroco seguía con los labios separados y sus enormes colmillos declaraban alto y claro que había dejado de ser humano.

Aún mantenía los ojos cerrados, pero sus párpados se movían con rapidez.

Ella no sabía si estaba soñando o luchando contra su propia transformación, pero ya era tarde.

Había perdido la batalla contra el mal, y ahora su sangre estaba infectada con la podredumbre del peor enemigo que existía sobre la tierra.

―Es uno de ellos ―susurró apenada, aguantando las lágrimas.

―¿Entonces…? ―dejó Fairfax la pregunta en el aire.

―No le mordió un animal, sino un «No Muerto».

―¿Estás segura?

―No hay duda. Su herida ha desaparecido y sus colmillos… ―Se giró hacia su esposo con la determinación en la mirada―. Hemos de acabar con él.

―¿Acabar con él? ―repitió sus palabras―. ¡Es el padre León! ―exclamó horrorizado.

―No, ya no lo es ―declaró con un nudo en la garganta―. Ahora se ha convertido en un ser que masacrará a cuanto humano se le cruce por delante. Si le perdonamos la vida, terminará por alimentarse de todos nosotros. Mi único consuelo es que Wade está con tus padres, sin embargo, Alana…

―¿Qué ocurre con ella?

―¿Y si regresa, Fairfax? León ahora forma parte del ejército del enemigo, pertenece a la oscuridad. Además, ¿qué otra solución nos queda? Si flaqueamos y lo dejamos sobrevivir, obligaremos a nuestra hija a matarle. ¿Es eso lo que quieres? ―preguntó desesperada.

Una leve queja procedente del párroco los hizo volverse. Por fin había abierto los ojos y su expresión nada tenía que ver con la del hombre que una vez fue.

―¿Qué me ha ocurrido, Leala? ―preguntó despacio para no asustarlos. Había oído las últimas palabras y no salía de su asombro.

La pareja reaccionó caminando hacia atrás y se colocó a los pies de la lecho con la falsa esperanza de que fuesen más rápidos que él si decidía a levantarse de golpe.