3. HEMOS DE PARTIR HACIA EL ESTE
H elmet entró en su alcoba seguido de sus cuatro fieles vampiros.
Se dirigió directamente a la chimenea y apoyó las manos en la repisa labrada.
Una sola pieza de madera con intricados relieves que relataban una historia de una tarde de caza.
Sus ojos se posaron en la figura de un pequeño cervatillo que formaba parte de un conjunto de cuatro piezas.
Si hubiera sido humano, tal vez la hubiera cogido para después lanzarla con todas sus fuerzas contra el suelo.
O, quizás, llevado por la ira que sentía dado lo que acababa de presenciar, hubiera destrozado los muebles.
Sí, con seguridad, en otra época habría tratado de hacer entrar en razón a un rey que estaba a punto de desequilibrar la balanza y quién sabe si de poner en peligro su legado.
Pero esa pasión que una vez sintió por la justicia había desaparecido de su corazón hacía mucho, así que se ciñó a bajar la mirada a los troncos que ardían en el hogar y a pensar en cómo iba a actuar tras la insensatez cometida por Abbadon.
―¿Qué quieres que hagamos? ―preguntó Xwînxwar, que conocía demasiado bien a su señor como para seguir al pie de la letra la afirmación que le había dicho al rey en un momento de incertidumbre.
―Aún no lo sé ―respondió al fin―. Athelstan ha cometido un gran error al cerrar ese trato con la rata de mi «hermano».
―¿Crees que el heredero vivirá? ―preguntó Bêwestan, quien no dejaba de darle vueltas a por qué el príncipe se había desposado con aquella joven cuando bien podría haberla forzado sin más para ahorrarse todo aquel embrollo.
Helmet se dio la vuelta y repasó con la mirada a los cuatro, deteniéndose después en ella.
―No dudo de que lo conseguirá.
―¿Incluso con lo mal herido que se encuentra y la cantidad de sangre que ha perdido? ―insistió Bêw. Pese a todo lo que ya había visto y vivido, seguía renegando de que fuese posible arrancarle a la muerte un humano casi desangrado.
―He de confesar que me resulta muy curiosa tu pregunta después de cuanto has presenciado desde tu transformación. Esto me hace pensar que quizás te resulta difícil aceptar la realidad o que, por el contrario, reniegas de ella.
―No era mi intención ofenderte ―se disculpó bajando el mentón, mirando hacia el suelo.
―No me ofendes, solo me llama la atención que aún dudes.
Él y yo somos hijos de Mørket, así que nunca pongas en tela de juicio nuestras capacidades.
Solo nosotros ostentamos ese poder. Me sorprende que, de pronto, hayas olvidado que ambos hemos arrebatado muchas almas al borde del abismo para mantenerlas entre la vida y muerte por siempre, «hija mía» ―dijo para recalcar su poder sobre ella.
En realidad, sobre todos, puesto que la sangre maldita con la que los había infectado hacía que cada uno portara el legado oscuro de su creador.
Tras entrecerrar los ojos un instante, volvió a mirar a su prole formando su típica sonrisa indescifrable y aterradora para los humanos, aunque no para los suyos.
Acabó en Bêwestan, quien asintió para darle a entender que había asimilado sus palabras.
―Tienes razón. Reitero mis disculpas ―reconoció ella. Él hizo un gesto con la mano para quitarle importancia―. Hay algo que me intriga ―prosiguió como si nada―. Estoy pensando… ¿Crees que el rey cumplirá su palabra y matará a la chica?
―¿Y a ti qué más te da? ―intervino Wêranker, sentándose en el suelo tras pedir la venia a su señor―. No irás a decirnos que ahora te preocupas por la comida ―añadió en tono burlón.
―Por supuesto que no ―Bêw simuló una sonrisa―, pero tenemos el problema añadido de que la he metido en la misma celda que a Nîga. Quizás a estas alturas ya ha acabado con ella y, sin pretenderlo, le hemos ahorrado un quebradero de cabeza al rey.
―¿Qué estás diciendo? ―La expresión de Qiloçker dejaba claro que no tenía idea de lo que estaba hablando.
Xwîn y Wêr también la miraron sorprendidos.
Ambos sabían que su deber, como el de cualquiera de ellos, era el de informar de inmediato sobre cuestiones importantes.
Que una de las yekem [5] hubiese decidido desertar del ejército de Helmet, sin duda, no era una situación cotidiana; por lo que ninguno entendió qué era lo que la había llevado a actuar de aquel modo.
―¿Por qué la has encerrado sin comunicárselo a Helmet o al menos a mí para tener constancia que de habías regresado con ella?
Qiloçker estaba muy enojado por haberlo mantenido al margen, pues había tenido tiempo de sobra para contárselo.
Bêw no movió ni un músculo, pero supo enseguida que sus palabras escondían mucho más que una simple queja por haberse saltado la regla ineludible para ese tipo de casos.
El resto de los presentes no se dio cuenta de que esa reprimenda por su comportamiento se debía a que su relación había dejado de ser un simple juego para ambos.
