Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 2. ESTO ES LO QUE AHORA SOY #3
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2. ESTO ES LO QUE AHORA SOY #3

―Oskar de la casa Isaksen ―dijo con serenidad―. Gracias por vuestra advertencia, pero he de comprobarlo por mí misma.

Alana se llevó el trozo a los labios y dio un bocado a la pieza.

Le supo a gloria. Los tres se quedaron estupefactos al ver que no escupía el pedazo que estaba masticando.

Se miraron entre sí sin saber qué decir.

La vampira se acercó al fuego, decidida a oler la pieza.

Sintió náuseas al instante. Se retiró varios pasos para no vomitar.

Después, observó a la joven inglesa, que tenía los ojos cerrados mientras continuaba comiendo.

―Juro que no sé qué decir ―confesó Nîga al verla coger otro trozo.

―Te aseguro que nosotros tampoco ―agregó Thyra.

―¿No os encontráis mal? ―preguntó Oskar―. ¿No rechazáis la carne hecha al fuego?

―No me siento diferente ―respondió ella con una enorme sonrisa―. Tengo hambre y no rechazo la comida. Es algo raro, ¿verdad?

―Es lo más extraño que he visto en mi larga vida ―dijo la «No Muerta». Los errantes asintieron para darle la razón.

―Tal vez pueda alimentarme como siempre y también sea capaz de beber sangre. Aún no lo sé.

―¿Qué sentís al pensar en la sangre? ―quiso saber Nîga, que seguía sin asimilar que una neófita no se muriera por atacar con saña una vena palpitante.

De pronto, cayó en la cuenta de que no le había visto los colmillos.

Era imposible que no hubiese completado la transformación, aunque, ¿qué sabía ella?

Alana había sido el ser humano más rápido en pasar de un lado al otro, por lo que no podía estar segura de si los tendría o eso también lo había pasado por alto como lo de poder seguir ingiriendo comida humana sin problemas.

―Decidme, ¿vuestros colmillos han…?

Alana tragó el siguiente bocado, se pasó la lengua por los dientes y con un simple movimiento mostró unos colmillos blancos y letales. La vampira caminó hasta un tronco cercano y se sentó. No sabía qué pensar ni qué hacer ante aquella situación. Los errantes no distaban mucho de sentir lo mismo.

Sin mayor dificultad, la Elegida volvió a esconderlos. Miró a los tres y elevó los hombros.

―Comprendo que ninguno de los cuatro estamos preparados para esto. Solo sé que, en ciertos aspectos, no me siento yo; pero hay momentos en los que parece que nada ha cambiado. ―Cogió un trozo más y se lo llevó a los labios.

Thyra se humedeció los suyos sin darse cuenta. Tenía muchísima hambre, de modo que se acercó a la otra liebre para quitarle un pedazo. Oskar la imitó y todos acabaron sentados alrededor la hoguera.

―Hacer fuego es la peor idea que se os podía haber ocurrido ―dijo Nîga con media sonrisa―. Nos darán caza y terminaré perdiendo la cabeza a manos de Helmet.

―Tal vez, pero esta liebre merecía la pena ―bromeó la Elegida.

―Si mi señor se entera de lo que sois, no se detendrá hasta encontraros. No subestiméis a Helmet. Es impredecible y completamente fiel a Mørket.

―Hay mucho que aún no sabéis de mí. Ninguno de los tres.

―Barrió con la mirada a sus compañeros de viaje.

Después, se fijó en una llama que danzaba ajena a los problemas del mundo―.

En dos ocasiones, le he salvado la vida a Alistair.

La primera fue tras el ataque a su séquito de camino a Richborough, cuando iba a conocer a su futura esposa.

La segunda, justo después de ser sorprendidos por una patrulla de enemigos.

Supongo que eran las huestes de Abbadon.

―¿Él iba a casarse? ―dijo Thyra, atónita ante sus palabras.

―¿Y cómo pudisteis salvarle la vida? ―preguntó la vampira, desviando la atención de la Elegida.

―Thyra, se dirigía a conocer a su futura esposa porque debía obedecer a su padre. Y, sí, Nîga, puedo cerrar heridas abiertas con mis propias manos.

―Alana, ¡no digáis nada más! ―la recriminó la errante, turbada por escuchar cómo compartía su secreto―. ¿Por qué confiáis en ella?

―Querida Thyra, ella no puede volver. Además, nadie creería lo que acabo de contarle. Aunque puede que el capitán Landon Youngblood sí que os apoyara, puesto que él vio cómo lo hacía. Solo que dudo que consiguierais coincidir en la misma estancia, ¿verdad?

―Si Bêwestan me atrapa, me llevarán ante Helmet. De todos modos, hasta que no lo vea con mis propios ojos, me es muy difícil confiar en que seáis capaz de hacerlo.

Alana sonrió al escuchar su respuesta.

―Desead con todas vuestras fuerzas que jamás tengáis que ser testigo de mi don.

Aquellas palabras calaron en el corazón de la vampira. Era cierto que la joven inglesa conocía más de ella que nadie, pero tal vez solo fuera por lo que decía ser.

Por el momento, se mantendría a su lado hasta hacerse con varios mapas. Puede que en Felsted alguien pudiera enseñarle el camino de vuelta a los muelles y desde ahí partir hacia Francia.

De repente, se sintió extraña. Miró a Alana y vio cómo ella asentía sin venir a cuento.

―Paciencia, Hawin. Pronto estarás allí.

La Elegida cogió otro pedacito de liebre y lo degustó despacio. Podía oír sin esfuerzo los pensamientos de Nîga, pero aún no había llegado el momento de compartirlo.