Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) Roma, año 43 d.C.
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Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2)

Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2)

Por Manuela Ramirez

© inepub.com

Roma, año 43 d.C.

Raisa y Gaius llegaron un poco antes de la hora acordada a la grandiosa villa de los padres de Tiberius.

Se encontraba en la parte norte, en un lugar privilegiado.

Ya la habían visitado con anterioridad, pero eso no impidió que padre e hija se quedaran de nuevo impresionados con el largo camino delimitado por enormes pinos que llenaban el ambiente de un aroma delicioso.

Al fondo, la casa quedaba enmarcada por decenas de árboles y macizos de flores de colores muy vivos.

Con decisión, el esclavo que llevaba el carro azuzó a los caballos y avanzaron hasta la entrada.

La media docena de columnas blancas, tan altas como dos pisos, los intimidó una vez más.

Cuatro sirvientes los recibieron con amabilidad, apartándolos de esa ligera sensación de desasosiego.

La emoción los embargó al ver la puerta adornada con ramas verdes y dos imponentes guirnaldas de las que colgaban cintas blancas.

Aquellos ornamentos eran señal inequívoca de que en aquel lugar iba a celebrarse un matrimonio.

Sin hacerlos esperar y con el mayor de los respetos los llevaron a la sala destinada para celebrar el evento.

En cuanto la futura suegra y cuñada vieron a la novia, se dirigieron hacia ella con genuino entusiasmo.

Ambas estaban felices al ver que llevaba el vestido que habían elegido para la ocasión.

La belleza natural de la joven era tan impactante que, pese a que no era su intención, eclipsó a todas las mujeres que habían sido invitadas.

Sin pizca de envidia, la hermana menor del próximo senador del Imperio le dedicó una sonrisa sincera y radiante. Abrió los brazos para recibirla y se fundieron en un abrazo.

―Raisa, estás preciosa ―dijo con verdadero cariño.

―Gracias, Lucrecia. ―Se sonrojó mientras bajaba la mirada.

―Hija, ese vestido no te hace justicia ―añadió Licinia muy emocionada―. Estoy convencida de que vas a ser una esposa excelente.

―Pondré todo de mi parte ―aseguró.

―Gaius ―se dirigió a su futuro consuegro―, mi esposo os espera en el tablinum [1] . Ahora debemos dar los últimos retoques a la novia.

El hombre se despidió de las dos patricias con un movimiento de cabeza. Después, se acercó a su hija y le depositó un beso en la frente.

―Estoy muy orgulloso de ti ―le dijo conteniendo las lágrimas.

―Gracias, padre.

El mercader se dio la vuelta y un sirviente lo acompañó junto al anfitrión, Tiberius y algunos invitados de relevancia.

―Bien, mi querida futura hija. Creo que ha llegado el momento de darte un presente que llevo guardando con celo desde que mi amado hijo nos presentó.

―Licinia, mi querida futura madre, me habéis dado mucho más de lo que merezco. ―Se miró el vestido y acarició con delicadeza el cordón de oro que llevaba anudado a la cintura.

―No estoy de acuerdo. Ven, aún tenemos algo de tiempo antes de que comience el festejo.

Ella asintió y siguió a la mujer sin rechistar. Su cuñada entrelazó sus brazos mientras se mordía el labio inferior, incapaz de contener la alegría por lo que iba a ocurrir a continuación.

Llegaron a una alcoba magnífica donde la luz entraba a raudales por las ventanas que la rodeaban. Los numerosos jarrones adornados con flores blancas daban un toque regio y llenaban el ambiente de un delicioso aroma. Raisa supo al instante que jamás olvidaría ese momento.

Licinia se acercó a su tocador y cogió un cofre de oro con piedras preciosas incrustadas.

―Esto es para ti, mi querida niña. Pese a venir de mundos muy diferentes, creo que Tiberius ha elegido con sabiduría.

Aunque su padre prefería un matrimonio concertado, reconozco que la felicidad de mi hijo me importa mucho más de lo que debería en estos casos y he intercedido por vosotros.

Has conseguido que su mirada brille… ―Inspiró antes de continuar―.

Él me ha demostrado que «mereces» su amor y también el nuestro.

A partir de hoy, serás una patricia; así que espero que tu comportamiento sea impecable.

Raisa se sintió algo cohibida ante aquella declaración.

Sin embargo, su suegra tenía razón. Las posibilidades de hacer un buen casamiento, siendo la hija de un mercader, distaban mucho de lo que iba a conseguir ese día.

