Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) Roma, año 60 d.C.
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Roma, año 60 d.C.

Al amanecer, los rayos del sol inundaron la preciosa estancia que habían compartido Raisa y Tiberius los últimos diecisiete años. Aquellas paredes habían sido testigos de muchas risas, discusiones y preocupaciones; pero, más que nada, del amor que se profesaban día a día.

Raisa parpadeó despacio y se frotó con delicadeza los ojos.

Al ver a su esposo aún dormido con una expresión relajada, sonrió.

La vida con él había sido un auténtico desafío, aunque no la cambiaría por nada.

Había traído al mundo dos hijos maravillosos.

Annia, que cumpliría los dieciséis al día siguiente, y Druso, un torbellino de diez años que había aliviado la preocupación del hombre al que amaba al tener asegurado un descendiente varón.

De no ser por los múltiples viajes que había tenido que hacer el senador para visitar las distintas provincias a las que le había enviado el emperador, quizás hubiesen tenido más hijos; aunque nadie podía estar seguro.

De un modo u otro, ambos estaban muy orgullosos de la preciosa familia que habían formado.

Por un momento, se entristeció. En menos de un mes, Annia iba a desposarse.

Aquella unión era una imposición de Nerón y no se había podido hacer nada.

«Las riquezas de Roma deben permanecer en Roma, así como los descendientes de la sangre pura de nuestros patricios», le había dicho a Tiberius con la tranquilidad de saber que su palabra siempre sería ley y que ninguno se atrevería a contradecirlo.

Dibujó una sonrisa con pesar. Ella no era una patricia, y su condición solo había cambiado al unirse con un Graco.

Por supuesto, no se arrepentía de haberlo hecho; pero sí de que su hija tuviera que aceptar a un hombre que aún no conocían por una decisión basada solo en la necesidad de mantener unidas a las familias más ricas.

Cerró un instante los ojos antes de girarse hacia las ventanas. El movimiento despertó ligeramente a Tiberius, quien no dudó en acercarse a ella para abrazarla por la espalda. Sintió cómo él le daba un beso en el pelo antes de volver a quedarse dormido.

Sí, se sentía muy dichosa. Agradecía todo lo que poseía y lo que no, puesto que eso había hecho de ella lo que era.

La mano de su esposo se posó en su vientre.

El recuerdo de la primera noche que compartieron la devolvió al momento en que fueron el uno del otro.

El amor con el que se adoraron los había acompañado cada día.

Incluso en los de más preocupación, nunca consintieron en irse a descansar sin haber aclarado cualquier desavenencia entre ambos.

Inspiró emocionada al pensar que Annia iba a convertirse en toda una mujer.

Por suerte, los Graco, aun cuando había un contrato de matrimonio de por medio, no permitían que las hijas se desposaran antes de cumplir dieciséis años.

Muchas otras, junto a sus bebés, habían fallecido en el parto por quedarse en cinta demasiado jóvenes, así que habían establecido aquel mandato pensando solo en mantener a salvo su descendencia.

Un criado llamó a la puerta y entró.

―Amo, acaba de recibir una misiva del emperador. El emisario ha insistido en que debe acudir ahora mismo.

Tiberius se incorporó de mala gana y miró al joven que había interrumpido su descanso.

―¿Me está esperando? ―gruñó.

―Sí, amo.

―Dile que no tardaré.

―Le transmito sus palabras enseguida.

El muchacho salió de la habitación a toda prisa.

―Buenos días, esposa mía ―dijo mirándola con un gesto de resignación.

―Buenos días, esposo mío.

Raisa lo sujetó de las mejillas antes de besarlo.

Tiberius posó la mano en su espalda, a la altura de la cintura.

Los labios templados de ella lo encendieron en un instante, hasta que recordó que Nerón lo había mandado a buscar.

No podía hacerle esperar, aunque sabía de sobra que su presencia solo era una excusa.

Al emperador le encantaba imponer su voluntad, y lo hacía en cualquier momento.

Al menos agradecía que no hubiera sido en plena madrugada.

―He de irme, pero esta noche te compensaré.

―Eso espero ―susurró ella entre sus labios.

Él dejó escapar otro gruñido y se separó para levantarse. Tiró del cordón para que sus sirvientes lo vistieran. Al poco, salió de la habitación y se dirigió al exterior. El emisario lo esperaba y no quería que insinuara al dueño de Roma que no había acatado sus órdenes de inmediato.

Un poco más avanzada la mañana, las esclavas personales de Raisa acabaron de peinar su precioso cabello rubio en un intrincado recogido.

Habían colocado varias cintas trenzadas de color celeste y doradas, que hacían destacar el color de sus preciosos ojos azul oscuro.

La túnica ribeteada con hilos de oro resaltaba su conservada figura.

―Esperaré a mis hijos y a mi padre en la sala norte, es donde hace más fresco. Avísalos, desayunaremos allí.

―Por supuesto, mi ama.

Raisa caminó hacia donde había dicho. La casa era un hervidero de sirvientes limpiando por doquier.

A su paso, todos le hacían una pequeña reverencia.

Ya había dejado de sorprenderle aquel trato, sin embargo, no había olvidado sus orígenes, pese a llevar más de la mitad de su vida siendo la domina de una imponente villa a orillas del río.

Al entrar, sonrió al ver a Gaius.

―Buenos días, padre.

―Buenos días, hija. ¿Has descansado bien?

―Muy bien.

