2. ESTO ES LO QUE AHORA SOY #2
―Nîga de la casa Drăgoi. En cierto modo, somos una ―la interrumpió sin perder la serenidad―.
Vuestra sangre me contó cuanto habéis vivido bajo el yugo de aquellos que os arrebataron lo que más queríais.
Conozco todo que habéis hecho y sentido.
Cuál es vuestro mayor anhelo y también vuestro mayor temor.
Confiad en mí, no permitiré que Bêwestan os encuentre.
―¿Bêw…? ―susurró―. ¿Qué demonios está ocurriendo aquí? ¿Quién sois? ¿Por qué sabéis tanto sobre mí?
Sin esperarlo, Nîga comenzó a llorar. Despacio, se llevó ambas manos al rostro y quedó maravillada al ver sus lágrimas teñían sus dedos de un color rosado.
Thyra y Oskar se quedaron paralizados. En todos los siglos de su existencia, nunca habían visto a un vampiro llorar.
De hecho, no sabían que pudieran.
―ÉL está en mí, mi dulce Hawin ―prosiguió Alana―. Asimismo, y en contra de la propia vida, la sangre de Mørket corre por mis venas. He de aprender a convivir con esta dualidad que me impulsa a hacer lo correcto y, al mismo tiempo, me susurra que solo satisfaga mis deseos más oscuros.
―Pensaba que… Alana, ¿es eso cierto? ―preguntó Thyra, también con lágrimas en los ojos.
Ella asintió con templanza. No obstante, sentía más que nunca el peso del mundo sobre sus hombros.
―No… No os entiendo y menos creeros ―dijo la «No Muerta» confundida, echando un paso atrás.
―Y, pese a todo, lo hacéis ―concluyó Alana.
―¿Es que acaso sois una bruja? ―la acusó, temerosa de que supiera algo más de ella―. ¡Decidme ahora mismo la verdad! ¿¡Por qué podéis leerme la mente!?
La Elegida inspiró despacio y la miró con condescendencia, como si la vampira apenas fuera una niña aún incapaz de entender la grandeza con la que había sido bendecida sin pedirlo y con el horror al que también había sido condenada por las circunstancias.
Observó su expresión y decidió compadecerse de ella.
Al fin y al cabo, Nîga tampoco había podido elegir su destino.
―Mørket se vanagloria de su sabiduría. Engañó a los que considera sus hijos haciéndoles pensar que él mismo los creó.
Esa es la mayor mentira de todas. Tan solo los convirtió infectándoles con la ponzoña que portáis en vuestro interior, que no es más que la manifestación de su frustración por haber sido expulsado del lado del Creador.
Su envidia hacia el libre albedrío de los humanos le hizo actuar de ese modo, pero llegará el día en que pedirá perdón por sus innumerables errores.
―¿De qué errores estáis hablando? ―La vampira no podía explicar cómo aquella chica que había salvado en una mazmorra supiera tanto de su amo.
―De las miles de vidas que ha robado a lo largo del tiempo. Esas almas esperan justicia. La tuya ansía verle pagar por el dolor que os ha causado y que os ha obligado a infligir.
―Por favor, decidme quién sois ―susurró la acólita de Helmet, quien volvía a sentir sus mejillas mojadas.
―La Elegida. Porto la sangre de Cristo dentro de mí. Y por un revés del destino, también la de Ketî [4] .
Alana comenzó a acercase a ella. Nîga se asustó, intuyendo que su existencia estaba en peligro. De forma instintiva, echó otro paso más atrás, temiendo que lo que acababa de revelarle fuera cierto.
―No temáis, Hawin, hija de Estere y Karwan. Podéis creerme, no os haré ningún daño.
Oír de nuevo el nombre de sus padres fallecidos hizo que cayera al suelo de rodillas.
Se cubrió el rostro con las manos y lloró por la vida que le había sido arrebatada.
