Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 31. EL RESURGIR DE LOS CONDENADOS #3
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31. EL RESURGIR DE LOS CONDENADOS #3

Al tenerlo frente a sí, el recuerdo de aquel día lo golpeó con la misma claridad que entonces: la hoja cercenando su cuello, el suelo recibiéndolo mientras la batalla se cerraba a su alrededor, la sangre abandonándolo y la certeza brutal de que el final se acercaba sin poder detenerlo.

Durante un instante, pasado y presente se confundieron también para Erke. Volvió a verse allí, luchando mientras los enemigos no cedían, oyendo la orden de Abbadon obligándolo a avanzar, alejándolo de Bălan cuando aún se desangraba en el barro.

Ahora todo era distinto. El asesino de su hermano estaba a pocos pasos y ya no se encontraba su líder para impedirle que matara con sus propias manos a aquel perro malnacido.

―¡Voy a matarlo! ―dijeron al mismo tiempo, avanzando hacia el límite del campo de fuerza.

La rabia les abrasaba la piel y les devolvía algo primitivo, casi humano.

Respiraban bruscamente, por pura inercia, como si aún fueran hombres.

Solo unos pasos los separaban de él. Habían esperado siglos para tener a Rău tan cerca y, sin un amo que los detuviera, aquel miserable no saldría con vida.

Qiloçker, que hasta entonces había permanecido sentado junto al fuego, se puso en pie en cuanto oyó su nombre. La sangre le martilleó en las sienes.

Avanzó y se plantó ante los dos hermanos sin mirarlos siquiera. Tenía los ojos fijos en la figura que se movía entre los árboles, y en ellos no había espacio para la duda ni para la negociación. Si alguien iba a matarlo, sería él.

―Nadie más que yo matará a ese hijo de perra ―bramó, con la sangre hirviéndole en las venas y los colmillos asomando bajo el labio.

Sus palabras reverberaron por todo el claro protegido. No era una amenaza. Era una sentencia. La condena de muerte de Rău proclamada ante todos.

El angustioso recuerdo de cómo aquel cobarde se había marchado sin importarle el horror que había cometido con su familia terminó de desatar su furia. Entonces no había podido defenderse de igual a igual. Ahora nada iba a interponerse en su camino.

Los dos hermanos volvieron la cabeza hacia él, Qiloçker, en cambio, solo tenía ojos para el Ursu. Bălan estaba a punto de reclamar ese derecho, de imponer que él y Erke también habían esperado siglos para vengarse, cuando Qil avanzó un paso, cerrándoles el camino con el cuerpo.

―Ese monstruo violó a mi madre y a mi hermana delante de mí…

y después las mató. ―Solo apartó la mirada un instante de la silueta que acababa de detenerse cerca de ellos―.

Degolló a mi padre mientras yo intentaba arrancarle la espada de las manos.

Se ensañó conmigo. Y cuando decidió que yo también debía morir, Helmet lo detuvo.

Él se apiadó de mí al saber lo que la creación de su hermano había hecho… y me convirtió en uno de los suyos.

Los errantes lo escucharon con el rostro endurecido. Cuando terminó, cruzaron miradas cargadas de una misma necesidad: salir de allí y arrancarle la vida con sus propias manos.

Los Ursu que ahora combatían junto a ellos apretaron los dientes y clavaron la mirada en aquel que se encontraba al otro lado del muro que los separaba.

Lo que el Drăgoi acababa de revelar no era una historia de simple conquista ni un ajuste entre clanes.

Era una crueldad deliberada, un castigo infligido a una familia… y, con seguridad, a todo un pueblo.

―No sé por qué Helmet me eligió ―continuó Qiloçker, con la voz rota―. Nunca me explicó por qué tuvo ese gesto conmigo, ni yo he querido preguntarlo. Pero desde ese día he vivido para este momento. Ese derecho es mío.

El silencio que siguió fue denso, casi insoportable. Todos deseaban la muerte de Rău por motivos propios, pero aquello trascendía la rivalidad y la guerra. No hablaba de poder ni de territorio. Hablaba de una madre, de un padre y de una hermana.

En otro tiempo, aquello no habría significado nada.

Era el tipo de crueldad que se aceptaba como parte del mundo.

Pero desde la llegada de Alana, algo en ellos se había vuelto incapaz de tolerarlo.

Su dolor no dejó indiferente a ninguno. Y saber que Rău nunca había respondido por ello despertó en todos una necesidad urgente y feroz de acabar con su vida, sin lugar para el remordimiento.

Erke buscó la mirada de Bălan. En sus ojos ardía la rabia, sí, aunque también una pregunta.

Los dos deseaban matarlo. Los dos habían soportado su crueldad durante siglos.

Pero Bălan seguía en pie. Pese a todo, aún existía, y con él a su lado.

Habían sido traicionados, humillados, casi aniquilados, y, aun así, habían tenido algo que Qil no: la oportunidad de levantarse juntos.

Qiloçker no pudo salvar a los suyos. A él se lo arrebataron todo en una sola noche.

Bastaba con verlo para comprender que había alimentado ese rencor durante milenios y se había visto obligado a contenerlo. Todos sabían que Mørket había prohibido a sus hijos alzarse unos contra otros, y sus guerreros no tenían más opción que obedecer.

