Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 1. TREINTA LATIDOS
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1. TREINTA LATIDOS

A thelstan subió las escaleras con el corazón retumbándole con fuerza en el pecho.

Temía que su hijo muriera, pero también que todo por cuanto había luchado durante esos largos años desapareciera en tan solo una generación.

El destino del reino ahora no estaba en sus manos, sino en las de una criatura cuya existencia iba contra natura.

Un ser que podía transformar a un hombre en una bestia con una sed de sangre inagotable.

Solo escuchaba sus propios pasos consumiendo peldaños, por lo que la duda de si Abbadon y sus secuaces iban detrás de él lo preocupó de pronto.

No los oía caminar, así que estuvo a punto de mirar para cerciorarse.

De repente, un escalofrío le recorrió la espalda.

Dibujó una mueca con sus labios. Si su ser estaba tan alerta, aquello tenía una única explicación.

La incertidumbre desapareció al darse cuenta de que el frío inusual que estaba sintiendo provenía de aquel trío letal.

Esa extraña bruma invisible se expandía por todas partes, como si pudiera adelantarse a ellos para confirmar su presencia.

La puerta de la alcoba estaba abierta. Pese a que estaba seguro, miró hacia atrás para confirmar que no se había equivocado.

La expresión indescifrable del vampiro cambió un instante para darle a entender que su trato seguía en vigor.

El rey asintió un par de veces e hizo un gesto para que lo siguieran.

Al verlo postrado en su lecho real, con Landon de rodillas, que tenía la cabeza gacha mientras le sujetaba la mano, fue consciente de que todo el poder que ostentaba no servía de nada.

Aunque reuniera hasta la última moneda de oro del reino, seguiría sin poder evitar que su único heredero dejara este mundo.

Se acercó un poco más. El rostro de Alistair estaba excesivamente pálido.

Se fijó en su pecho. Respiraba a duras penas, y la mancha de sangre bajo su cabeza se extendía por la almohada de manera inexorable como señal inequívoca de que apenas tenían unos pocos instantes más para salvarlo de una muerte segura.

Qiloçker y Bêwestan negaron despacio para confirmarle al señor de Inglaterra que aquellos eran sus últimos momentos.

Athelstan inspiró para mantener sus sentimientos a raya y se volvió hacia Abbadon con la determinación intacta.

Su hijo no podía morir. Su legado debía ser perpetuado y el reino no se desintegraría a manos de los escoceses, aunque él mismo tuviera que acabar con cada uno de ellos con sus propias manos.

―Hacedlo ―dijo el rey con voz firme.

El de la casa Ursu ladeó la cabeza. Aquel inglés acababa de darle una orden, y él no acataba más órdenes que las de Mørket.

Y a veces ni eso.

―No soy vuestro vasallo. Nunca volváis a dirigiros a mí en esos términos.

―¿Qué queréis? ―gritó Athelstan―. ¿Que os suplique?

―No estaría de más.

Helmet apareció con Xwînxwar y Wêranker justo para oír las palabras de su «hermano».

A verlo, un rayo de esperanza cruzó el pecho del inglés; pero, conforme lo sintió, desapareció sin más al ver su rictus serio.

No estaba allí para ayudarlo, sino todo lo contrario.

La única opción que le quedaba era que ese maldito, o uno de los suyos, convirtiera a su primogénito en un ser que despreciaba con todas sus fuerzas.

O claudicaba o lo perdería. De un modo u otro, no podía posponer mucho más su decisión, puesto que la vida estaba abandonando a Alistair.

Athelstan bajó la mirada para pensar con perspectiva.

Suspiró de forma imperceptible; pero no para el de la casa Drăgoi, que entendió que aquel signo de rendición significaba que ya había tomado una dura elección.

Errónea, por supuesto. Sin embargo, él jamás se molestaría en intervenir en los planes de los humanos mientras su «creador» no se lo exigiera.

Y esa orden no la había recibido. Pese a todo, y más que nada para fastidiar a Abbadon, volvió a intervenir antes de que el rey cometiera ese tremendo desatino.

―Rey Athelstan ―dijo muy despacio―, aún estáis a tiempo de cambiar de opinión. ―El rey lo miró con rabia―. Perder a vuestro hijo será algo muy doloroso, pero nada comparado con la existencia a la que queréis condenarlo.

―¿¡Y me lo dices tú!? ¡Tú, un vampiro desleal y traidor!

Qil y Bêw se volvieron de golpe hacia su señor con los ojos muy abiertos. Xwîn y Wêr avanzaron un paso hasta ponerse a su altura. Abbadon sonrió. Sus lacayos, no obstante, se mantuvieron alerta.

Helmet, como de costumbre, elevó la mano en señal de que se tranquilizaran.

Sabía que el inglés había cruzado la línea, pero no pensaba derramar ni una gota de la sangre de los suyos por la desesperación de un padre que solo buscaba proteger a su prole; aunque las verdaderas razones fueran más complicadas que esa simple explicación.

Para no sobrecalentar los ánimos, decidió mantenerse en su línea y sopesó la respuesta.

Claro que quería enfrentarse a su enemigo, pero debía hacerlo en el momento adecuado y bajo sus condiciones.

Por ese motivo, y pese a que todo su ser le pedía desplegar sus colmillos y desgarrar la garganta de Abbadon, prefirió posponer el enfrentamiento.

Sabía que llegaría ese día. Uno mucho más propicio que en el que se encontraban.

