Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 3. HEMOS DE PARTIR HACIA EL ESTE #3
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3. HEMOS DE PARTIR HACIA EL ESTE #3

―Sí. Todos contamos con esa habilidad, y la experiencia que poseo no induce a error.

El príncipe morirá a lo largo de la noche y renacerá como uno de nosotros.

Procurad tener cerca a varios hombres para que se alimente.

Dado que su creador lo ha dejado a su suerte, mi consejo es que aviséis a mi señor cuando despierte.

Los neófitos son muy peligrosos e impredecibles.

El rey miró a Landon, que asintió al verse desbordado con la situación tan complicada en la que estaban envueltos.

―Os agradezco vuestra ayuda ―dijo el inglés, que se encontraba exhausto por la preocupación―. En cuanto suceda, mandaré un sirviente a su alcoba.

Qil agachó la cabeza un instante y se dirigió a la puerta. Antes de salir, impulsado por aquella mínima parte de humanidad que aún albergaba su corazón, se dio la vuelta.

―Él será uno de los nuestros ―repitió―. No os preocupéis, de algún modo, vivirá.

―No queráis engañarme. Mi hijo se convertirá en un muerto que caminará sobre la tierra para siempre. Se alimentará de sangre humana y quién sabe si terminará por aniquilarnos a todos por mi descabellada decisión de ir contra Dios y pactar con el diablo.

―Tenéis razón, fue vuestra decisión. Elegisteis que vuestra codicia pesaba más mucho más que el dolor de perder a un hijo.

A mí sí que no me engañáis, Athelstan. El acuerdo con el duque es lo que más os importaba.

Sí, habéis hecho un pacto con el mismísimo diablo, y os pasaréis el resto de vuestra vida arrepintiéndoos por vuestro error.

Youngblood se llevó la mano al cinto para sacar la espada. El rey iba a llamar a la guardia cuando el vampiro se acercó a ellos en un suspiro y los obligó a olvidar sus últimas palabras. Después de liberarlos, se acercó a la puerta.

―Lamento la situación en la que os encontráis ―cambió su respuesta―. Como os he dicho, avisad a mi señor cuando todo haya terminado.

Asintió una vez y salió de la alcoba. Del mismo modo que había hecho con los dos, susurró una orden a los soldados, que volvieron en sí al momento. El mismo que antes le había dicho que no podía entrar, le insistió en que debía irse.

Qil simuló acatar su mandato y regresó al pasillo de camino a la alcoba de Helmet.

La situación iba un poco más lenta que lo que esperaba, pero, tarde o temprano, Alistair sería un vampiro bajo el yugo de Abbadon.

Uno más al que tendría que matar en un futuro porque todos estaban destinados a desaparecer, pero él no lo haría hasta acabar con la estirpe de su enemigo.

Llamó dos veces a la puerta y entró. Se sorprendió al ver que todos seguían en la misma posición.

―¿Y bien? ―preguntó Helmet.

―Abbadon se ha marchado y lo ha dejado a su suerte. El rey os avisará en cuanto suceda. Le he advertido del peligro que corren si no lo alimentan a tiempo. Solo puedo deciros que acabará transformándose, pero el proceso va mucho más lento de lo que esperaba.

Helmet ladeó la cabeza al escuchar a su guerrero. Aquella revelación era sorprendente, y no tan insignificante como pensaban.

―Bueno, Bêwestan, parece que quizás tengas razón. El heredero estaba muy débil, aunque eso no tendría que suponer ningún problema. A estas alturas, ya debería haber cambiado.

―Tal vez tu ponzoña sea más fuerte que la suya. ¿No lo has pensado alguna vez? ―dijo Bêw con una mueca de satisfacción.

―No. Pero, si es así, es una circunstancia que debería celebrar.

―Formó su típica mueca parecida a una sonrisa―.

¿Sabéis qué implicaciones habría? Si mi ponzoña es más fuerte que la suya ―repitió las palabras de ella―, significaría que, de algún modo, soy más poderoso que él.

Si eso fuera real… ―Se quedó en silencio sopesando lo que aquello supondría en un enfrentamiento cara a cara.

―Helmet ―intervino Xwîn―, si eso es verdad, puede que los nuestros sean más fuertes. ¿Es posible? ¿Crees que es posible? ―insistió pensando en todo lo que habían luchado un bando contra otro a lo largo del tiempo.

Los tres vampiros miraron a la mano derecha de su señor con una mezcla de curiosidad y esperanza. Qil y Bêw se acercaron a su líder, y Wêranker se puso en pie para colocarse junto a él.

Todos esperaron aquella respuesta como si su existencia dependiera de ello. Y, en cierto modo, lo hacía.

―«Hijos míos» ―comenzó―, no puedo confirmároslo.

Os aseguro que la noticia es tan sorprendente para mí como para vosotros.

Nunca habíamos reparado en eso, puesto que nuestras preocupaciones siempre estaban centradas en otros asuntos.

―Miró a los cuatro mientras formaba una verdadera sonrisa―.

Si es cierto que la sangre de Abbadon es más débil que la mía, significa que yo no soy el segundo creado como siempre me han hecho creer.

―Todos pensábamos que así era ―se pronunció Wêranker, adelantándose un paso―. ¿Por qué habría de engañarte Mørket? ¿A todos nosotros?

―Eso no lo sé, pero ha llegado el momento de dejar esta inútil búsqueda y de pedir explicaciones. En cuanto el príncipe se transforme, nos iremos. Hemos de partir hacia el este. Volvemos a casa.