Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 2. ESTO ES LO QUE AHORA SOY
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2. ESTO ES LO QUE AHORA SOY

A lana había liderado el singular grupo desde la salida del castillo sin que ninguno de ellos se opusiera a sus decisiones.

Ya habían consumido buena parte de la distancia que los separaba de Felsted, pero el atardecer les iba comiendo terreno y pronto anochecería.

Ella nunca había transitado aquella zona de noche, por lo que temió perderse, pese a que sentía que estaba en la dirección correcta.

Miró a sus tres compañeros e hizo un gesto con las manos para que se detuvieran.

―¿Por qué paráis? ―preguntó Nîga soliviantada. No se sentía aún lo suficientemente lejos de los suyos y le aterraba que alguna de las patrullas la reconociera e informara a Bêwestan.

―Estamos a medio camino de mi hogar. Necesitamos descansar y alimentarnos. Siento un hambre atroz, hemos de cazar algo.

Los tres se miraron con preocupación. No había ningún humano por la zona, y la sangre de los errantes estaba descartada, puesto que era veneno para los vampiros.

La situación se estaba volviendo bastante problemática.

Si no encontraban pronto a cualquier ser vivo, no podían prever qué ocurriría.

En lo que los tres coincidieron, sin siquiera decirlo en voz alta, fue que Alana necesitaba aplacar su «sed» cuanto antes para evitar que se volviese un ser salvaje e impredecible.

La nueva condición de la Elegida distaba mucho de lo que Thyra había visto en sus múltiples visiones, por lo que fue incapaz de aportar una solución que les ayudase a afrontar esa tesitura tan complicada.

―¿Qué ocurre? ¿Por qué os miráis de ese modo? ―preguntó ella al ver que no hablaban.

―Alana ―comenzó la princesa―, ahora sois…

sois una vampira. Lo que os está pidiendo vuestro cuerpo es sangre humana ―añadió, bajando la mirada al sentirse culpable una vez más por haberla empujado a creer que se convertiría en reina de Inglaterra.

Si no lo hubiese hecho, tal vez no se encontrarían en mitad del bosque a merced de cualquier peligro.

―¿Sangre? ―preguntó sin entenderla―. Yo no quiero sangre.

La Elegida formó una sonrisa. De pronto, desapareció de la vista de todos. Los tres se miraron sorprendidos, puesto que no esperaban aquella extraña reacción. En el momento que iban a comentar dónde se había metido, ella reapareció con un par de liebres muertas en sus manos.

―Tengo hambre ―dijo mostrando los animales―. Vamos a hacer un pequeño fuego para asarlas.

Los errantes y la vampira no daban crédito a sus palabras.

Era imposible que una recién convertida no necesitara alimentarse de al menos un par de hombres para aplacar la primera sed.

A eso había que añadir que ninguno había logrado seguir su veloz desplazamiento.

Incluso la «No Muerta» fue incapaz de ver hacia dónde se había marchado.

Aunque Alana era una neófita y las habilidades de los recién transformados eran notablemente superiores, Nîga debía admitir que jamás había conocido a nadie con tal capacidad.

Ni siquiera Helmet o Abbadon eran tan rápidos, y eso que eran hijos directos de Mørket.

Thyra se giró hacia la que hasta hacía poco menos de un día se consideraba una enemiga.

Pese a que la «No Muerta» se había perdido unos pocos instantes en sus propios pensamientos, acabó asintiendo al darse cuenta de que era su deber explicarle la nueva naturaleza que ahora corría por las venas de la joven, quien parecía no querer aceptarla.

Caminó sin hacer movimientos bruscos hasta colocarse a su lado y se agachó para ponerse a su altura.

Sabía que estaban perdiendo un tiempo precioso, y ese retraso les podía salir muy caro si los descubrían.

Aquella chica había sido capaz de empotrarla en una pared de piedra con un simple empujón, por lo que no iba a arriesgarse a enojarla hasta conocer un poco más su historia.

―Alana, ¿verdad?

―Sí, mi nombre es Alana ―respondió sin mirarla porque estaba soplando la pequeña llama de la hoguera.

Incluso ella sabía que era una temeridad encender un fuego. Estaba anocheciendo, y la luz delataría pronto su posición; pero estaba tan centrada en probar si aún podía alimentarse como una humana que ya se preocuparía de ese contratiempo en el caso de que los atacaran.

De todos modos, ninguno de ellos iba a hacerla cambiar de opinión, puesto que necesitaba comer.

―Alana ―trató de llamar su atención repitiendo su nombre―, os he convertido en una vampira. Creo que aún no sois consciente de lo que eso implica.

Nîga miró a Thyra, quien asintió repetidas veces con el ceño levantado y los ojos muy abiertos, y frunció los labios.

―Lo que quiero decir ―prosiguió, tratando de contenerse― es que nunca más podréis degustar ningún alimento que no sea la sangre templada de cualquier ser vivo.

Antaño, acabábamos con nuestras víctimas sin detenernos a pensar en el mañana; pero, desde hace poco más de medio siglo, vampiros y errantes llegamos al acuerdo de que no volveríamos a matar a ningún humano al alimentarnos.

