Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 3. HEMOS DE PARTIR HACIA EL ESTE #2
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3. HEMOS DE PARTIR HACIA EL ESTE #2

Mientras aguardaba la respuesta de Bêwestan, recordó que él mismo había sido testigo de cómo Helmet la había convertido cerca de dos siglos después de que los transformara a ellos cuatro.

Nunca supo la razón de por qué lo hizo; aunque tampoco preguntó, puesto que, por esa época, no había cuestionado aún ninguna de las decisiones de su señor.

Eso no significaba que en el momento presente lo fuese a hacer, pero la experiencia y los milenios vividos le habían dado una nueva perspectiva de lo que estaba dispuesto a aceptar.

Posó sus ojos en Wêranker, que elevó las cejas en señal de que tampoco era capaz de creer que una de las mejores soldados que engrosaban el ejército de la casa Drăgoi fuese a dejarlos así como así.

―Lo estoy, Xwîn. Ella misma me confesó que había una facción insurgente escondida en alguna parte que acogía a vampiros desertores. Me dijo que quería ser libre, que estaba cansada de esta vida y que ansiaba vivir lejos de todo lo que conocía.

Helmet dibujó media sonrisa y se revolvió en el sillón. Volvió a cambiar la postura y frunció los labios. Aún no había decidido qué iba a hacer con su favorita. Nunca había dado signos de que alguno de ellos ocupara un lugar privilegiado frente a los otros, sin embargo, así era.

El recuerdo de por qué la eligió para llevar esa «vida» lo transportó a un pasado al que era mejor no volver.

―¿Qué hacemos con ella, señor? ―volvió a preguntar Bêw, incapaz de aceptar la deserción a esas alturas de su existencia.

―Vamos a dejarla disfrutar de su estancia un poco más…

Xwînxwar bajó la mirada al caer en la cuenta de que dos errantes seguían encerrados en las mazmorras.

Con los problemas en los que se habían visto envueltos para rescatar al príncipe, había olvidado por completo comentarle la situación a Helmet; pero no podía engañarse.

No había informado antes porque las represalias recaerían directamente en Wêranker.

Aunque tal vez ella hubiese disfrutado de los castigos, no estaba dispuesto a que nadie mancillara su cuerpo de ninguna forma en la que él no fuera partícipe.

Sin poder evitarlo, miró a la vampira que lo tenía comiendo de su mano.

Se extrañó al ver que ella mostraba una expresión seria, una de preocupación y no de indolencia.

Mientras su señor repetía parte de la conversación que habían mantenido, él le hizo un gesto con la cabeza para darle a entender que tenían que solucionar el problema de los prisioneros.

Wêr elevó de forma casi imperceptible una comisura para darle a entender que tenía razón.

Xwîn se tocó el mentón y asintió levemente. En cuanto pudieran salir de allí, lo primero que harían sería bajar a las mazmorras. Debían decidir qué hacer con los guerreros de Eirik.

―… Bueno, dejemos a Nîga a un lado ―concluyó Helmet―. Ahora centrémonos en Alistair. Ya ha pasado un tiempo prudencial y creo que deberíamos saber cómo lo está llevando.

Todos asintieron.

―Yo me encargo ―dijo Qiloçker al momento. Estaba tan enfadado que necesitaba salir de aquella alcoba o acabaría gritándole a Bêwestan delante de todos.

El líder de la casa Drăgoi ladeó la cabeza en señal de aceptación.

Qil abrió la puerta y caminó por los amplios pasillos hasta llegar a la estancia del príncipe.

Apostados a ambos lados de la entrada, había cuatro soldados.

El vampiro sonrió para sí porque ninguno de ellos suponía un reto.

Si no tuviera que rendir cuentas, acabaría con todos en pocos instantes; pero ese no era ni el momento ni el lugar adecuados para desgarrar gargantas por el mero hecho de sentir una ira descomunal.

Se acercó a los hombres del rey e inspiró como antaño para tranquilizarse un poco.

―Mi señor me envía a interesarse por el príncipe. Dejadme pasar.

―Nadie puede cruzar esta puerta ―dijo el que parecía tener mayor rango de los cuatro.

Qil, al que la paciencia había abandonado nada más oír las declaraciones de Bêwestan, los obligó a mirarlo. A una velocidad de vértigo, consiguió someter a cada uno. Una vez que los soldados se quedaron petrificados, él abrió la puerta sin llamar.

La escena que presenció le era conocida. Familiares con rostros demudados de preocupación ante la posibilidad de perder a un ser querido. Él mismo había estado hacía siglos en su lugar. Solo por ese motivo, tuvo la decencia de esperar a que el rey hablase.

―¿Qué queréis? ―dijo Athelstan con la voz cansada. Youngblood ni se giró, estaba demasiado ocupado humedeciendo el paño en agua que acababa de quitarle de la frente al heredero.

―¿Cómo está? ―preguntó acercándose a ellos.

―No lo sé ―reconoció el rey abatido.

―¿Dónde están Abbadon y los suyos?

―Se han marchado. Me aseguró que volverían en dos días. Ha dejado a mi hijo en este estado y lo ha abandonado a su suerte.

Qil asintió. No le extrañaba en absoluto, pero esa información no le iba a servir de nada a aquel padre que rogaba porque su vástago se salvara de algún modo. Aunque fuera convirtiéndose en un ser despiadado y letal.

―¿Me permitís…? ―pidió el vampiro para echarle un vistazo.

―Por favor. Landon, deja que lo vea.

La mirada de ruego del capitán le hizo comprender que la situación era agónica. Puede que la ponzoña del de la casa Ursu no fuera tan poderosa como su señor creía.

Tras apartarse Youngblood, Qil se acercó a la cabecera.

Alistair tenía muy mal aspecto. Su tez estaba azulada y respiraba con mucha dificultad.

Sin duda, la transición no estaba siendo un camino de rosas para el heredero.

Miró al rey y le pidió permiso para tocarlo.

Athelstan aceptó sin rechistar. Lo primero era que el príncipe sobreviviera, ya acabaría con cuanto «No Muerto» encontrara en su camino más tarde.

Qiloçker apartó el paño y secó su frente con otro limpio. Cerró los ojos y puso las manos en el pecho del joven. Después, las llevó a su garganta y esperó. Asintió varias veces y se volvió hacia ellos.

―No temáis, el proceso está siendo más lento de lo esperado, pero solo porque estaba muy grave. Su corazón se está parando de la forma adecuada y su temperatura va descendiendo según lo normal. Aún falta para que se complete el cambio…

―¿Cómo podéis estar tan seguro? ―lo interrumpió Athelstan, con la mirada fija en su primogénito.

―Porque sus latidos han bajado a quince.

―¿Eso qué significa? ¿Sois capaces de oír su corazón?