31. EL RESURGIR DE LOS CONDENADOS #5
El claro, que apenas unos momentos antes había sido un torbellino de acero y gritos, quedó sumido en una calma extraña, rota únicamente por el crepitar lejano del fuego que aún ardía donde habían dejado el campamento y por el ritmo irregular de las respiraciones que, aunque innecesarias para algunos, surgían ahora como desahogo de la tensión acumulada.
El olor a sangre era espeso, pegajoso, casi tangible, mezclado con la resina de los troncos y la tierra removida por las pisadas.
Qiloçker seguía de rodillas frente al cuerpo decapitado, con las manos aún manchadas y la espalda rígida.
Bălan y Erke lo observaban con una mezcla de respeto y reconocimiento.
Sabían mejor que nadie lo que significaba vivir con una deuda clavada en el pecho y también que saldarla no devolvía lo perdido.
En su caso, ver a Rău yaciendo en el barro era pago más que suficiente, porque, en cierto modo, los tres habían sido partícipes de su final.
Aun así, ambos se preguntaron por qué no había alegría en su rostro, ni siquiera el menor asomo de satisfacción, hasta que comprendieron que lo que se dibujaba en sus facciones era algo más complejo, más profundo.
En realidad, para Qil, ver cómo caía su cabeza había significado mucho más que saldar una cuenta: acabar con Rău lo había redimido del único propósito que lo había acompañado durante siglos. Por fin era libre en todos los sentidos.
Bêw corrió a su lado e hincó las rodillas en el suelo.
Lo abrazó desde atrás, rodeándole el pecho con los brazos y apoyando la frente entre sus hombros.
Él cerró los ojos. Había esperado ese momento demasiado tiempo y ahora podía centrar su existencia en ser feliz con la que ahora lloraba a su lado.
El grupo, malherido pero en pie, se acercó para, de alguna manera, arropar a Qil, que acababa de incorporarse.
―Gracias… ―murmuró, y aunque la palabra se quedaba corta, llevaba consigo siglos de espera.
Alana se volvió hacia Yngvar un instante y después avanzó hasta el centro del claro.
La sangre manchaba sus ropas y su rostro.
Su mirada ya no estaba centrada en los cuerpos ni en el combate que había acabado, sino en los rostros de los suyos, en las heridas abiertas y en el cansancio que comenzaba a hacerse evidente ahora que el peligro había cesado.
Nîga se mantenía erguida pese al corte profundo en el costado, apretando la tela contra la herida, que poco a poco se iba cerrando. Thyra, con el hombro maltrecho, no había soltado el arma en ningún momento. Oskar cojeaba, pero también comenzaba a recuperarse.
Los Parêzvanan reforzaron el perímetro, conscientes de que la victoria no excluía la posibilidad de que otra patrulla vagara por los alrededores. Habían ganado, sí. Pero nadie confundía aquello con estar a salvo. No lo estaban. Y no lo estarían hasta llegar al campamento.
Alana miró a Qiloçker y guardó silencio unos instantes antes de hablar, dejando que lo ocurrido terminara de calar en todos.
―Rău ha muerto ―dijo finalmente.
Aquellas tres palabras resonaron en el claro, pues confirmaban un hecho que marcaba un antes y un después.
―Abbadon ha perdido a su general ―continuó―, su mano derecha, su perro más fiel… Esto no termina aquí. Hemos cortado un brazo, pero el cuerpo sigue en pie. Cuando Abbadon lo reclame y sienta el vacío, su reacción será desmesurada.
El murmullo del viento entre las ramas pareció responder a esas palabras. Todos sabían lo que significaban. No porque Rău fuera el más poderoso de los Ursu, sino porque era la mano ejecutora de Abbadon, su mayor instrumento de terror.
Y ahora ese rostro yacía en la tierra.
Todos los Ursu que habían derrotado permanecían esparcidos entre raíces y barro. El grupo era consciente de que ninguno volvería a levantarse y también de que ninguno llevaría noticia alguna de lo ocurrido aquella noche. Rău tampoco.
