Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 30. NADIE MÁS QUE YO LA TOCARÁ #2
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30. NADIE MÁS QUE YO LA TOCARÁ #2

―He… he de parar…

No llegó a terminar la frase. Sus rodillas se doblaron y cayó al suelo sin amortiguar el golpe.

―¡Lana! ―gritó el errante.

Él fue el primero en arrodillarse junto a ella.

Thyra y Nîga se dejaron caer a su lado, y el padre León se inclinó sobre el cuerpo inmóvil con el rostro desencajado.

Durante un instante, nadie supo qué hacer; el mundo pareció detenerse de nuevo, pero esta vez no por obra de la Elegida, sino por un miedo frío que les cerró la garganta.

Intentaron incorporarla, llamarla, sacudirla con cuidado, pero no respondió.

Sus párpados permanecían cerrados y su respiración era superficial, casi imperceptible.

―¿Tienes otro frasco? ―pidió Yngvar, alzando la voz hacia el sacerdote―. ¿Otro de las Lágrimas?

El padre León negó lentamente. En su rostro se dibujó una angustia que no supo ocultar y cerró los ojos, incapaz de enfrentar la mirada desesperada de Yngvar.

―No ―dijo al fin con la voz rota―. Era el único.

Bêwestan se acercó pese al gesto de Nîga, que intentó detenerla. La Drăgoi ignoró la resistencia y posó la palma primero en la mejilla de Alana y luego en la frente. La retiró de inmediato.

―Arde.

―¡Aparta! ―dijo de malos modos.

Nîga la tocó también, incrédula, y su expresión cambió al instante. Thyra hizo lo mismo y alzó la mirada hacia las otras dos sin saber qué decir. El calor que emanaba de su cuerpo no era fiebre común; era como si algo la consumiera desde dentro.

―¿Qué podemos hacer? ―preguntó la princesa.

El padre León, tembloroso, sacó de su zurrón una pequeña bolsa de piel llena de agua. Empapó un trozo de lienzo y lo colocó sobre la frente de Alana, pero el paño se templó casi al instante.

―Necesitamos agua fría ―murmuró Asvoria, acercándose―. Tal vez ha gastado su fuerza en lo que hizo en Tiszavár. Si ha sostenido aquel poder más allá de lo que su cuerpo puede soportar para protegernos hasta llegar aquí…

―No creo que haya hecho… ―susurró Nîga a Thyra, negándose a aceptar aquella idea.

Lambert dio un paso al frente.

―Hay un lago no lejos de aquí. Si apretamos el paso, lo alcanzaremos antes de que el sol esté alto.

Yngvar continuaba intentando despertarla, pero ella no reaccionaba. Todos volvieron la mirada hacia el padre León, como si aún aguardaran de él una solución distinta, pero el sacerdote alzó las manos, desarmado.

―¡No me miréis así! Fui instruido para cerrar heridas y sanar carne desgarrada ―confesó―. Ella no tiene herida alguna. Creo que Asvoria tiene razón: puede que haya entregado más de lo que su cuerpo podía dar.

Yngvar no esperó y la tomó en sus brazos. Al momento, Erke se ofreció a llevarla; aún se sentía miserable por haber tenido que torturarlo durante todos esos días. El errante lo observó sin odio, pero en su expresión había una firmeza que no dejaba lugar a dudas: no iba a ceder.

―Nadie más que yo la tocará.

Erke mantuvo los ojos en él un instante y, finalmente, asintió en silencio, aceptando lo que ya sabía antes de ofrecerse: que ese derecho no le pertenecía.

El errante no dijo nada más. Ajustó el cuerpo de Alana contra el suyo con cuidado, como si temiera que pudiera romperse, y alzó la vista hacia Lambert.

―Guíanos.

Sin perder un instante, reanudaron la marcha en dirección al lago.

El sol comenzaba a elevarse tras ellos cuando Yngvar la aferró con una desesperación que no intentó ocultar.

Había estado dispuesto a morir por ella, pero no estaba dispuesto a verla morir por él.

Apoyó la frente contra su cabello y, mientras corría, le susurró que volviera, que no se atreviera a abandonarlo después de haber desafiado al mismo infierno para rescatarlo.

No se detuvieron hasta alcanzar el lago.

El agua apareció entre la arboleda como un espejo oscuro, inmóvil bajo la luz creciente del día.

Llegaron exhaustos, con el aliento roto, pero sin reducir el paso hasta la misma orilla.

Yngvar descendió primero, arrodillándose sobre la tierra húmeda antes de depositar a Alana con un cuidado que rozaba la devoción.

―Daos la vuelta ―ordenó sin alzar la voz.

Los guerreros obedecieron sin cuestionarlo. Ninguno volvió la vista. Solo las errantes permanecieron junto a Nîga y Bêwestan, que no se apartó ni un solo paso del borde del agua.

―Ayudadme ―pidió Yngvar.

Entre Thyra, Nîga y las demás, la despojaron de lo necesario con manos firmes y urgentes, sin más pensamiento que salvarla. Él no apartó la mirada de su rostro en ningún momento.

Cuando estuvieron listos, la alzó de nuevo entre sus brazos y se internó en el lago.

El agua estaba fría. Muy fría.

Avanzó hasta que le cubrió el pecho y, sin vacilar, la sumergió con él, sosteniéndola contra su cuerpo.

