31. EL RESURGIR DE LOS CONDENADOS #2
Una vez salieron de puerto, en la popa, alejadas del resto, Alana, Thyra y Nîga se apoyaban en la regala, observando el mar.
Las aguas estaban en calma y se extendían en un azul limpio que parecía no tener fin. La superficie se ondulaba con suavidad, levantando pequeñas crestas que reflejaban la luz del sol como fragmentos de vidrio.
El barco avanzaba mecido por ese vaivén constante, como si el propio mar lo sostuviera con mimo, llevándolo sin prisa pero sin descanso. El viento era suave y, por momentos, el sonido del agua al romper contra el casco era lo único que se oía. Nada que ver con la travesía anterior.
La Drăgoi miró a la inglesa y decidió que había llegado el momento de compartirle lo que le había sucedido en el castillo.
―Alana, hay algo que me ocurrió con Helmet y que aún no te he contado ―admitió, mirando un instante hacia el mar―. Con el rescate en puertas de Yngvar y Erke… no quería añadirte más preocupaciones.
Ella frunció ligeramente el ceño, pero guardó silencio.
―Discutí con él ―prosiguió Nîga― porque me negaba a aceptar que pretendiera que formara parte de su familia. Quise marcharme e intentó detenerme. Cuando me tocó, vi de pronto lo que Mørket le hizo: cómo llegó a su aldea, la matanza, su conversión… Incluso se me mostró a su esposa y a su hija. Todo.
Thyra bajó la mirada. Ya conocía aquella historia.
―A mí me ocurrió algo parecido con Bălan ―dijo entonces Alana―. Pero con sus guerreros ni siquiera tuve que tocarlos. Vieron Su verdad igualmente.
―¿Cómo ha podido pasar algo así? ―preguntó Nîga en voz baja.
La Elegida tardó unos instantes en responder.
―No lo sé. Pero ambas sabéis que estamos en Sus manos.
―Siento no habértelo dicho antes. Era incapaz de asimilarlo y tampoco quería…
―Lo entiendo, Nîga ―acabó diciendo.
Alana cerró un momento los ojos e inspiró, tratando de entender por qué ÉL las había escogido para una empresa tan difícil. Miró a las dos y sonrió levemente.
―No podemos hacer otra cosa más que aceptar Su voluntad ―murmuró―. La vida sigue, y solo nos queda prepararnos para lo que vendrá.
Ambas asintieron despacio.
―Sí. Aunque a veces dé miedo ―añadió Thyra, uniendo los labios en una fina línea.
Las tres guardaron silencio, intentando dejar atrás esa revelación tan complicada de entender.
―Y ahora dinos sin guardarte nada: ¿ya has decidido qué harás esta noche? ―preguntó, cambiando de tema de forma radical.
Alana no respondió de inmediato; volvió a fruncir el ceño, sin entender a qué se refería.
―Quiere decir con Yngvar ―añadió Nîga, sin rodeos―. Después de todo lo que ha pasado…, deberíais aprovechar el tiempo.
La joven inglesa mantuvo la mirada en el horizonte. Las olas levantaban el navío con una cadencia lenta y constante, como si lo acunaran. Era extraño pensar que algo tan vasto pudiera mostrarse tan tranquilo.
―No es tan sencillo ―respondió al fin.
Thyra no insistió, pero Nîga no ocultó su desconcierto.
―¿Por qué no? ―replicó―. Os deseáis. Es evidente.
La Elegida esbozó una leve sonrisa, apenas perceptible.
―Sí. Le amo… Le deseo ―admitió sin apartar la vista del mar―.
Pero no así. ―Volvió el rostro hacia ellas―.
No aquí, en este barco mugriento. Y menos con todos alrededor.
Hay ojos vigilando cada paso. Durante el viaje apenas hemos tenido tiempo para hablar ni un momento de intimidad y aquí…
―negó con suavidad― no sería como debería ser.
Nîga abrió la boca para decir lo que pensaba sobre aquella excusa, pero Thyra la detuvo con una mirada.
―Te entiendo ―dijo la princesa y asintió. Después volvió el rostro hacia la vampira, reprendiéndola en silencio―. Yngvar es un errante de pies a cabeza.
La Drăgoi torció el gesto, sin comprender que aquello fuera razón suficiente para no compartir su lecho con él. La princesa sonrió al ver su expresión.
―Para nosotros, la unión de los cuerpos es mucho más que el acto en sí.
Es una conexión en todos los sentidos. El amor nace en nosotros una vez consumada la ceremonia.
Solo algunos se aman antes, como nos ocurrió a Oskar y a mí.
―Miró a su esposo, y este le devolvió la sonrisa―.
Con esto quiero decir que estoy segura de que él no te lo pedirá.
No hasta que os unáis en vuestro sjelevenner . O, al menos, eso creo.
―De verdad, ¡qué complicados sois los errantes! ―soltó Nîga, y las tres sonrieron.
Alana, apoyada en la regala, volvió a mirar el mar e inspiró la brisa salada. La Drăgoi se fijó en ella un instante, sin comprenderlo del todo, pero se abstuvo de insistir.
Yngvar, que llevaba un buen rato observándola desde el otro extremo de la cubierta, decidió acercarse al reconocer en su semblante aquella leve incomodidad que no siempre lograba ocultar.
