Roma, año 60 d.C. #2
―Padre, marchaos.
―¿Qué? No, ¿por qué?
Raisa lo miró y, por primera vez, le levantó la voz.
―¡Salid de esta alcoba, padre! He de hablar con ella a solas.
―Pero …
―Confiad en mí, por favor.
El antiguo mercader vio la determinación en los ojos de su hija y terminó asintiendo.
―Volveré en cuanto llegue el «medicus». Ya no debe de tardar mucho.
―De acuerdo.
Salió con una expresión entre preocupación y molestia. Su hija lo estaba apartando de su nieta sin razón, solo esperaba que le revelase en algún momento por qué había obrado de tal manera.
En cuanto se encontraron solas, Raisa se sentó en la cama. Le colocó un paño mojado en la frente y la miró sin saber qué decirle.
―Madre, ¿qué me está ocurriendo?
Ella suspiró buscando las palabras adecuadas. Su expresión mostraba incertidumbre y, al mismo tiempo, asombro.
―Annia, hija mía, llevas todo el día durmiendo. Hasta ahora no habíamos conseguido que abrieras los ojos. Ya casi es de noche.
―¿De noche? ―repitió, tratando de incorporarse un poco. Su madre le colocó un par de cojines en la espalda.
―Sí, pero lo que importa es que me cuentes con detalle tus pesadillas. Lo que has visto, sentido, olido, saboreado … Dime cuanto recuerdes. Por muy insignificante que te parezca o incluso si crees que es un sinsentido.
―Está bien… ―respondió extrañada ante su petición.
Raisa la miró con impaciencia mientras Annia trataba de poner en orden sus pensamientos.
Estaba segura de que a su madre le resultaría muy complicado creer que lo que había experimentado en sus sueños era real.
Le dolía la espalda de cada golpe recibido y su alma lloraba por cada insulto y vejación a la que lo habían sometido.
Aquello era imposible. Aun así, se decidió a compartirlo. Cuando acabó, elevó los hombros en señal de incredulidad.
―Madre, no comprendo bien qué es lo que he presenciado; pero he sentido su dolor en mi propio cuerpo.
―La noche antes de cumplir dieciséis años, tuve una experiencia similar a la que me has descrito. Creo cada una de tus palabras, hija mía.
La joven dibujó una expresión de sorpresa al comprender que tal vez aquello fuera algo que solo les ocurría a las mujeres de su familia. De repente, se le ocurrió que esa podía ser la explicación a lo que le estaba sucediendo.
―¿La abuela y tía Lucrecia también…?
―No, hija. Solo yo. Yo soy la única.
Annia asintió y volvió a describirle cada pesadilla con la mayor exactitud posible.
Las injurias, las burlas, los golpes, las pedradas.
El camino hacia aquel monte donde iba a morir desangrado.
Sin miedo, le confesó que sentía que era un hombre mayor que ella y que la turba le gritaba algo parecido a que «¿Por qué no se salva si es el Dios de los judíos? ».
Raisa se secó las lágrimas y la abrazó con fuerza.
―Te creo, hija mía. Te aseguro que mañana te encontrarás bien. Todo habrá pasado, pero jamás volverás a ser como eras. ―Se separó despacio y le volvió a cambiar el lienzo mojado.
―¿A qué te refieres, madre? ¿Por qué no voy a ser la misma? ¿Y por qué nos ha sucedido esto a las dos el día anterior a nuestro aniversario? No lo comprendo …
―No está relacionado con eso, sino con lo que me ocurrió mientras revisaba el viejo baúl de tu abuela.
Annia frunció las cejas sin entenderla. Raisa suspiró y decidió compartirle lo que le había pasado a ella misma años atrás.
―Entonces, ¿crees que fue su … sangre lo que probaste? ―preguntó la joven turbada.
―No creo. Lo sé. Al día siguiente, algo en mí me lo hizo ver. Si te está sucediendo lo mismo, mañana podremos confirmarlo.