Sus labios comenzaron a moverse en un murmullo constante, repitiendo una y otra vez las mismas palabras que el padre León había pronunciado sobre él en la oscuridad de la celda.

No sabía si aquella plegaria tendría poder más allá de las Lágrimas, pero se aferró a ella como a lo único que podía sostenerla entre la vida y la nada.

La hundía con cuidado, le mojaba el rostro, el cabello, la atraía contra sí, desesperado. La llamaba en voz baja, una y otra vez, como si temiera que, si dejaba de hacerlo, ella no encontrara el camino de regreso.

En la orilla, el tiempo se volvió insoportable.

Nadie hablaba.

Nadie osó moverse.

Solo ellas, con el corazón encogido, observaban lo que ocurría.

Nîga, conmovida por la preocupación que veía en el rostro de Bêw, se acercó y le rozó la mano con suavidad, invitándola a reunirse con ella y con las errantes.

Que la Drăgoi, su rival más feroz dentro de sus propias filas, no se hubiera apartado de la orilla ni un solo instante, como si su sola voluntad pudiera sostener a Alana desde la distancia, le había tocado el corazón más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Pasaron unos instantes que a todos les parecieron eternos. Entonces, mientras el agua la envolvía por completo, Alana abrió los ojos.

El errante no lo comprendió al principio. Fue el roce de su mano en su mejilla lo que lo detuvo.

La miró, incapaz de respirar.

―Te ha escuchado… ―susurró ella, con un hilo de voz―. Y me ha traído de vuelta.

Yngvar la atrajo contra su pecho como si temiera que volviera a desvanecerse, sin importarle ya quién lo viera. El miedo a perderla le quemaba por dentro y, al oír su voz, se dejó vencer por el alivio que lo desbordaba. Ocultó el rostro en el hueco de su cuello y rompió a llorar.

En la orilla, Nîga fue la primera en verlo. Después Thyra, Asvoria, Annikan, Seren… y Bêwestan, que cerró los ojos un instante antes de dejar escapar un largo suspiro.

Seren buscó la mirada de Annikan y le apretó la mano con fuerza. Después se volvió y echó a correr hacia los guerreros. Cuando llegó hasta ellos, habló en voz baja.

―Ha vuelto. Alana ha despertado.

Un murmullo de alivio, profundo, casi reverente, recorrió al grupo como si una carga pesada hubiera desaparecido de pronto de sus hombros.

Yngvar la condujo hasta la orilla sin soltarla. Cuando el agua les llegó a las rodillas, ella pareció tomar plena conciencia de sí misma y de su cuerpo. Bajó la mirada un instante.

Él comprendió sin necesidad de palabras. Depositó un beso en su frente y se apartó.

―Estoy aquí ―murmuró―. No voy a ir a ningún lado.

Se volvió después, dando la espalda al lago para que las errantes pudieran cubrirla. Por respeto, ninguna habló de lo ocurrido mientras la ayudaban a vestirse.

Decidieron permanecer allí hasta que el sol comenzara a caer, para darle algo más de tiempo. La joven inglesa parecía estar bien, pero nadie quería que se forzara, ni siquiera los vampiros.

Cazaron en los alrededores, bebieron del lago y recuperaron fuerzas sin alejarse demasiado.

Fue entonces cuando Alana les explicó que, tras lo ocurrido en el gran salón, había prolongado su don más allá de lo que su cuerpo podía resistir, dejando a Abbadon y a sus guerreros inmóviles hasta el amanecer para darles la oportunidad de escapar.

Los Ursu que marchaban con ellos la escucharon en silencio.

―¿Podrás hacerlo de nuevo? ―preguntó Bălan al fin.

Alana negó.

―No ―respondió con sencillez―. Lo que se me concedió fue lo justo para ese momento, y lo llevé al límite. En mí no hay fuerza suficiente para sostenerlo en una guerra.

―Y no volverás a hacerlo ―dijo Yngvar, convencido de que no se lo permitiría―. ÉL hallará la forma de que podamos derrotar a Mørket sin que tengas que poner tu vida en riesgo.

Ella perfiló una leve sonrisa. No estaba en su mano decidir qué debía o no hacer, pero prefirió guardárselo para no preocuparlo.

―La guerra que se avecina será terrible ―añadió la Elegida tras un breve silencio―. Y ÉL no desea esa guerra… Aún espera que Mørket ceda, que abandone su empeño por corromper el espíritu de los humanos.

―Te aseguro que Mørket no cederá ―replicó Erke.

―Siempre hay esperanza… En cualquier caso, no puede hacerse más de lo que ya se ha hecho.

―¿Qué ocurrió allí, Alana? ―preguntó Thyra, incapaz de continuar sin saberlo.

―No puedo revelarlo hasta que lleguemos al campamento. Confiad en mí. Es mejor así.

El grupo guardó silencio, aceptando que Alana solo compartiría aquello que ÉL le permitiera.

Por mucho que insistieran, no lograrían arrancarle una palabra antes de tiempo, y bastante había soportado ya como para forzarla a desvelar lo que se le había encomendado guardar hasta llegar a los dominios de Eirik.

Cuando el sol comenzó a descender, recogieron sus pertenencias y se dispusieron a reemprender la marcha. Debían alejarse cuanto antes de las tierras de Abbadon.

Los Ursu habían quedado libres al alba y, conociendo a su líder, ninguno dudaba de que, en cuanto su cuerpo le obedeciera de nuevo, desataría a sus guerreros para que los persiguieran hasta darles alcance.