Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 4. HE DE QUEDARME
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4. HE DE QUEDARME

L a noche avanzó sin ningún percance. Una vez decidieron el orden en que harían guardia, Thyra se encargó de la primera.

En realidad, estaba tan cansada que no podía dormir, así que se había ofrecido voluntaria.

Conforme pasó el tiempo, el frío comenzó a hacer mella en su rostro.

Miró con cierto pesar la hoguera ahogada por la tierra húmeda.

Poco antes, nada más acabar con las presas, se decidió que lo más sensato era apagarla.

Su posición podía ser descubierta con facilidad por cualquier vampiro o incluso por los sibilinos tvillinger, de los que Alana les había hablado al contarles el ataque que los obligó a partir hacia las cuevas.

La princesa se arrebujó en sus ropas y miró al cielo.

Suspiró al ver la luna creciente y lo que implicaría para su futuro la próxima luna llena.

Sus vidas se habían complicado de manera preocupante, sin embargo, Oskar y ella debían volver al campamento lo antes posible para formalizar los pasos del ritual del sjelevenner .

Cerró los ojos un instante y observó cada detalle a su alrededor para asegurarse de que todo seguía en calma hasta que se detuvo en el errante al que se uniría para siempre. Su respiración era pausada y su cadencia constante. No tenía ninguna duda, estaba durmiendo.

No pudo evitar perderse en el perfil de su bello rostro, en sus largos cabellos dorados, que caían sobre sus hombros. Dibujó una bonita sonrisa al darse cuenta de que, sin ni siquiera haber completado la unión, ya lo amaba sin reservas.

Se llevó la mano a la frente y dejó escapar el aire entre sus labios. Seguía sin entender cómo habían llegado a esa situación desesperada en la que aquella de la que debía cuidar con su propia vida había acabado convertida en alguien de la que no estaba segura de poder fiarse.

Enfadada por la situación, se sumió en el pensamiento repetitivo de creer que todas sus predicciones desde pequeña habían sido erróneas.

Y, si eso era cierto, no sabía cómo iba a afrontar un futuro en el que, pese a verlo con nitidez en su mente, no era capaz de creer.

Ser consciente de que ya no podía confiar en sí misma la aterrorizó tanto que tuvo que dejar de pensar en ello.

Nîga miró en su dirección, puesto que no dejaba de removerse. La princesa se giró hacia ella. Al ver su expresión, le hizo un gesto para que continuara durmiendo. La acólita de Helmet apoyó la cabeza en su antebrazo y cerró los ojos.

Thyra se quedó un instante ensimismada en la belleza de la vampira y en su rostro aniñado.

Un sentimiento de protección hacia ella la sorprendió y preocupó al mismo tiempo.

Puede que el vínculo que ahora la unía a la Elegida fuese la razón de aquel extraño instinto.

Se sacudió esos pensamientos y decidió prestar atención a lo que verdaderamente importaba: mantener a todos a salvo hasta el siguiente relevo.

Bien pasada la medianoche, la quietud del bosque se volvió una trampa para los sentidos. Cualquier leve sonido podía significar que estaban en peligro, pero la errante mantuvo la calma y acabó su guardia sin más acompañamiento que el ulular de los búhos.

Cuando la luna llegó a la altura que habían acordado, se acercó a su prometido para despertarlo.

Él le dedicó tal sonrisa que la hizo estremecer.

La errante se regañó severamente porque no era ni el momento ni el lugar para dejarse llevar.

Pese a todo, y por mucho que intentó parecer indiferente, su rostro la traicionó y acabó ruborizándose.

Por suerte, la luz era demasiado escasa para que el guerrero lo viera, aun así, percibió que ella estaba aguantando la respiración.

Se puso en pie con facilidad sin hacer ruido. Después, la sujetó del antebrazo y se pegó a su cuerpo para que solo ella pudiera oírlo.

―¿Por qué me has mirado así? ―susurró en su oído para ponerla aún más nerviosa.

―No te he mirado de ninguna manera, vanidoso ―contestó algo molesta.

―Qué lástima, pensaba que lo habías hecho al darte cuenta de que yo sí te estaba mirando de una forma… diferente.

―Ah, ¿sí? Pues no lo he notado ―agregó de forma atropella―.

De todos modos, guarda a buen recaudo tus pensamientos indecorosos.

Aún no ha llegado nuestro sjelevenner , y no pienso sucumbir ante tus dulces palabras como si fuera una joven humana.

―Su voz sonó algo tirante, aunque tuvo que girarse para no sonreír.

Thyra caminó un par de pasos, pero él la detuvo sujetándola con delicadeza de los hombros. El calor de sus manos la atravesó y la hizo volverse.

La diferencia de altura era demasiado notable, pero eso no impidió que él bajase la cabeza y que ella se irguiera para perderse en sus ojos.

―Sé que aún falta demasiado para ese día, pero quiero que sepas que haré lo imposible para que podamos completar nuestra unión. No hay nada que desee más en esta oscura y fría tierra que nos acoge que convertirme en tu ektemann [6] para el resto de mi vida.