En otras circunstancias, puede que incluso no hubiese tenido una ceremonia, puesto que estaban reservadas a los altos cargos; así que la unión con aquel joven tribuno, que se había quedado prendado de ella, iba a elevar su condición notablemente.

Los jóvenes sabían que las normas y costumbres establecidas los habrían separado, pero Tiberius era un hombre decidido que no había dudado en enfrentarse a su padre, Vitelio.

El reputado senador de Roma no veía con buenos ojos a la mujer que le había robado el corazón a su primogénito.

De hecho, lo había manifestado abiertamente.

Incluso le había llegado a amenazar con repudiarlo si continuaba con aquellas nupcias.

De nada sirvió. Al final, no tuvo más remedio que acabar cediendo tras la negativa continuada de su hijo a contraer matrimonio para satisfacer un simple acuerdo.

Por supuesto, recibir el beneplácito del emperador Claudio ante un inusual enlace por amor logró aplacarlo.

Aun así, continuó con ciertas dudas hasta que conoció a Raisa y comprendió la razón de por qué Tiberius se había enamorado.

Vitelio acabó reconociendo que también había sido conquistado por su presencia regia y dulzura innatas, aunque la principal razón de que lo hubiese logrado se debía a que el «pater familias» había constatado que no sería una vergüenza para los suyos.

Además, Gaius era un mercader honrado que abastecía al Ejército, por lo que su estatus no era el de un simple plebeyo.

De un modo u otro, la insistencia del joven por obtener su bendición fue lo que hizo recibir el apoyo de su madre y hermana.

Sabía que de poco serviría ante los aires de grandeza de su padre.

No obstante, y para su sorpresa, acabó por obtener lo que tanto ansiaba.

Ahora, la pareja se encontraba a punto de celebrar sus nupcias; y Raisa no pudo sino bajar la cabeza como símbolo de aceptación de lo que Licinia acababa de poner de manifiesto.

―Estoy muy agradecida por formar parte de su familia. Es un honor y también una responsabilidad. Espero poder cumplir con mi deber para mayor gloria del Imperio.

―Vamos, madre ―interrumpió Lucrecia―. Deja que abra el primer obsequio.

Ella la reprendió con la mirada, aunque terminó con una sonrisa en los labios. Su hija aún era demasiado joven como para darse cuenta de la importancia de aquella conversación.

―Adelante, Raisa ―acabó diciendo.

La joven abrió el cofre y dejó escapar una exclamación al ver un precioso collar de zafiros con unos pendientes a juego.

―Yo… no puedo aceptarlo.

―Por supuesto que sí. Son joyas muy antiguas que, Augusto, el primer emperador de Roma, regaló a los Graco; y ahora te pertenecen.

―Pero deberían ser de Lucrecia…

―Lucrecia tendrá su propio ajuar. Este le corresponde llevarlo a la esposa del primogénito. Al igual que hice yo en su momento, a partir de hoy, deberás lucirlas con orgullo.

―No tengo palabras ―agregó Raisa con la mirada empañada.

―Madre, ¡no olvidéis el segundo regalo!

―Hija, eres única para dar sorpresas. ―La miró con el ceño fruncido. Se acercó a una cinta que colgaba del techo y tiró de ella. Al instante, dos esclavas aparecieron en la estancia―. Traed el vestido.

Las dos jóvenes corrieron a un arcón. Una se encargó de la túnica recta de color blanco, que simbolizaba la pureza, y la otra del cordón que llevaría atado la novia.

―No pensarías que ese iba ser vuestro atuendo en los esposales de mi hijo, ¿verdad? Vuestro vestido ha de estar a la altura de nuestra familia y posición.

―Jamás imaginé que tendría tal honor, Licinia ―susurró Raisa sobrepasada.

―Vas a convertirte en una Graco. Roma siempre debe estar segura de que nuestra reputación es intachable y de que nuestras decisiones jamás se toman a la ligera.

La joven asintió. De nuevo, su suegra le estaba recordando su origen y, en cierto modo, sus palabras escondían una amenaza velada.

No debía avergonzar a la familia de su futuro esposo, y ella no dejaba de recalcárselo en cuanto tenía ocasión.

En realidad, la mujer no estaba en su contra, pero sí mostraba preocupación por lo que dirían otros patricios ante esa unión.

Aunque el emperador había dado el visto bueno, Licinia temía que la alianza con el hijo de un grande de Roma para desposar a Lucrecia estuviese en peligro.

Faltaba poco para la ceremonia y estos aún no habían llegado.

De pronto, otra esclava apareció con una expresión de júbilo.