Al llegar junto a ellas, dijo:
―¿Os importaría dejarnos a solas un momento?
Thyra asintió sin decir nada. Nîga lanzó una última mirada a Alana, entre curiosa y cómplice, antes de marcharse con la errante.
Cuando se quedaron solos, él se acercó sin prisa. No dijo nada al principio. Le apartó un mechón rebelde y se lo colocó detrás de la oreja, se inclinó y la besó. Fue un beso breve, pero cargado de una tensión evidente que llevaba días creciendo entre ambos.
―¿Estás bien? ―preguntó en voz baja―. Me ha parecido que te estaban presionando.
Alana alzó una ceja, sorprendida.
―¿Eso lo has visto desde el otro lado del barco?
Él esbozó una leve sonrisa.
―He visto la tensión en tus hombros… y cómo te mordías los labios para no decir lo que pensabas.
Ella lo miró, evaluándolo en silencio.
―Parece que me conoces mejor que yo misma.
El errante negó con suavidad.
―Solo es que llevo dos largas semanas observándote.
Cada gesto. Cada mirada. ―Bajó el tono mientras acariciaba su mejilla―.
Cuando estaba en aquella celda… me juré que, si salía de allí, no volvería a apartarme de ti.
Que guardaría en la memoria todo cuanto hicieras.
Cómo sonríes, cómo frunces el ceño, cómo te muerdes los labios cuando estás pensando… ―Se inclinó un poco más―. Todo, Lana.
Ella no apartó la mirada.
―Estuve a punto de morir ―continuó él―. Y en lo único que no podía dejar de pensar era que no volvería a verte. Que no volvería a oír tu voz. Que no podría…
Se detuvo un instante, buscando las palabras correctas.
―Que no podría estar a tu lado cuando por fin llegara nuestro momento. Y aún queda para eso.
El viento agitó de nuevo el cabello de la joven. Yngvar redujo aún más la distancia que los separaba y apoyó la frente contra la suya.
―Cuando lleguemos.
No terminó la frase. No hacía falta.
Ella cerró los ojos y susurró junto a su oído:
―Cuando lleguemos.
Con el corazón latiéndoles con fuerza, se abrazaron un instante. Después, él se colocó a su lado y le pasó un brazo por los hombros.
El mar continuó moviéndose bajo ellos, constante y paciente. Y, por primera vez en mucho tiempo, el mundo pareció concederles un respiro lo bastante amplio como para imaginar ―sin miedo― lo que aguardaba al final del viaje.
Desembarcaron en Richborough tras dos días de travesía limpia y sin sobresaltos.
El mar había sido generoso con ellos, como si nada pudiera alcanzarlos en aquellas aguas abiertas.
Pero al pisar tierra inglesa, todos lo percibieron: el descanso aún quedaba lejos.
Así que tomaron el camino hacia el campamento en cuanto tocaron suelo firme.
El aire olía a brezo y a humo lejano. Inglaterra seguía siendo la misma, indiferente a la tormenta que crecía al otro lado del mar.
A media jornada, se cruzaron con una patrulla de errantes que regresaba de vigilar los bosques del este. Intercambiaron unas pocas palabras y, al saber que volvían al campamento, decidieron unirse a ellos. No los esperaban hasta bien entrada la noche.
Continuaron el camino y, al caer la tarde, encendieron una hoguera en un claro protegido por una espesa arboleda. Habían cazado varias piezas y las preparaban para asarlas. Las patrullas Parêzvanan mantenían su protección invisible en torno al claro, atentas a cualquier movimiento.
El fuego aún no se había asentado cuando el guerrero más alejado, apostado en el borde exterior, sintió cómo la piel se le erizaba, como si los hubiera presentido incluso antes de distinguirlos entre los árboles.
Se puso en pie de golpe y alzó la mano, haciendo que todos se volvieran hacia él.
Aunque sabía que estaban protegidos y que nadie podía oír lo que ocurría dentro del campo de fuerza, hizo un gesto para que guardaran silencio.
Errantes y vampiros tomaron las armas y escrutaron la oscuridad, primero en la dirección que él señalaba y luego a su alrededor, tratando de descubrir qué lo había puesto en guardia.
Entre los árboles avanzaba una figura que todos, salvo Alana, reconocieron al instante: Rău.
El último resplandor del día delineaba su silueta, ancha y poderosa, con una claridad casi inquietante.
Caminaba con la seguridad insolente de quien ha sembrado el terror durante demasiado tiempo sin haber pagado nunca el precio.
A su lado, más de una veintena de vampiros Ursu avanzaban con paso relajado.
Algunos reían en voz baja; otros llevaban las armas al hombro, como si cruzaran tierras ya sometidas, ajenos a las miradas que los seguían desde la protección de los errantes.
Bălan se puso en pie en un solo movimiento, como si el pasado acabara de arrollarlo.
Algo dentro de él se tensó de forma insoportable.
Las manos se le cerraron con fuerza, hasta que los nudillos se marcaron bajo la piel.
Erke lo imitó sin apartar la vista. En sus ojos ardía una rabia antigua, de las que no desaparecen con los siglos, sino que se quedan dentro, muy dentro, pudriéndolo todo.
―Rău, maldito bastardo… ―escupió Bălan, clavándose las uñas en las palmas hasta hacerse sangrar.