Thyra se abrazó a Oskar también sollozando al sentir el dolor de la vampira a través de la propia Elegida.
Como si ella fuese capaz de canalizar todo lo que sentía la «No Muerta» y lo compartiese de alguna manera que no era capaz de comprender.
Nîga acabó levantando la cabeza y mirando a Alana, quien le ofreció la mano para ponerse en pie.
―Sois quien decís ser, ¿verdad? ―susurró con la voz entrecortada, secándose las mejillas.
―Así es. ―Sin temor, colocó la palma de su mano en la mitad del pecho de la vampira―. Aunque vuestro corazón ya no lata, eso no significa que no exista vida en vos. Uníos a mí, a nosotros ―añadió mirando a los dos errantes―, y no os arrepentiréis.
―Ella juró que me protegería ―dijo la general Ursu, volviéndose un instante hacia Thyra―. ¿Creéis que cumplirá su promesa?
―Eso es algo que no me corresponde a mí responder.
―Una errante siempre cumple su palabra ―se defendió la princesa, tratando de recomponerse tras lo que había sentido.
Alana retiró la mano y sonrió.
―Tal vez nuestro grupo sea el más complicado y extraño que ha existido nunca. Por primera vez, errantes y vampiros forman una auténtica alianza. Veamos qué podemos hacer con ella.
―Bêwestan estaba completamente equivocada. Sí que sois una verdadera princesa. El heredero no debió engañaros nunca, pero al menos tuvo su merecido.
Alana iba a responderle, pero Nîga hizo algo que ninguno esperó presenciar nunca, ni siquiera ella misma.
Sin saber por qué, hincó una rodilla en el suelo.
Acto seguido, se rodeó la garganta con la mano, después la llevó hasta el corazón, justo donde la Elegida había apoyado la suya, y agachó la cabeza como signo de rendición.
―Mi sangre es vuestra ―añadió con fervor.
―Jamás pensé que viviría para ver a un vampiro arrodillándose ante una humana ―dijo Thyra sin pensar.
―He dejado de ser humana ―aclaró―, aunque tampoco puedes considerarme del todo vampira. En mí hay una mezcla de ambos mundos. Esto es lo que ahora soy.
―¿Cómo es posible? ―preguntó la errante.
Alana le ofreció la mano, ella la tocó con la cara demudada. Inspiró con fuerza y se cubrió la boca al notar que su piel aún estaba caliente.
―La sangre de Cristo me ha protegido, ha sido mi parte humana la que ha sucumbido al veneno de la traición y la envidia.
―¿Cómo vais a luchar contra ambos pecados ahora? ―preguntó la princesa muy preocupada.
―Eso aún está por ver, Thyra. No gastemos energías en algo que no sabemos. Ahora lo que más me importa es volver a casa para reencontrarme con mis padres y mi hermano. Deben de estar muertos de miedo y de pena por mí.
―No podéis ir a verlos hasta que os hayáis alimentado ―puntualizó Nîga―. De no hacerlo como es debido, los pondréis en peligro.
―Alimentarme como es debido… ―repitió ella―. ¿Oléis eso? ¡Estoy muerta de hambre!
―Alana, no creo que podáis. ―Thyra frunció los labios y negó.
―Creo que las circunstancias merecen un voto de confianza, ¿no os parece?
Se acercó a las liebres y comprobó cuál tenía la carne más cocida. Sin pensarlo dos veces, arrancó un buen trozo y sopló varias veces para no quemarse.
Oskar, que había estado todo el tiempo en silencio, sabía lo que iba a ocurrir. No podía permitirlo, así que optó por advertírselo.
―Alana, Thyra tiene razón.
Las tres se volvieron hacia él, intrigadas por lo que tenía que decir.
―Hasta ahora, he preferido no dar mi opinión ―prosiguió―; pero vais a caer enferma. Vuestro cuerpo necesita sangre fresca. Si os coméis la liebre, no sé qué va a ocurriros.