31. EL RESURGIR DE LOS CONDENADOS #4
Nîga la miró sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir.
―Me has salvado la vida…
Bêw limpió la sangre de la hoja con un gesto seco.
―Nunca fui tu enemiga. Si salimos de aquí…
No hubo tiempo de terminar la frase. Varios Ursu se abalanzaron sobre ellas y no tuvieron más remedio que hacerles frente juntas.
Thyra combatía unos pasos más allá, girando con una agilidad que desconcertó a dos guerreros que intentaron cercarla. Uno de ellos logró herirla en el hombro, pero el dolor solo intensificó su respuesta. Lo atravesó de lado a lado y arrancó la hoja antes de que el segundo pudiera alcanzarla.
Lambert, Ejder y Bahoz cubrían la retaguardia, tratando de impedir que ningún Ursu escapara. Cada intento de huida era cortado de raíz, con una eficacia implacable.
El padre León, sin experiencia en combate, permanecía tras los Parêzvanan, cerrando el puño en torno a su vieja cruz de madera mientras murmuraba una plegaria tras otra para que ninguno cayera.
Más de una vez pensó que algunos Ursu parecían vacilar un instante antes de lanzarse al ataque, como si algo invisible frenara el impulso de sus cuerpos.
Qiloçker corrió directamente hacia Rău, pero otro guerrero se interpuso en su camino.
El capitán, al percibir una clara oportunidad para acabar con él, se dispuso a asestar un golpe de gracia.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Bălan apareció de la nada y detuvo su acero con una fuerza descomunal.
Ya se habían enfrentado en otro tiempo, pero, cuando sus hojas chocaron, el estruendo hizo vibrar el aire a su alrededor.
Rău retrocedió medio paso, sorprendido. De pronto, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro al reconocer a su adversario.
―¿Bălan…? ―dijo entre dientes, alzando las cejas―. Así que no estabas tan muerto como creía ―escupió con desprecio.
El exgeneral recordó su nombre, Eierløs, «sin dueño», y así se sintió en aquel momento: sin dueño ni miedo.
Miró de reojo al Drăgoi, que aún luchaba con aquel guerrero, y respondió con otro ataque, obligándolo a retroceder entre las raíces.
Pero Rău ya no combatía solo. Dos de los suyos se interpusieron para cubrirlo.
En un solo parpadeo, Qil apareció a su lado, irrumpiendo por el flanco derecho como una tormenta, descargando un golpe que partió el hombro de uno de ellos antes de que pudiera protegerse.
―Recuerda, él es mío ―dijo el Drăgoi sin apartar los ojos de Rău.
―Todo tuyo ―respondió Eierløs, cercenando la cabeza del otro guerrero Ursu.
Ambos se miraron apenas un instante antes de que Bălan se girara sobre sus talones y arremetiera contra otros tres enemigos.
Entonces, Qiloçker alzó el brazo hacia Rău, señalándolo con la punta de su espada.
―Voy a matarte y quemaré lo poco que quede de ti, maldito hijo de puta.
El capitán soltó una carcajada, seguro de que aquello no sucedería. Para él, Qiloçker no era nada: el más débil de los cinco Yekem que había creado Helmet, incluso por debajo de las dos hembras que ahora luchaban como amazonas.
De repente, un vampiro se interpuso. Le arrancó el arma de las manos a Qil y lo lanzó contra un tronco con tal violencia que la madera se partió en varios trozos.
Otro intentó sorprenderlo por la espalda; el Drăgoi giró, apoyó una mano en el suelo y, en un único movimiento fluido, se sacó la daga del cinto, se incorporó y le hundió la hoja en la garganta sin siquiera mirarlo.
No estaba allí para ellos, solo para Rău.
El Ursu, entretanto, había logrado rechazar un golpe de Erke y lo había arrojado al suelo de un empujón. Qiloçker ocupó su lugar de inmediato.
―¡Es mío, Erke! ―le advirtió.
―Lo sé ―replicó él. Dejó escapar un gruñido y se empleó a fondo con otro guerrero.
Sin más, Qil volvió a atacarlo. Sus espadas chocaron una y otra vez; cada impacto arrancaba decenas de chispas en la oscuridad. Pero Rău estaba distinto. El Drăgoi no dudaba de que era poderoso, solo que parecía mucho más de lo que cualquiera hubiera esperado tras la última batalla.
Erke les había contado cómo Abbadon lo había degradado a capitán, y tal vez ese fuera el motivo de que luchara de aquella manera: no quería regresar ante su amo con las manos vacías, sino con la satisfacción de haber acabado con el traidor de Erke y con el desaparecido Bălan, que ahora combatía como si toda la ira del mundo le perteneciera.
Un golpe descendente obligó a Qil a hincar una rodilla en tierra. Rău aprovechó para lanzarlo hacia atrás con una patada en el pecho que lo hizo rodar varios pasos. Qiloçker volvió a la carga, pero el Ursu desvió su estocada y le propinó un codazo que le hizo sangrar la boca.
Yngvar se acercó al Drăgoi para cubrir su flanco izquierdo, obligando de este modo a retroceder a otro Ursu que estaba a punto de atacar a Qil. El vampiro asintió en señal de agradecimiento y se repuso enseguida.