Thyra entreabrió los labios tratando de respirar.

Jamás había oído palabras más sinceras, por lo que la declaración de aquel errante, que encerraba el más puro y sincero amor, aniquiló todas sus defensas.

Saber que el Destino no había intervenido en sus corazones y que la contacto de sus cuerpos no habían determinado que debieran amarse hasta la eternidad logró que los ojos de la princesa se empañaran.

Oskar se acercó un poco más. Con un cuidado extremo, rozó su mejilla con los dedos, como si Thyra fuese a romperse o a desaparecer nada más tocarla.

Apretó la mandíbula con fuerza, luchando contra sus propios sentimientos.

Ella simuló que no le había afectado aquel contacto, aunque volvió a aguantar la respiración porque, si llegaba a moverse lo más mínimo, se lanzaría a su boca para perderse en ella y descubrir qué fuego escondía en su interior.

Él adivinó sus pensamientos, sin embargo, no sucumbió a ellos.

Haciendo acopio de toda su determinación, por segunda vez, tragó espinas para continuar respetándola tal y como exigía la tradición.

Incapaz de no reaccionar ante aquella situación que lo estaba volviendo loco, sonrió.

Al fin y al cabo, el Destino se reía de ambos.

Allí, en mitad de la noche, acompañados de la misma muerte y de la sangre del Creador, debían separarse.

Un paso atrás para no desequilibrar el futuro, la existencia de los suyos y la vida misma, pese a que ninguno sabía por qué su unión era tan sumamente importante.

La princesa dejó escapar una lágrima, que él barrió con su pulgar al tiempo que dejó escapar un suspiro. La atracción que sentían el uno por el otro era incontrolable. Ambos deseaban unir sus labios y cobijarse en ellos hasta el amanecer; pero, de momento, eso no iba a suceder.

―Me muero por besarte, Thyra.

―Y yo me muero porque lo hagas.

―Menos de una luna para saber qué ocurrirá después ―susurró el de la casa Isaksen con el corazón retumbando con fuerza y la sangre abrasando sus venas.

―Te aseguro que la espera va a ser un verdadero tormento. Debemos regresar o no llegaremos a tiempo. Y, si eso sucede, juro que no sé si podré esperar.

―No me tientes, princesa.

―Considérate tentado, guerrero.

Nîga se puso en pie y se acercó a ellos, rompiendo así el momento más íntimo que habían compartido hasta entonces.

―¿Podéis arrancaros la ropa de una vez y dejarme dormir? ―dijo con brusquedad―. Vosotros os habéis alimentado, pero yo no; así que no estoy de humor para oíros hablar de amor. Llévala detrás de esos árboles y hazla tuya, ¡pero en silencio!

Oskar se colocó delante de Thyra y la cubrió con su cuerpo para defenderla de cualquier posible ataque por parte de la vampira.

―No seas ridículo, por favor ―agregó ella con una mueca de incredulidad.

―No lo soy ―respondió muy serio―. Puede que la Elegida confíe en ti, pero yo no; así que, cuanto menos te acerques a nosotros, mejor será.

―Por mí, encantada ―ironizó la «No Muerta», poniendo los ojos en blanco. Volvió a su lecho improvisado y se tumbó refunfuñando.

Oskar se giró hacia la princesa con una expresión de determinación. El momento había pasado y no era buena idea regresar a él.

―Vete a dormir, yo velaré tu sueño.

Ella asintió. Bajó la mirada y ladeó la cabeza. Sin pensárselo dos veces, tiró de las ropas del guerrero para ponerlo a su altura. Se acercó a su oído y susurró:

―Pronto yo velaré el tuyo o, simplemente, te lo arrebataré.

Él iba a decir algo, pero no pudo porque sintió un instante los labios de Thyra en su mejilla. No fue un beso, sino un simple roce. Un maldito leve roce que hizo estragos en su cuerpo.

Ella sonrió para sí y buscó dónde poder echarse.

Una fina capa de hojas heladas tendría que valer como cama durante el resto de la noche.

Antes de cerrar los ojos, lo miró. Ahora, Oskar había ocupado su lugar para vigilar el pequeño campamento y la observaba de la misma forma que un cazador espera con paciencia atrapar a su presa, solo que ella no deseaba correr para salvar su vida, sino para unirse a él lo antes posible.

Soñó con que sucediera antes de la luna llena.

Antes de que su mente le jugara una mala pasada y rompiera la promesa de mantenerse pura hasta el sjelevenner.

Algo que le parecía innecesario cuando todo su cuerpo rogaba por unirse al de su amado, al errante que le entregaría su vida sin pensarlo y por el que ella misma iría hasta las puertas del infierno de Mørket para derribarlas si se encontrara allí dentro.

Un escalofrío la recorrió al pensarlo. No sabía por qué se le había ocurrido tal atrocidad, así que se volvió hacia su prometido y observó cómo él miraba la luna.

Una estrella fugaz cruzó el firmamento, como una advertencia.