Algo cambió en la expresión de Bălan. La rabia dio paso a otra cosa, más profunda. Comprensión.

Se quedó mirando a su hermano un instante. Erke asintió. Luego Bălan miró a Qil, y en su gesto no quedó rastro de disputa.

―Hazlo ―dijo con firmeza.

―Es tuyo ―añadió Erke, inclinando la cabeza y concediéndole el derecho que el Drăgoi había reclamado.

Bêwestan, sin palabras, se situó junto a Qiloçker. En aquel gesto había un reconocimiento profundo del dolor que había soportado durante siglos. No hacía tanto que él se lo había confesado; aun así, lo ocurrido aquella noche lo llevaba grabado con la misma nitidez que él.

Incluso Alana, que había observado la escena junto a Yngvar sin intervenir, comprendió que aquello no era sed de sangre sin razón, sino el cobro de una deuda imposible de olvidar.

Clavó los ojos en Qil con una mezcla de dureza por lo que habían hecho a su familia y de compasión por todo lo que había tenido que soportar.

No le sorprendió ver que los Ursu ―en realidad, todos― le cedían el lugar para acabar con aquel hombre convertido en demonio.

Desde que ella había llegado a sus vidas, algo había cambiado en los vampiros.

Seguían siendo letales, pero ya no eran solo bestias guiadas por la sangre.

La historia de Qiloçker era una más entre tantas, pero sabía que, en mayor o menor medida, los había tocado a todos por dentro.

Había límites que jamás deberían cruzarse, y menos aún sin pagar un precio. Rău los había traspasado todos, amparado bajo el poder de Abbadon, y lo que hizo no admitía perdón. Allí, sin embargo, ese amparo no existía. Y Qil estaba a punto de tener la oportunidad de resarcirse.

Aunque el Drăgoi sabía que no necesitaba su permiso, buscó la mirada de Alana. Sin su aprobación, los Parêzvanan no bajarían el muro invisible y él no podría enfrentarse a Rău.

―Elegida, ¿me permitís vengar a mi familia? ―preguntó con la voz tensa, conteniendo el impulso de atravesar la barrera y hundir la daga en el pecho de aquel indeseable.

Alana fijó los ojos en él.

―Entonces no nos quedaría más remedio que luchar. ÉL te permite tomar esa decisión, no yo ―dijo al ver cómo él aferraba la espada―. ¿Es eso lo que quieres, Qil?

―Más que nada.

―Que así sea.

Alana alzó la mano y cada uno ocupó su lugar sin necesidad de decir nada más.

Se dispersaron como si compartieran un mismo pensamiento, moviéndose entre los árboles con la seguridad de quienes han combatido juntos desde siempre.

Cuando completaron el cerco, los Parêzvanan cedieron el límite que los protegía.

Rău descansaba con la espalda apoyada en el tronco de un fresno, ajeno a todo. Algunos de sus guerreros avivaban una hoguera; uno reía con despreocupación, otro pasaba la piedra por el filo de su espada.

Los Ursu no advirtieron la presencia de los que los rodeaban hasta que la noche misma pareció cerrarse sobre ellos.

Y entonces ya fue demasiado tarde.

El primer Ursu cayó sin llegar siquiera a comprender de dónde había venido el golpe.

Oskar emergió de las sombras como una fuerza desatada: arremetió con todo el peso de su cuerpo y lo estampó contra el suelo antes de que pudiera alzar la espada.

El crujido seco de la espalda al quebrarse resonó por todas partes; fue ese sonido, más que el impacto, lo que alertó al resto.

Rău se incorporó de un solo impulso, espada en mano. Sus ojos no tuvieron tiempo de recorrer la penumbra antes de que el segundo de los suyos fuera atravesado por la hoja de Soren.

Lo que siguió fue un choque brutal de acero, carne y sangre.

Los Ursu respondieron sin vacilar. No había miedo en sus rostros, solo furia aprendida. Se lanzaron en tropel para contener la ofensiva, moviéndose con una rapidez antinatural, pero no eran los únicos: quienes los atacaban igualaban tanto su velocidad como su arrojo.

De pronto, la noche se llenó de chispas por el choque brutal de las espadas.

Nîga se enfrentó a un vampiro que casi duplicaba su peso.

El impacto la hizo retroceder varios pasos, pero consiguió mantener el equilibrio y respondió con una estocada baja que desgarró el muslo del adversario.

Él contraatacó con una fuerza bestial; la hoja le rozó el costado y le abrió una herida profunda.

La Drăgoi no gritó para no alertar a los demás.

Apretó los dientes y volvió a la carga, consciente de que ceder terreno significaba delatar una flaqueza que podía costarle la vida.

El vampiro lanzó un nuevo tajo directo a su garganta.

Nîga apenas logró alzar la espada. El impacto la obligó a doblar una rodilla y comprendió, demasiado tarde, que no sería capaz de detener el siguiente golpe.

Entonces, Bêwestan irrumpió entre ambos y desvió la hoja enemiga en el último instante.

El acero le abrió el antebrazo, pero ni siquiera pareció sentirlo.

Aprovechó la apertura para hundir su espada bajo las costillas del Ursu y rematarlo de una sola estocada.