Muchos de nosotros no cumplen el pacto, aunque sí la mayoría.

Así que, tranquila. No tenéis por qué asesinar a nadie. Yo os enseñaré cómo deteneros a tiempo.

Oskar y Thyra se miraron un instante. Ambos apretaron la mandíbula por la frialdad con la que hablaba la «No Muerta» de la raza de los hombres, sin embargo, no la interrumpieron.

Era necesario que la Elegida entendiera que su vida había cambiado por completo y que no existía la posibilidad de dar marcha atrás.

―Comprendo lo que decís, mas olvidáis algo importante ―dijo Alana sin inmutarse mientras despellejaba las presas con las manos.

―¿El qué? ―soltó la vampira expectante.

―No sabéis quién soy ―levantó la vista un momento―, y dudo de que haya algo que a estas alturas podáis enseñarme.

―Alana ―intervino Thyra con la voz entristecida―, la ponzoña ya corre por vuestras venas…

―Lo sé ―la interrumpió sin sentir ningún rencor hacia ella, aunque la miró con una expresión que logró que la princesa se estremeciera―, pero no os preocupéis por mi seguridad. Si me equivoco, vomitaré. ¿No es cierto? ―preguntó directamente a Nîga.

―Sí, y también os debilitará un tiempo hasta que vuestro cuerpo haya eliminado lo que hayáis ingerido ―confirmó la vampira.

―Bien. Entonces, es mi decisión.

Oskar miró a las dos y negó con la cabeza.

Se le agolpaban en la mente muchas preguntas, pero prefirió mantenerse en silencio.

Por ahora, no tenía nada que aportar a aquella conversación y tampoco conocía tanto a la Elegida como para emitir un juicio sobre una circunstancia que era nueva para todos.

Thyra se acercó y le ofreció la mano a su prometido.

Él se la llevó a los labios, gesto que no pasó desapercibido ni a la vampira ni a Alana.

Después, observó a la que solo unos días atrás era una dulce doncella que temía en lo que iba a convertirse.

Ahora, delante de ella, la muchacha que estaba respondiendo parecía que albergaba un secreto.

Algo que hizo que la piel se le erizara.

Tenía que acabar con sus dudas enseguida.

Cayó en la cuenta de que, desde que habían escapado del castillo, no había intentado comunicarse a través del pensamiento; así que se dijo que aquel era el momento adecuado para tratar de hacerla cambiar de opinión con respecto a lo que estaba decidida a probar.

«Alana, ¿podéis oírme? Necesito hablar con vos», dijo la princesa en su cabeza.

«Por supuesto que puedo oírte, Thyra; pero, si tienes algo que decir, dilo en voz alta», respondió sin mirarla.

―Alana, necesito deciros algo importante ―repitió la errante, esta vez para que todos la oyeran.

―Di lo que piensas de una vez ―soltó con la voz áspera, como si se debatiera entre dos bandos.

―Ya no sé si sois…

―¿La que debía salvarlos a todos? ―acabó su frase. Ensartó las liebres y las dejó cerca del fuego.

―¿De qué habláis? ―intervino Nîga sin saber a qué se estaban refiriendo.

La joven sonrió y acabó por ponerse en pie. Thyra sintió un escalofrío al ver su expresión. La veía diferente, como si la maldad de la sangre que compartía con la vampira la hubiese cambiado sin remedio.

―¿Acaso has perdido tu don? ―le preguntó a la hija de Eirik, que la miraba aguantando la respiración―. ¿Ya no aparece nítido mi destino en tus visiones?

―¡Alana! ―exclamó horrorizada. Acababa de revelarle al enemigo su mayor ventaja.

―Tranquila, Thyra. Hawin no regresará con aquellos que aborrece desde hace miles de años.

―¿Cómo conocéis mi verdadero nombre? ―preguntó la vampira muy asustada―. ¡Jamás lo he compartido con nadie!

La Elegida cerró los ojos y extendió lentamente los brazos. Su rostro mostraba paz, como si cuanta sabiduría que existía en el mundo ahora le perteneciera.

―Los tres habéis sido testigos de mi transformación, pero solo Thyra conoce la verdad: que mi sangre alberga el Bien y el Mal en su forma más primigenia.

Nîga o… Hawin, mi vínculo con vos es indestructible, así como el que poseo con ella.

―Se giró hacia la errante―. Ahora, ambas sois mi ancla a este mundo.

La inmortalidad de vuestra raza ―añadió mirando a la vampira― me ha regalado la vida eterna.

Sin embargo, no estoy sujeta a la esclavitud hacia el que convierte, sino más bien todo lo contrario.

¿Verdad, mi infeliz Nîga? ―Ella no dijo nada―.

Tratáis de luchar contra lo que comenzasteis a sentir poco después de obligarme a tragar vuestra sangre.

―¡Eso es imposible! ―renegó sin alzar la voz por temor a que los descubriera alguna partida.

―Vuestra lealtad me pertenece, aunque no entendáis por qué. Os conozco mejor que vos misma, pero no puedo condenaros por algo que no estaba en vuestra mano cambiar. Hasta ahora.

―No entiendo qué queréis decir, pero confesad de una vez cómo habéis averiguado algo de mí que nunca…