Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 31. EL RESURGIR DE LOS CONDENADOS
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31. EL RESURGIR DE LOS CONDENADOS

D urante las duras jornadas que siguieron al alba en que Abbadon recobró el control de su cuerpo, Tiszavár conoció una furia que ninguno de sus muros ni sus guerreros habían presenciado antes.

Cuando el don de Alana cesó y los Ursu volvieron a moverse, el gran salón estalló en gritos y confusión. Algunos cayeron de bruces al recuperar el equilibrio; otros miraron sus propias manos como si temieran que aún no les obedecieran del todo.

Su líder no dijo una palabra al principio.

Bajó del trono y caminó hasta el centro del gran salón, donde permaneció inmóvil unos instantes mientras observaba cómo sus guerreros volvían a ponerse en pie.

Cerró los puños con una fuerza desmedida y, aunque no necesitaba respirar, tomó aire con brusquedad, como si así pudiera domar la furia que le hervía por dentro.

Después se desató un verdadero infierno.

La primera mesa que encontró a su paso la hizo astillas al estrellarla contra el suelo. Arrancó un tapiz del muro y lo desgarró con tal fuerza que la tela cedió como si fuera piel.

Uno de sus capitanes intentó acercarse para hablarle, pero Abbadon lo golpeó sin siquiera mirarlo, lanzándolo varios pasos atrás. Otro recibió un empujón que lo hizo chocar con una columna.

Nadie volvió a interponerse.

El líder Ursu salió del salón a zancadas, atravesó el patio de armas y alzó el rostro hacia el cielo aún pálido del amanecer.

El aire estaba frío, pero su cuerpo ardía con violencia. Sus colmillos asomaban mientras gritaba con una voz que silenció incluso a los cuervos posados en las almenas.

―¡Te encontraré! ―rugió, y su voz golpeó la piedra desnuda de los muros―. ¡Te mancillaré ante todos, noche tras noche, hasta que implores la muerte! ¡Ninguna hembra me humilla ante mis guerreros y vive para contarlo!

Sus ojos recorrieron los rostros de quienes lo rodeaban. Todos habían oído cada palabra de aquella conversación; habían visto cómo su señor, el primogénito de Mørket, quedaba paralizado como el más débil de sus siervos; cómo solo pudo hablar cuando ella se lo permitió.

Abbadon sabía que aquella imagen no podía permanecer en el recuerdo de los suyos, aunque para arrancarla tuviera que despedazar la cabeza de cuantos habían presenciado aquella intolerable humillación.

No. No lo permitiría.

―¡Si la tierra se abre para ocultarte, te arrancaré de sus entrañas! ―vociferó, golpeando el suelo con el talón―. ¡Y cuando te tenga entre mis manos, rogarás por una muerte que no te concederé!

El patio entero vibró con su furia. Ninguno de sus guerreros dudaba de que cumpliría su amenaza.

Pero bajo aquel bramido se escondía algo que no estaba dispuesto a confesar: la vergüenza de haber sido detenido por una joven que ni siquiera blandía una daga.

Y lo peor no había sido la inmovilidad, sino aquello que ella le reveló al tocarlo.

Los recuerdos. Sus padres. El instante en que dejó de ser hombre.

Y algo más.

Algo imposible.

Aunque había rechazado de plano que aquello pudiera ser cierto, la sospecha de que hubiera verdad en aquellas improntas, tan vívidas que casi podía palparlas, comenzó a resquebrajar las certezas sobre las que había levantado su existencia.

Si Mørket no lo había creado, si no era más que un hombre convertido en vampiro, ¿qué quedaba entonces de todo cuanto había creído?

¿De su convicción de ser el primero, el más fuerte, superior incluso a Helmet y a Xerab?

La duda se abrió paso de inmediato: ¿habían sido ellos creados… o también habían sido hombres transformados en «No Muertos»?

Durante jornadas enteras, aquellas preguntas y el recuerdo de lo vivido no dejaron de acosarlo.

Mientras tanto, envió patrullas en todas direcciones.

Los guerreros partían al amanecer y regresaban entrada la noche con el mismo informe: nada.

No había huellas, ni cenizas de hogueras, ni rastro alguno que delatara su paso.

Por mucho que interrogaran a los hombres de las aldeas, nadie los había visto.

El grupo parecía haberse desvanecido entre los bosques y las colinas.

Abbadon comenzó a recorrer los pasillos como una bestia enjaulada. Interrogaba a cada capitán, exigía detalles, ordenaba repetir sendas ya recorridas y rastrear de nuevo bosques y desfiladeros que habían sido inspeccionados hasta la extenuación.

Los emisarios partían y regresaban cubiertos de polvo o de sangre ajena, pero ninguno traía noticias de la inglesa. No había rastro de ellos por ninguna parte.

―¿Se los ha tragado la tierra? ―escupió una noche, derribando de un manotazo un candelabro―. ¡Nadie desaparece así!

Pero la respuesta siempre era la misma: nada.

Aquello no hacía sino avivar su impaciencia.

Sabía que ella no era una muchacha cualquiera.

Conocía su nombre; se lo había revelado al tocarlo, pero, del mismo modo, le había impedido pronunciarlo en voz alta ante nadie más que Morket.