Alana volvió la vista hacia el bosque que se extendía más allá del claro, hacia la oscuridad que ya se había adueñado por completo del entorno, y en su expresión se dibujó algo que no era desconfianza, aunque tampoco alivio.
―Debemos regresar al campamento. Ya ha llegado la Søsterskap.
Los tuyos ―miró a Bălan― os esperan con impaciencia a Nessa y a ti.
Por desgracia, somos menos de los que querríamos ser, y puede que no bastemos cuando llegue el momento de enfrentarnos a lo que nos aguarda.
Pero no podemos permitirnos ni vacilar ni distraernos.
Yngvar la observaba con atención, consciente de que detrás de cada frase había algo más que no podía compartir todavía.
Y así era. El plazo de los mil días pesaba sobre ella como una sombra invisible, y aunque ninguno conocía los detalles de lo ocurrido en Tiszavár, todos intuían que el equilibrio que sostenía el mundo había comenzado a romperse.
―Esta noche habéis cerrado una herida ―dijo, mirando de nuevo a Qiloçker, Bălan y Erke―, pero la guerra que se acerca no se decidirá en un solo combate, menos aún en una sola jornada.
Puede que necesitemos algo más que fuerza para sobrevivir a lo que viene.
Aún no sé cómo podremos vencer, pero hoy, con los cinco ejércitos unidos, puedo decir que este día puede marcarse como el resurgir de los condenados, de todos los que se han visto arrastrados de algún modo a las tinieblas.
Incluso los errantes, porque el remordimiento por acabar con una vida es la peor de las torturas…
La joven inglesa dio media vuelta con la determinación de quien no puede permitirse perder el tiempo en lo que ya ha ocurrido.
―Recoged lo que podamos y quemad el resto ―ordenó con la voz apagada―. No dejaremos rastro que pueda guiarlos hasta nosotros.
Mientras el fuego consumía los cuerpos de los Ursu y el humo se alzaba hacia un cielo indiferente, cada uno de los guerreros comprendió que la escaramuza de aquella noche no había sido una más, sino un punto de inflexión.
Qiloçker ya no caminaba impulsado por la sed de venganza; ahora debía decidir quién sería sin esa carga.
Bălan y Erke habían visto caer uno de los pilares del horror que los había dominado.
Y el grupo entero había demostrado que la alianza improbable que los unía ya no era una ilusión.
Sin embargo, mientras se internaban de nuevo en el bosque, alejándose del claro ennegrecido, la sensación que los acompañaba no era de triunfo, sino de expectación.
Muy lejos de allí, en Tiszavár, un falso primogénito aún ignoraba que acababa de perder a su general, y el vínculo que lo unía no tardaría en hacerle sentir aquella ausencia como una herida insoportable. Cuando la comprendiera, cuando la asumiera, su respuesta sería implacable.
El mundo no lo sabía todavía, pero el plazo ya había comenzado.
Mil días.
Y cada uno de ellos acercaba la sombra un poco más al corazón de la tierra.
Alana no volvió la vista atrás. Sabía que aquella noche había sido necesaria. Sabía que Qiloçker, con el apoyo de Bêw, por fin podría caminar sin la losa que lo había acompañado desde su conversión. Y también sabía que aquella victoria apenas marcaba el comienzo de algo mucho más grande.
Miró a Yngvar a su lado y suspiró. Luego giró la cabeza: Erke corría junto a Nîga, que ya se había apartado la mano del costado. Thyra y Oskar se habían recuperado, al igual que la mayoría. Los suyos estaban bien. Todos habían sobrevivido, pero sabía que no siempre tendrían tanta suerte.
Mientras avanzaban hacia el campamento, con las heridas del alma aún a medio cerrar y el humo disipándose a sus espaldas, un pensamiento, oscuro e inevitable, se abrió paso en sus corazones: todo lo vivido hasta entonces no había sido más que un simple preludio.
La guerra que se avecinaba lo devoraría todo. Y cuando llegara el momento, la Elegida se vería obligada a tomar una decisión que quizá no solo los pondría en su contra, sino que podría destruir aquello mismo que ahora los mantenía unidos.
Continuará…