Que ella no hubiese contado con él en ningún momento había herido el orgullo del vampiro que, al caer en la cuenta de que ni siquiera había tenido la cortesía de avisarlo a su regreso, sintió que la ira lo abrasaba por dentro.
Sin embargo, la razón de por qué Bêwestan había actuado de aquella inusual manera era mucho más simple: estaba tan furiosa con Nîga por haber deseado abandonarlos que había tomado una mala decisión.
Al haber llegado en plena noche y quedar pocas horas para el amanecer, se convenció de que no importaba esperar un poco más para informar de su llegada.
Quería que su compañera sufriera la vejación de verse encerrada en las mazmorras.
Ese fue el verdadero motivo de haber elegido informar a la mañana siguiente.
Lo cierto era que su criterio se había visto comprometido al dejarse llevar por sus sentimientos.
En su ofuscación, creyó que ese ínfimo retraso no supondría una gran diferencia para Helmet o Qiloçker, aunque sí para la moral de la vampira encerrada, que había jurado matarla en cuanto tuviera la oportunidad.
―¿Y bien? ―agregó él fuera de sí al ver que no respondía.
Bêwestan miró primero a su señor y después a su pareja. Se había perdido en sus pensamientos y estaba tardando demasiado en explicarse.
―Llegamos de madrugada. Todos os habíais retirado a descansar y no vi necesario molestaros por algo tan insignificante.
Además, esa escoria merecía pasar al menos una noche entre rejas para darse cuenta de que lo que ha intentado hacer es intolerable.
Por suerte, siempre se ha orientado de pena, por lo que no fue difícil dar con ella.
―¿Es cierto lo que dices? ―preguntó Xwînxwar, incrédulo.
―Así es. Quiso escapar y la atrapé. Sé que debería haber informado a primera hora, pero salimos en busca del príncipe…
―Eso no es excusa ―la interrumpió su señor con un tono severo.
Helmet mostró un rictus de desaprobación y se sentó en el sillón que se encontraba cerca de la chimenea. Apoyó una pierna sobre la otra y colocó el dedo índice sobre los labios mientras pensaba qué iba a hacer con la situación que acababa de presentársele.
―Lo sé. ―Ella volvió a bajar la mirada.
―La venganza es un arma de doble filo, y debes recordar que, antes de llevarla a cabo por tu cuenta, tu deber es consultarme primero.
―He cometido un error, pero no volverá a ocurrir ―aseguró fijando esta vez la mirada en su señor para tratar de conseguir que la creyese.
―Estoy seguro de que no. Eso sí, no olvides que, si alguien de vosotros merece resarcirse antes que el resto, ese sin duda es Qiloçker. ―El aludido asintió hacia él con el gesto muy serio―. Y si aún no le he permitido que despelleje a Rău es porque tengo mis razones.
Bêw miró al vampiro del que se había enamorado y apretó la mandíbula al reconocer que había actuado de forma imprudente.
Helmet los observó un instante y acabó entendiendo qué era lo que ocurría entre ellos.
Dibujó media sonrisa y fue incapaz de no pensar en su amada esposa, Lys, hija del rey Gunnar, de la honorable casa Mosul.
El recuerdo de la primera vez que la vio logró que su decepción por la forma de proceder de su acólita se esfumara de golpe.
―Está bien ―dijo mirándola―, acepto tu error. Ahora, cuéntame todo lo que sabes. Tu ira esconde algo más.
Ella elevó las cejas, sorprendida. No esperaba que fuese tan fácil adivinar que les estaba ocultando el resto de la confesión de la que creía su «amiga».
―Bueno, yo… ―titubeó.
―Te guardas para ti lo que ha hecho que pierdas la serenidad ―prosiguió Helmet con aplomo―. La tensión de tu cuerpo te delata, así que dime ahora mismo cuál es la verdadera razón de por qué te has enfadado tanto con ella.
Bêwestan asintió de nuevo. Al verse acorralada, optó por revelarles lo que Nîga le había compartido en lo que entendió como un momento de desesperación.
Su señor y los tres guerreros prestaron mucha atención a sus palabras.
Ninguno conocía la existencia de aquella pequeña colonia donde los vampiros que decidían abandonar a sus amos se escondían de posibles ojos delatores.
Se lamentó de no poder dar la ubicación de los renegados, puesto que aún no la había interrogado para poder sacárselo; pero estaba convencida de que lo haría tras varias jornadas de tortura.
―Bueno, he de decir que no me esperaba esto de ella ―dijo Helmet, descruzando las piernas y volviéndolas a cruzar.
―Yo tampoco ―dijo visiblemente enfadada.
Qil, Xwîn y Wêr se miraron con una mueca de incredulidad. Después de tantos siglos juntos, de tantas batallas, escaramuzas y sangre de humanos que habían compartido, no eran capaces de entender por qué su compañera había decidido arriesgar su propia existencia por la idea infantil de la libertad.
―Entonces, ¿estás segura de que es una traidora? ―preguntó Xwînxwar, que la miró sin estar convencido de su acusación. Conocía a aquella vampira desde hacía demasiado como para no esperar oír antes de sus propios labios que su intención era huir como una cobarde.