Uno donde su ejército pudiera acabar de una vez por todas con aquella rama podrida de Mørket, pero aún debía esperar.

Sonrió para sí. Aunque parecía que el tiempo se hubiese detenido, no fue así en absoluto. La velocidad de su pensamiento era muy superior a cuanto vivo o «No Muerto» lo rodeaba. Jamás se lo había contado a nadie y, por ahora, no tenía intención de hacerlo.

Verlos a todos congelados lo divirtió, pero había llegado el momento de poner al rey en su lugar y también de dejarle clara la situación.

―Ni soy desleal ni soy un traidor. ―Su voz reverberó en todos los presentes con la fuerza de un titán―. Vuestra falta de juicio os va a llevar a la ruina en todos los sentidos. Él ―dijo mirando a Abbadon― no mantendrá su palabra, os lo puedo asegurar.

―¿Y qué pretendes que haga? ―vociferó Athelstan encolerizado, que parecía haber olvidado que se le acababa el tiempo―. ¡No puedo dejarlo morir!

―Treinta latidos ―intervino Rău sin ningún tipo de inflexión en sus palabras.

―Es ahora o nunca, «mi rey» ―se burló Abbadon.

Por desgracia, el inglés no fue capaz de captar aquella sutileza. Oír que su hijo se moría fue lo que lo hizo reaccionar.

―Acepto cuanto me pidáis, pero ¡salvadlo! ¡Salvadlo, os lo ruego! ―Bajó la cabeza en señal de rendición, aunque no se arrodilló.

―Como deseéis…

El vampiro se acercó en un suspiro al lecho del príncipe. Qiloçker y Bêwestan miraron a Helmet, que les indicó con la cabeza que se colocaran detrás de él.

El de la casa Ursu soltó tal gruñido que logró captar la atención del rey. Mientras el tutor de su hijo no se apartara, no iba a mover ni un dedo.

―Landon, quitaos de en medio ―gritó el rey.

Youngblood no se inmutó ante su orden. Todo su esfuerzo estaba centrado en encadenar una plegaria tras otra pidiendo que su pupilo no muriese.

―Landon, ¡es una orden! ―dijo Athelstan, tratando de apartarlo de su lado.

―¿Qué vais a hacer? ―respondió aterrado al verlo inclinarse sobre el lecho.

El rey lo sujetó de la cara para que lo mirara a los ojos.

―Va a salvar a Alistair.

―¿Estáis loco? ―dijo, tratando de impedir aquella insensatez.

―Erke… ―susurró el líder Ursu. El acólito se acercó e inmovilizó sin esfuerzo al capitán.

―¡No! ―vociferó un enloquecido Youngblood mientras forcejeaba sin éxito con él.

―¡Silenciadlo! ―exigió el dueño y señor de Inglaterra, olvidando que ese ser infame no iba a acatar sus órdenes.

Abbadon formó media sonrisa. Su subordinado lo entendió al instante. Se colocó frente a Landon y le susurró que se callase. Él obedeció sin rechistar.

El de la casa Ursu y el rey se miraron y asintieron. Aquello confirmaba la promesa de cumplir su parte del acuerdo.

Sin perder más tiempo, el «No Muerto» dejó al descubierto sus enormes colmillos.

Al verlo, de pronto, Athelstan albergó ciertas dudas.

No obstante, el momento de echarse atrás había pasado.

Abbadon sujetó a Alistair entre sus brazos como si no fuera más pesado que una hoja, apartó sus ropas y dejó expuesta su garganta.

Lo mordió sin piedad.

Los latidos del heredero bajaron la frecuencia peligrosamente, justo lo que buscaba el vampiro. Entonces, empujó con su lengua detrás del paladar para que por sus colmillos saliera la ponzoña que infectaba la sangre y volvió a hundirse en su carne.

Una débil exhalación salió de labios de Alistair. Athelstan temió que aquello no significara la conversión de su hijo, sino su muerte inminente.

―¿Qué habéis hecho? ―gritó fuera de sí.

Rău leyó sus movimientos y lo detuvo antes de que pudiera alcanzar a su amo.

―Tranquilizaos, rey. Esa es la forma en la que se produce la transformación. No la interrumpáis si no queréis de vuestro hijo muera.

Athelstan se volvió hacia Helmet, que bajó la mirada y asintió una vez para darle la razón.

―Está bien, ¡suéltame!

Abbadon gruñó y su capitán obedeció. Athelstan se separó de él de inmediato con el rostro desencajado por la rabia.

―¿Funcionará? ―preguntó en voz alta a nadie en concreto.

El silencio llenó la estancia. Ninguno de ellos podía garantizar la transición desde el abismo hacia la oscuridad. Hacia aquello que los convertía uno de los seres más despiadados de la tierra.

Pasado un tiempo, que al rey le pareció interminable, el líder Ursu se separó de su hijo. Vio claramente cómo lamía sus incisiones y lo dejaba con cierta delicadeza entre las sábanas. Se giró hacia él y asintió.

―Lo que había que hacer se ha hecho. Ahora solo depende de su fortaleza que pueda alcanzar la otra vida.

―¿Es que no garantizáis su cambio? ―dijo Athelstan horrorizado.

―Nadie lo sabe. Todavía cabe la posibilidad de que muera.

―¿Y cuánto he de esperar para saberlo?

―Lo que su cuerpo decida. He cumplido mi parte, rey. Ahora, deberéis cumplir la vuestra.