Centrado en destruir a Rău, sus movimientos se volvieron más medidos y precisos, como si cada golpe hubiera sido sopesado cien veces antes de ejecutarse.
Durante un instante, el combate pareció concentrarse en ese núcleo. Acero contra acero, el grupo al completo ansiaba ser testigo de aquel crudo enfrentamiento, pero el resto de los Ursu, que aún luchaban a muerte, no les dio ni un respiro.
Aina, Linnae, Kjarr y Nessa avanzaban coordinados, cubriéndose mutuamente y cerrando cualquier intento de resistencia. Annikan y Seren combatían espalda contra espalda, intercambiando posiciones sin necesidad de mirarse.
Oskar, herido en el muslo, seguía luchando apoyado en un tronco, negándose a retroceder. Aterrorizada al verlo sangrar, Thyra corrió a su lado para protegerlo. Entre ambos acabaron con dos vampiros más.
Pero aún estaban lejos de terminar. Alana irrumpió por un flanco con la espada en alto e Yngvar lo hizo por el otro, cerrando la salida a media docena de vampiros que habían retrocedido hasta un recodo del bosque y pretendían resistir allí.
El primero apenas tuvo tiempo de alzar el arma.
Alana lo atravesó con una estocada directa que lo empujó contra el tronco más cercano antes de arrancar la hoja sin vacilar.
Otro se lanzó contra ella con un rugido; Yng lo interceptó sin pestañear, desvió el golpe y le abrió el vientre en el mismo movimiento.
La sangre salpicó la corteza y el suelo húmedo bajo sus pies.
No hubo tregua. Un tercero intentó flanquearlos.
Alana giró sobre sí misma y le seccionó el tendón de la pierna antes de hundirle la espada en el pecho.
Yngvar, de espaldas a ella, bloqueó un ataque descendente y respondió con un tajo que partió clavícula y hombro del guerrero, dejando al Ursu de rodillas antes de rematarlo con una precisión feroz.
El claro se llenó del sonido del acero al chocar, de respiraciones entrecortadas y de cuerpos desplomándose. Los últimos intentaron resistir; ya no combatían para vencer, sino para no morir. No les bastó.
Uno tras otro, cayeron bajo sus filos.
Cuando el último Ursu se derrumbó entre raíces ensangrentadas, Alana aún tenía la espada en alto y la vista fija, como si buscara al siguiente enemigo antes de aceptar que no quedaba ninguno en pie.
Rău barrió el claro con la mirada. Estaba solo.
La balanza se había inclinado, y no a su favor.
Comprendió que ya no podría vencerlos y descargó un ataque salvaje que alcanzó a Qil en pleno torso y lo lanzó varios pasos atrás. Sin perder un instante, el Ursu giró con la intención de abrirse paso hacia el bosque y huir, pero Erke y Bălan le cerraron el paso.
―Qil, estamos contigo ―dijo el exgeneral, sin apartar la vista de Rău―. Termina esto.
El Drăgoi se incorporó de nuevo. La sangre le cubría la boca y descendía por la barbilla. La escupió a un lado y avanzó hasta bloquear la última salida. Rău lo miró de arriba abajo.
―¿Tú… vas a acabar conmigo? ―soltó con una sonrisa torcida.
La determinación que vio en los ojos de Qil fue borrando la sonrisa de su rostro, hasta que algo más oscuro asomó en su expresión: miedo.
Qiloçker no respondió. En su mente se agolpaban imágenes de horror que lo perseguían desde hacía más tiempo del que podía asimilar: la noche en que perdió a su familia, la asquerosa risa de Rău, el sonido de la sangre golpeando la tierra, Helmet inclinándose sobre él…
Siglos de espera hasta llegar a ese momento, y no iba a desaprovecharlo.
Miró a Erke y le hizo una señal con los ojos. Este desarmó a Rău con un giro violento. La espada del Ursu salió despedida entre los árboles. Bălan corrió hacia él y lo empujó al suelo, clavándole la rodilla en el hombro.
Rău intentó incorporarse, pero estaba rodeado.
Entonces, Qiloçker alzó la espada, con la furia cruzándole el rostro.
El Ursu, horrorizado, no advirtió que Bălan lo había liberado.
Aterrado, miró a Qil, implorando clemencia.
Durante aquel instante, que pareció prolongarse más de lo natural, el claro entero contuvo la respiración.
El tajo fue limpio.
La cabeza rodó por la hierba y se detuvo contra una raíz. El cuerpo de Rău quedó de rodillas un instante imposible antes de desplomarse definitivamente. El silencio que siguió fue chocante pero liberador.
Qiloçker permaneció en pie, mirando hacia abajo, mientras respiraba a grandes bocanadas, como si la propia Justicia hubiera decidido acompañarlo.
La tensión y la euforia por haber vengado a su familia comenzaron a ceder poco a poco.
Sin darse cuenta, la espada se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un golpe sordo.
Dejó escapar un largo suspiro y se arrodilló junto al cuerpo de su mayor enemigo e inclinó la cabeza, como si el peso de los siglos hubiera terminado de caerle encima en ese mismo instante.