1. TREINTA LATIDOS #2
―Lo haré si él sobrevive…
―No lo entendéis ―lo interrumpió Abbadon sin levantar la voz―. Me daréis cuanto os pida porque eso es lo que me habéis prometido.
―Si él muere, juro que os perseguiré hasta mi último aliento para acabar con vos ―lo amenazó el rey.
―¿Tal es vuestra ignorancia que creéis que estáis en posición de ponerme alguna condición?
Sois tan insignificante que en vuestro delirio de grandeza olvidáis que solo sois nuestro alimento.
Permanecéis con vida únicamente porque «nuestro padre» así lo ha decidido ―dijo mirando con altanería a su igual para mofarse.
El de la casa Drăgoi se mordió la lengua para no levantar sospechas; pero se juró a sí mismo que, en cuanto pudiera, le arrancaría de cuajo la cabeza y derramaría con gusto su infectada sangre en el pozo más profundo que encontrara.
―¿No decís nada, Helmet? ―preguntó Athelstan al vampiro, que permanecía con el rostro impasible, pese a sentir cómo el fuego corría por sus corrompidas venas.
―Ya os he dicho cuanto tenía que deciros. Buena suerte, rey. Nosotros nos retiramos.
―¿Al norte? ―se burló Abbadon.
Helmet levantó ligeramente el mentón y formó con sus labios algo que nadie pudo concretar.
―Recogeremos el campamento lo antes posible y os dejaremos con vuestra nueva… vida.
―¡Huis como una rata! ―añadió el inglés lleno de rabia.
―No, rey. La rata es la que acabáis de meter en vuestro hogar ―soltó mirando a Abbadon― y con quien habéis cerrado el peor trato de toda vuestra existencia.
―«Hermano», ¿cómo podéis pensar eso de mí? Me habéis herido de gravedad, con lo que yo os aprecio ―agregó el de la casa Ursu, llevándose la mano al corazón mientras formaba una expresión de desprecio mal disimulado.
―Rey Athelstan…
Helmet se dio la vuelta y salió de aquella estancia que desprendía odio y podredumbre por cada piedra. Sus cuatro generales lo siguieron en silencio hasta su alcoba.
En cuanto los vio marchar, el inglés se dirigió hacia el lecho. Le tocó la frente a su hijo y se preocupó de inmediato. Estaba ardiendo. Todo su cuerpo emanaba un calor que pocos hombres resistirían. Se agachó hasta ponerse a su altura para poder susurrarle.
―Lucha, Alistair ―dijo con voz temblorosa―. Lucha, hijo mío. Por mí, ¡por Inglaterra!
El príncipe pareció oírlo, puesto que balbuceó algo ininteligible. Instantes después, su cuerpo comenzó a convulsionar sin control. Rău miró a Abbadon, quien observó la escena sin la más mínima compasión o empatía por aquel al que había tratado de convertir.
Athelstan se giró hacia él con cara desesperada.
―¿Qué le ocurre?
―La ponzoña está intentando cambiarlo, él la está rechazando.
―¿Es que acaso puede elegir?
―No, ni él ni nadie. Tal vez no sea tan fuerte como creíais ―añadió sin importarle el daño que podía hacerle.
El rey sujetó a su hijo por los hombros y gritó:
―¡Lucha, Alistair! Te lo ruego, ¡lucha por tu vida!
Aquellas palabras parecieron apaciguarlo. El heredero dejó de temblar y se sumió en un profundo sueño. Su padre volvió a palparle y tuvo la sensación de que la fiebre había bajado un poco.
―¿Le vendrían bien paños fríos? ―preguntó al líder Ursu.
Él levantó los hombros.
―Mal no creo que le haga.
―Despertad a Landon, ya ha descansado más que suficiente.
Abbadon asintió. Erke se acercó a él y le susurró la orden que necesitaba para volver a tener su voluntad.
El capitán pestañeó varias veces hasta que logró ubicarse.
Se encontraba en la alcoba de Alistair. Miro en rededor y se topó con los tres vampiros.
Acto seguido, se giró hacia donde se hallaba tendido su pupilo.
El rey tenía la mano en su frente y mostraba signos de preocupación.
Sin importarle aquellos seres, avanzó hasta la cama y se agachó para observar cómo apenas subía y bajaba su pecho.
―¿Está…? ―preguntó temiendo lo peor.
―Aún vive ―aseguró el rey.
―¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué están aquí? ―soltó sin prestar atención a lo que podía estar sucediendo a su espalda.
―Abbadon le ha salvado la vida ―añadió pesadamente.
Landon se volvió hacia él con los ojos llenos de sorpresa.
―¿Habéis permitido que lo conviertan en uno de ellos? ―masculló con horror.
―La culpa es tuya ―lo acusó el rey―. Debías estar a su lado y permitiste que se te escapara de entre los dedos.
―Fue un accidente ―se defendió Youngblood.
―Eso ahora poco importa.
―¿Creéis que sobrevivirá? ―preguntó con el dolor cruzándole el rostro.
―No, Landon. Será justo lo contrario. Se convertirá en un «No Muerto» y me odiará para siempre.
―Él iba a buscarla a las mazmorras, por eso bajó tan rápido.