Su maldito poder lo había atravesado como un hierro al rojo, y no conseguía librarse de la sensación de seguir bajo su hechizo, o lo que fuera aquello que le había hecho.

Aún era incapaz de aceptar que hubiera detenido a cientos de los suyos sin ni siquiera pronunciar una sola palabra. La idea de que pudiera reducir a todo su ejército a estatuas conscientes lo perseguía sin descanso. Necesitaba saber qué don poseía para haber obrado tal aberración.

Mil días. Su ultimátum le retumbaba en la cabeza como golpes de martillo contra un yunque.

Cada amanecer hacía que aquel plazo pesara más.

No era solo una amenaza; era una orden que había quedado clavada en algún rincón de su ser.

Intentaba apartarla, concentrarse en cualquier cosa que no fuera aquel pensamiento, pero la idea regresaba una y otra vez.

Una idea que no había repetido y que no podía compartir con nadie más que con Mørket.

Reunió a sus capitanes en el gran salón, ya recompuesto tras su último estallido de ira.

―Desplegaos ―ordenó de nuevo, mostrando los colmillos―.

Id a las aldeas, a las villas, a cada asentamiento que encontréis en vuestro camino.

Elegid a los hombres más fuertes y traedlos a Tiszavár.

Si se resisten, matadlos. Servirán en mi ejército o morirán.

No os atreváis a regresar con las manos vacías.

Sus vampiros inclinaron la cabeza y dejaron el salón a toda prisa.

El líder Ursu sabía que sus filas habían quedado brutalmente mermadas tras la batalla contra Helmet.

Necesitaba nuevos guerreros, y los necesitaba pronto.

No podía presentarse ante su padre con un ejército reducido y el recuerdo reciente de una derrota.

Si lo hacía, podía despedirse de su propia piel mucho antes de que se cumplieran los mil días que aquella ramera le había impuesto.

El verdadero problema era que Rău aún no había regresado.

Después de la traición de Erke, pensaba devolverle el puesto de general en cuanto cruzara de nuevo las puertas del castillo.

Él era la pieza que faltaba, el único cuya lealtad jamás había puesto en duda.

Le concedería hasta la próxima luna. Si para entonces no volvía, tendría que aceptar que había caído…

o que no se atrevía a regresar porque había fracasado en su búsqueda.

Y si ese era el caso, lo reclamaría. Ya no confiaría en nadie más. Solo en Rău. En su perro fiel.

«Mil días», repitió para sí una vez más.

Tendría que ir a ver a Mørket o acabaría perdiendo la razón. La sola idea le revolvía las entrañas. No temía la guerra, pero sí la mirada de su padre al escuchar lo sucedido. Ser castigado por debilidad era peor que la muerte, y lo ocurrido en el gran salón solo podía interpretarse como tal.

Se repetía que había sido un engaño. Un sortilegio.

Una artimaña. Pero en el fondo sabía que aquello había sido algo distinto.

Ella había puesto en duda su linaje con solo tocarlo.

Pero ese pasado no podía ser cierto. Se negaba a aceptarlo.

Apretó los puños hasta que las uñas se hundieron en la carne.

Aquello no quedaría sin respuesta. Si no lograba hallarla antes, si no conseguía aplastarla bajo su propia mano, entonces acudiría ante su padre y exigiría la guerra. Nada de rendirse. Nada de retroceder. Y si el mundo debía arder para borrar la humillación de aquella noche, ardería.

Porque Abbadon podía soportar la derrota en combate. Pero no la vergüenza a la que aquella muchacha lo había expuesto sin mostrar el más mínimo rastro de temor.

Dos semanas después de abandonar Tiszavár, el grupo alcanzó por fin el puerto de Calais.

Ningún Ursu había dado con ellos. Aun así, nadie bajó la guardia.

Dormían al raso, rodeaban las ciudades y las pequeñas poblaciones, y los vampiros que se alimentaban de humanos después los obligaban a olvidar que los habían visto.

Demasiado sabían de lo que Abbadon era capaz como para confiar en que se daría por vencido.

El puerto hervía de vida: redes tendidas al sol, voces de mercaderes, madera húmeda y sal.

Annikan y Seren no tardaron en separarse de ellos y perderse entre los muelles.

Sabían a quién buscar, cómo hablar y cuánto ofrecer.

Bahoz y Ejder se ofrecieron a acompañarlas.

Durante el viaje habían hecho buenas migas.

La atracción entre las gemelas errantes y los vampiros era cada vez más evidente, pero ninguno había podido ahondar en qué significaban aquellos nuevos sentimientos, porque la situación no les había dado margen para ello.

Mientras tanto, el resto aguardó sin llamar la atención, mezclándose con el ir y venir de la gente.

No pasó mucho tiempo antes de que regresaran.

―Zarparemos hacia Richborough al mediodía ―anunció Seren.

Mientras los errantes hacían algunas compras, los vampiros se desplegaron para alimentarse antes de subir al navío. Aunque la travesía era corta ―no más de dos días, o tres si el tiempo no acompañaba―, no querían forzar la salud de los marineros.