―¿Y Tiberius? ―preguntó, sorprendido de no ver a su yerno.

―Nerón…

―¿Otra vez?

―Y las que faltan.

―Ya ―dijo asintiendo.

―¿Te han avisado los criados? Me sorprende que hayas llegado aquí antes que yo.

―No me han avisado. Sabía que vendrías a este salón porque ya comienza a hacer más calor.

―Así es. Este mes de mayo está más templado que de costumbre, y el otro se calienta demasiado rápido.

―Lo sé.

Unas risas contagiosas les hicieron volverse. El pequeño Druso entró corriendo seguido de Annia, que trataba de alcanzarlo para darle otro beso en la mejilla.

―¡Sabes que te atraparé y te comeré a besos! ―dijo ella con un tono de burla.

―¡No! ―se quejó el niño―. Madre, ¡dile que pare!

Raisa los miró corretear el uno detrás del otro. Sabía que no era nada apropiado, pero eran los últimos días de niñez de su preciosa hija y no iba a desperdiciar esos momentos volviéndose severa.

Al contrario de lo que le estaba pidiendo su hijo, ella le cortó el paso y lo atrapó entre sus brazos.

―¡Eres mío! ―exclamó y se agachó para besuquearlo.

Annia aprovechó que estaba entre los brazos de su madre e hizo lo mismo. Druso protestó sin parar. Cuando se sintieron satisfechas, lo dejaron ir. El pequeño se limpió ambas mejillas mientras se volvía a quejar por haber sido traicionado.

―¡Me las pagarás!

―No veo cómo ―respondió ella. Su hermano le sacó la lengua.

―Bueno, suficiente ―acabó diciendo Raisa.

―¿Y a mí no me das los buenos días? ―le recriminó Gaius a su nieto.

―A ti sí, abuelo. ―Corrió a sus brazos y se dejó besar.

―Buenos días, abuelo ―añadió Annia.

Los criados aparecieron con varias bandejas que incluían pan recién hecho, carne asada y frutas de temporada.

Mientras desayunaban, hablaron de la fiesta que se celebraría al día siguiente para conmemorar el aniversario de la joven.

―Madre, padre y tú no os tendríais que haber molestado.

―Era nuestro deber. El emperador ya ha dado su consentimiento a vuestra unión, y mañana conocerás a tu prometido.

―¿Él va a venir?

―Toda su familia. Apenas faltan cuatro semanas para vuestros esponsales.

―Lo sé ―susurró con resignación.

―Hija, estoy segura de que será un buen matrimonio y de que serás muy feliz.

―¿Tanto como padre y tú? Lo dudo.

―Bueno, eso no lo podemos saber. Sin embargo, tengo un buen presentimiento ―añadió para contentarla.

Annia sonrió y bajó la mirada. Gaius se mantuvo en silencio. Temía que lo que su hija acababa de comentar no se cumpliera, pero no iba a decirlo en voz alta para preocuparlas.

―Todo irá bien ―insistió la patricia.

―Gracias, madre.

La joven se llevó la mano a la frente. La tenía perlada de un sudor frío. De pronto, había comenzado a sentirse un poco débil.

―¿Te sientes mal, cariño? ―preguntó preocupada al verla.

―Sí, me duele la cabeza. Si no te importa, me voy a mis aposentos.

―Demasiadas emociones quizás. Descansa un poco. Iré a verte dentro de un rato.

Ella asintió y se dirigió a su habitación. Cuando cerró la puerta, se apoyó en ella. Sentía escalofríos y también cómo las fuerzas la iban abandonando. Avanzó hasta su lecho y se dejó caer.

De pronto, escuchó a lo lejos que alguien la llamaba. La voz estaba amortiguada, como si hablara bajo el agua. Trató de abrir los ojos, pero no pudo.

―¡No despierta, padre! ―dijo Raisa, desesperada―. Annia, ¿qué te ocurre?

―¡Annia! ―repitió Gaius con una expresión seria. Se acercó a ella y le tocó la frente―. Tiene mucha fiebre.

―¡Rápido, traed paños limpios y una jarra con agua fría! ―gritó su madre a las sirvientas.

Mientras la patricia se desvivía por hacer que el fuego que emanaba de la piel de su hija bajara, su padre ordenó a un criado a que fuera a por el «medicus».

―No sé qué le ocurre. Mañana cumple dieciséis años y debe estar bien para participar en la celebración. Si no pudiera asistir, no quiero ni pensar cómo se vengaría Nerón de nuestra familia por incumplir sus deseos.

―Dieciséis años… ―repitió Gaius, mirando el rictus de dolor de su nieta―. El día antes de que cumplieras dieciséis años estuviste muy enferma, ¿lo recuerdas?

―¿Enferma? ―dijo ella tratando de recordar.

―Sí. Cuando regresé por la noche a casa, estabas en tu alcoba. Apenas podías mantener los ojos abiertos y también tenías mucha fiebre.

―Tenía mucha fiebre… ―repitió para sí―. Tienes razón. Ahora lo recuerdo ―añadió, negando sin entender a qué se debía.

―Madre … ―susurró la joven, que trataba de abrir los ojos.

―Hija mía, ¿qué sientes?

―Escalofríos, calor, pesadillas …

―¿Qué pesadillas? ―preguntó Raisa con verdadero temor.

―Me torturan. Latigazos. Burlas. Dolor. Arrastro una cruz y porto una corona de espinas.

Su madre, horrorizada, se tapó la boca con las manos mientras ahogaba un grito.