―Ama… ―dijo asintiendo con una sonrisa.

La patricia suspiró aliviada mientras formaba una sonrisa. Aquella señal significaba que la unión de su hija seguía adelante.

―Bien, Raisa. Ahora te vestirán con la túnica recta y yo ceñiré el cordón con el nodus herculeus [2] . ―Se acercó a ella y le sostuvo la mejilla con la mano―. Bienvenida a la familia.

Ella frunció los labios, emocionada. Las esclavas la desvistieron. Tras colocarle la túnica, Licinia le anudó el cordón tal y como le había dicho. Después, le colocó el collar y los pendientes.

―Ha llegado el momento, hija. ―Le dio un beso en la frente.

Salieron de la alcoba para dirigirse al atrium donde aguardaban su esposo, su hijo y los invitados. Todos se quedaron impresionados al verla vestida de novia. La expresión de felicidad que mostraba su rostro palidecía frente a la energía que transmitía su ser.

Dado el estatus de la joven, no se habían llevado a cabo todas las costumbres pertinentes, por lo que la pronuba [3] , que oficiaba la ceremonia, solo la acompañó hasta dejarla junto al tribuno, a quien la belleza de su futura esposa lo derribó por completo.

A Tiberius se le hizo un nudo en la garganta.

Mientras la había visto avanzar, el pensamiento de que hubiera caminado por brasas ardientes para conseguir su amor inundó su mente.

Ahora, que estaba a su lado, dedicándole una preciosa sonrisa y con sus ojos azul profundo mostrando lo que sentía por él, se convenció de que tenía delante a la mujer de su vida.

Sin duda, todas las discusiones con su padre habían merecido la pena por tenerla justo donde se encontraba.

Tras leer las capitulaciones matrimoniales, que habían sido ya pactadas ante los diez testigos elegidos por Vitelio, se consignaron las tablillas, las «tabulae nupciales».

Los novios, con palpable emoción, las aceptaron y se procedió a la unión.

La pronuba unió sus manos derechas, con lo que quedaba instituido el matrimonio.

Sin titubear, Tiberius deslizó en el dedo anular de Raisa una alianza de oro. Las felicitaciones no se hicieron esperar. Todos querían transmitir sus mejores deseos a la feliz pareja.

Vitelio observó cómo Tiberius miraba a su flamante esposa.

En ese momento, comprendió que nada ni nadie hubiera podido detenerlo en su propósito.

Ambos transmitían sin disimulo lo que el otro significaba, ahora solo quedaba la duda de si ella lograría engendrar un hijo varón que continuara con la estirpe de los Graco.

―Estimados amigos ―comenzó el anfitrión―, me siento muy complacido por la elección de mi hijo.

Espero que muy pronto me hagáis abuelo, por lo que os deseo un matrimonio lleno de días dichosos y provechosos.

―Se oyó una risa generalizada al entender todos a lo que se refería―.

Salgamos ahora para disfrutar del banquete.

Los invitados lo vitorearon y, poco a poco, se dirigieron a los hermosos jardines detrás de la villa. Tiberius no dudó en acercarse con una enorme sonrisa. Le ofreció el antebrazo y el senador se lo apretó con fuerza. Después, se fundieron en un abrazo.

―Gracias, padre. Sé que no te ha sido fácil aceptar mi decisión.

―Ya no hay vuelta atrás. Ahora haz feliz a este viejo y procúrale muchos nietos que llenen de ruido esta enorme casa.

El joven se giró hacia Raisa y le ofreció la mano.

Ella había observado la escena aún con el temor de no ser del todo aceptada.

Miró a Vitelio, quien también adelantó su mano.

Ese gesto provocó que sus ojos se empañaran.

Le dedicó una sonrisa a su padre y caminó con paso firme hasta ellos.

Ambos sujetaron sus manos un instante, hasta que el senador colocó la mano de su hijo sobre la de su esposa, mostrando así que cualquier objeción pasada quedaba en el olvido.

―Padre… ―susurró emocionado Tiberius.

―Mis hijos ―recalcó Vitelio, recorriendo con la mirada a Gaius, que contemplaba a su hija con el pecho henchido de orgullo; a su adorada Licinia, quien le devolvió una expresión de agradecimiento y amor; y a Lucrecia, que no pudo retener las lágrimas.

―Vitelio… ―musitó su esposa.

―Vayamos a celebrar vuestras nupcias. Nuestros amigos esperan.

Las dos familias salieron al jardín convertidas en una sola. Un vínculo que perduraría en el tiempo y que se fortalecería mucho antes de lo que todos esperaban.