―Pero ¿es peligroso? ¿Cómo va a afectar a mi vida? Dices que seré diferente, ¿en qué sentido?
―No lo sé, Annia. Tan solo puedo explicarte mi cambio, aunque no sabemos si el tuyo será similar o no pasará nada. No tenemos más remedio que esperar.
―No quiero ser alguien a quien ni yo misma reconozca.
―No será de ese modo, créeme.
Ella se quitó el paño mojado de la frente y dejó la mirada perdida en un punto mientras pensaba cómo iba a afrontar el día siguiente.
―¿Aún conservas la vasija?
―Sí, hija mía. Nadie conoce su existencia. Solo tú.
―¿Ni padre?
―No, y tampoco me ha preguntado nunca.
―¿A qué te refieres?¿Me das un poco de agua?
―Ahora mismo. ―Le rellenó un vaso y la joven bebió como si hubiera atravesado el desierto.
―Gracias.
Raisa le sonrió un instante. Volvió a sentarse y decidió responder con sinceridad a su pregunta.
―Tu padre, en algún momento de nuestra vida juntos, supo que yo era … diferente. Mi fuerza superaba con creces a la suya, mi agilidad para subirme a cualquier sitio. Corría más que él y no me cansaba nunca.
―¿Piensas que yo también tendré esos poderes?
―No sé si son poderes, pero sí habilidades que pueden ayudarte en alguna situación complicada.
―Yo no soy fuerte, madre. Y tampoco puedo luchar.
La patricia inspiró con fuerza. Unió los labios y asintió, aceptando que esa era la mejor opción para Annia.
―Si mañana se produce el cambio, se lo revelaremos a tu padre. Por desgracia, todavía sigue en palacio.
―Entonces no sabe que estoy enferma.
―No. Pero, en cuanto vuelva, se lo diremos.
Gaius, acompañado del «medicus», abrió la puerta sin anunciarse.
―Hija, deja que él la vea.
Ella se retiró de la cama y observó cómo aquel hombre trataba de buscar el motivo de por qué su pequeña estaba enferma. No hacía falta. Todo su ser le repetía que era su herencia para todas las primogénitas.
―Parecen unas simples fiebres. ¿Es ya mujer? ―preguntó el hombre mirando a la madre de la paciente.
―Sí.
―Entonces no hay que darle mayor importancia. Probablemente, esté a punto de comenzar un nuevo ciclo. De todos modos, podría desangrarla un poco para que …
―No será necesario ―lo interrumpió Raisa con rotundidad―. Si no es nada grave, lo mejor será que descanse. Mañana un criado le abonará sus servicios. Gracias por haber venido. Ahora, dejémosla descansar ―insistió.
El hombre asintió sin rechistar. Ella era una patricia, cuyo esposo se relacionaba con el emperador, y él un simple «medicus»; así que sus palabras fueron entendidas como una orden.
Tras verlo salir de la estancia, Raisa regresó junto a su hija, que volvía a estar muy cansada.
―¿Cómo te encuentras? ―preguntó Gaius.
―Mejor, abuelo. Solo necesito dormir.
―Yo me quedaré con ella esta noche, padre. Ordena a los criados que avisen al señor en cuanto llegue.
―Claro, hija.
Gaius se despidió de ambas sintiéndose más tranquilo. La razón del estado de su nieta era normal, y en eso poco podía ayudar.
―Madre, necesito dormir. No puedo mantener los ojos abiertos.
―Lo sé, hija. Vas a volver a pasar por ello, pero yo estaré a tu lado sujetándote la mano hasta que despiertes.
―Te quiero, madre.
―Y yo a ti.
La noche fue una réplica exacta de la que había experimentado Raisa.
Al amanecer, Annia abrió los ojos. Una oleada de sentimientos, sensaciones y conocimientos la atravesaron.
Acababa de convertirse en la nueva «Portadora».
Ambas se miraron y supieron al instante que aquello se repetiría sin descanso hasta que llegara el día en que la «Elegida» naciera.
Hasta que naciera aquella que los salvaría a todos.