―¿Ha puesto su vida en peligro por una campesina? ¿Por una maldita ramera?
―No era una ramera, solo se trataba de una simple muchacha que prestó su ayuda en un momento de necesidad.
La intención del capitán no era defender a Alana, sino exponer la verdad.
Aun así, decidió en el último momento que no revelaría delante de esos seres el don que poseía la joven y menos aún que había salvado con anterioridad al príncipe.
Algo le dijo que no habría ninguna diferencia para su padre y, de todos modos, el mal ya estaba hecho.
―Poco me importa quién pueda ser. Lo único de lo que estoy seguro es de que ella es la culpable de que Alistair esté en esta situación. Pagará por haberse cruzado en la vida de mi hijo con la suya propia.
―Pero, mi rey…
―¡Silencio! ―vociferó. El príncipe no se inmutó lo más mínimo, pero Youngblood acabó poniendo una rodilla en el suelo―.
Me has decepcionado. Esperaba que un soldado que me ha servido con lealtad en batalla tuviera la templanza suficiente para educar a un crío, pero está visto que eres incapaz de mantener en vereda a mi hijo. Dime, ¿qué hago ahora contigo?
El capitán se sintió profundamente ofendido. Había dado cuanto tenía por su rey y el reino. Aquellas duras palabras le sentaron como un jarro de agua fría y prefirió estar muerto antes que ser el hazmerreír de su tropa y amigos.
―¿Ponéis en duda mi lealtad y mi honor, mi rey?
Los vampiros se miraron entre sí con diversión.
Aquella situación la habían visto en más ocasiones de las que les apetecía recordar.
La muerte inminente de un ser querido sacaba lo peor de los humanos, y siempre acababan echándose las culpas los unos a los otros cuando no había más opción que cavar una tumba o hacer un trato con los únicos que podían ofrecer un rayo de esperanza.
Solo que la verdad del trato al que llegaban por desesperación siempre acababa viendo la luz.
El hijo, el marido, la esposa, la hija… daba igual.
Todos terminaban engrosando su ejército, y ninguno podía desertar porque, si lo hacían, perderían, de forma literal, la cabeza.
Athelstan miró con cansancio a Youngblood, que aún esperaba una respuesta satisfactoria.
―Pongo en duda tus capacidades, Landon. No obstante, no sé qué hacer contigo.
Eres fiel, pero ¿de qué me ha valido? Mi hijo se debate entre la muerte real y la muerte en vida ―dijo con voz plana―.
Si sobrevive, lo habré condenado a una existencia miserable.
Se alimentará de sangre para siempre. Su humanidad se perderá con el tiempo y acabará convirtiéndose en alguien que no se reconocerá a sí mismo.
Todo por mi codicia. Todo por un reino que puede que desaparezca tras mi muerte.
―Sois muy duro con vos, aunque tenéis razón con respecto a mí. Soy culpable de haber consentido a vuestro hijo cuanto ha deseado. Debí devolver a aquella chica a su hogar cuando tuve la oportunidad.
―Pero os convenció de que podría librarse de sus acciones, ¿verdad?
―Como siempre, mi rey.
Abbadon comenzó a cansarse de aquella conversación y tomó parte para terminarla.
―Rey ―dijo en un tono hosco―, no hay nada más que podamos hacer. Volveré en dos días. Si ha resistido la transformación, Rău le enseñará cuanto necesita saber.
―Si muere, no se os ocurra regresar ―lo volvió a amenazar Athelstan.
Esta vez, el vampiro se lo dejó pasar porque estaba aburrido de repetir lo mismo. De todos modos, se haría su voluntad, quisiera o no el inglés.
―Dos días, «mi rey».
Sin darle tiempo a responder, los tres abandonaron la estancia mientras Athelstan y Youngblood volvían su mirada al que ocupaba el lecho.
―Si él muere, os entregaré mi vida ―soltó Landon de repente.
―Mi hijo no va a morir ―dijo convencido.
―¿Por qué pensáis eso?
―Porque Abbadon no es tan bueno mintiendo como cree. Alistair no ha vuelto a tener ninguna crisis y ya ha designado a uno de los suyos para que le transmita sus conocimientos.
―¿Y esa es razón suficiente como para deducir que vivirá?
―Quiero pensar que sí ―añadió, volviendo a tocar la frente del heredero, que parecía estar un poco más templada―. Manda traer agua fresca y lienzos limpios. Hay que conseguir que le baje la fiebre.
―Ahora mismo, mi rey.
El capitán llamó a una sirvienta, que le procuró enseguida cuanto había pedido. No consintió que nadie se le acercara, sino que se ocupó él mismo de cambiarle los paños para refrescarlo.
Tanto el rey como el capitán decidieron que pasarían toda la noche a su lado.
Alistair continuaba con los ojos cerrados, sin embargo, conforme avanzaba el día, los dos tuvieron la certeza de que su piel iba enfriándose de forma paulatina.
Su respiración era cada vez más lenta, por lo que ambos hombres se miraron.
Sabían que los «No Muertos» no respiraban y que su tacto era tan frío como la nieve.
Pero ahora solo podían esperar. O Alistair se convertía en uno de ellos o moría de verdad.
Ninguna de las dos opciones era razonable, aunque, a esas alturas, no tenían otra salida.